| El
hombre invisible
Uno de los vicios más evidentes del cine actual es el establecimiento
de un pacto tácito entre la pantalla y el espectador en
que la primera ofrece entretenimiento ligero pidiendo a cambio
al segundo que deje de pensar durante dos horas, que se crea absolutamente
todo lo que le cuentan y se plantee las mínimas preguntas
posibles. Hollywood es el promotor de esta formula que en cierto
modo ha frenado la evolución intelectual de un arte que
parecía seguir otras sendas con el establecimiento (y relativo
éxito) de unas vanguardias que hoy por hoy no son más
que objeto de estudio universitario y material de coleccionista
para cineastas ingenuos. En el extrarradio del glamour se sitúan
otros cines que lejos de abordar a la mayoría buscan la
auto-expresión de sus inquietudes a través de la
pantalla. En dicha periferia situamos al novel Rodrigo
Moreno que con “El Custodio”,
su ópera prima en solitario, ha logrado multitud de premios.
Uno de los más resonantes y curiosos es el Galardón
Alfred Bauer, obtenido en la penúltima Berlinale, y que
premia a la producción más innovadora del certamen.
Lo más curioso no es que el film haya sido galardonado,
sino que le hayan reconocido una originalidad de la que carece.
“El Custodio” no innova
el arte fílmico, sino que recupera formulaciones olvidadas
(la referencia a Bresson parece obvia) o estéticas
difíciles de hallar en los escaparates de un Blockbuster
(de Kitano a Kim Ki-Duk o Wong Kar-Way, por ejemplo). Sin embargo
la obra de referencia de “El Custodio”
es “Whisky” una pequeña
obra de arte uruguaya, premiada en la edición de los Goya
de 2005, y de la que “El Custodio”
adopta, ya no tan solo un mismo modo de expresión, sino
parte del equipo técnico (desde el departamento de producción
hasta la directora de fotografía).
Rodrigo Moreno nos presenta las vivencias de
un custodio (lo que en España sería un escolta político).
Julio Chávez, impecable en su interpretación,
encarna a Rubén, encargado de velar por la seguridad del
Ministro de Planeamiento argentino, un hombre gris contra el que
nadie quiere atentar. Ahí radica el origen del film: durante
más de hora y media observamos como es el oficio de una
persona que se cree como nadie un rol falso e inútil. Rubén,
y junto a él el espectador, es víctima de la sociedad
del pánico y se halla esclavizado en un trabajo que le
convierte en una sombra invisible, en el actor presencial de una
vida que no es la suya y que sin embargo contempla de cerca las
24 horas del día. Esta invisibilidad se hace evidente a
lo largo de todo el film: Rubén es vejado constantemente
y de manera sutil e involuntaria por todo el que le rodea, y por
el propio director, que no muestra ni un ápice de compasión
por su protagonista, adentrándonos en un relato cruel y
desesperanzador. El custodio ni siquiera es capaz de despertar
la empatía del espectador, que no entiende el conformismo
del personaje ante la tristeza de su vida y frente a la ceguera
moral que le relaciona con su oficio. Por ello el final, a modo
de redención insólita, puede resultar inverosímil
y falso. Sin embargo, para quien escribe, dicho desenlace supone
un merecido descanso interior para un personaje maltratado a lo
largo de toda la trama.
“El Custodio”
es una de aquellas obras lentas, en las que apenas sucede nada,
algo que la enfrenta de manera frontal a las expectativas que
puede hacerse el espectador ante el tema que anuncia su sinopsis.
Esta carencia de acción se compensa con un trato respetuoso
hacia el público, al que Rodrigo Moreno considera lo suficientemente
inteligente como para disfrutar y entender el film. Tiene la capacidad
de desquiciar al más templado ante la falta de reacción
del protagonista y pese a lo sombrío de su trama, mantiene
el interés gracias a esa sensación constante de
que algo gordo va a suceder. [Reportaje sobre el preestreno
en la sección “Reportajes”]
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