. . Año V

   
Esta Semana
Crítica
Por L. Avendaño
La vida interior de Martin Frost
Dirección y guión: Paul Auster.
Países: Portugal, España, USA y Francia.
Año: 2007.
Duración: 93 min.
Género: Drama, comedia.
Interpretación: David Thewlis (Martin Frost), Irène Jacob (Claire Martin), Michael Imperioli (James Fortunato), Sophie Auster (Anna James).
Producción: Paulo Branco, Paul Auster, Yael Melamede y Gerardo Herrero.
Música: Laurent Petitgand.
Fotografía: Christophe Beaucarne.
Montaje: Tim Squyres.
Dirección artística: Zé Branco.
Estreno en España: 5 Diciembre 2007 .

Una película sin interés
El conocido escritor norteamericano Paul Auster se traslada a Europa para presentar La vida interior de Martin Frost, su segunda película como director, en una producción luso-franco-española a la cabeza de la cual se encuentra el veterano productor portugués Paulo Branco. Rodada exclusivamente en Portugal, la película nos presenta un decontextualizado territorio campestre en el interior de los Estados Unidos al que Martin Frost, novelista y dramaturgo de éxito, se traslada después de terminar su último libro. Alojándose en la casa de unos amigos mientras están ausentes Frost halla la inspiración que le permitirá escribir un relato corto, pero la inesperada aparición de Claire dará una nueva dimensión a su trabajo. Jugando con las relaciones entre la realidad y la ficción, y con el tema de los desplazamientos de identidad, tan recurrente en sus historias, el escritor neoyorquino desarrolla un relato que había esbozado en la existosa novela El libro de las ilusiones pretendiendo llevarlo así al que considera su medio óptimo: el cine.

Es preciso reconocer el mérito de atreverse a rodar una historia tan minimalista con intención de tener cierta repercusión en el público. En efecto, en la película intervienen solamente cuatro actores, y ninguno de ellos lo suficientemente conocido, salvo quizás Irène Jacob, algo impensable para la gran industria del espectáculo norteamericana, lo que explica el traslado al más barato y permisivo ámbito de la producción europeo. Hay que sumarle a ello el fracaso comercial que supuso su anterior e irregular filme, Lulu on the bridge (1998), a pesar de que contaba con el tirón de las más interesantes Smoke (1995), dirigida por Wayne Wang sobre un guión de Auster, y de Blue in the Face (1996), codirigida por los dos. Sin embargo, la propuesta de Auster en La vida privada de Martin Frost presenta numerosos problemas. Y es que reducir los medios expresivos al mínimo no puede ser equivalente de bajar el listón dramático. La película pretende construirse sobre una relación de pareja, en cuya historia de amor se interponen sólo obstáculos internos, por mucho que Claire haga referencia siempre a unos “ellos” cuya identidad se desconoce. Pero a pesar, o quizás fruto de su carácter fácilmente mágico, a esta relación le falta la pasión suficiente para que pueda construirse el grueso de la película sobre ella. De la debilidad dramática del planteamiento dan cuenta algunas soluciones estilísticas más que cuestionables, como el empleo de una música que por omnipresente acaba resultando pesada (a pesar de que la partitura de Laurent Petitgand es más o menos digerible) o, llegando al terreno de lo irrisorio, como la introducción de flashbacks en blanco y negro mediante los que el protagonista recuerda los momentos felices con su desaparecida amada. Para terminar de fastidiarlo, cuando a la película le falta fuelle no elige la mejor opción al recurrir a los personajes de James Fortunato (Michael Imperioli), un personaje que podría ser prometedor pero que no deja de tener un rol anecdótico, y de Anna James, interpretada por la hija del director Sophie Auster, y cuyo personaje parece justificarse sólo por un par de canciones que sirven para poco más que darnos a conocer la carrera como cantante de la muchacha (Sophie, la de la vida real). Además, uno se pregunta, a medida que pasan los largos minutos del filme (que podría pasar de sus 93 minutos a 60, sin merma alguna de información, y menos aún de interés), si Auster posee una auténtica posición estética a la hora de rodar su película. La concepción visual es más bien simple y no traduce en imágenes el conflicto interno de Frost del que se supone emana toda la trama, que se ciñe a algunos gestos desesperados del actor, un buen David Thewlis, para hacerse entender, como cuando descubre que tiene que destruir las hojas para devolverle la vida a su amada. Lo cierto es que no basta con buenas intenciones para lanzarse al territorio del cine, y conviene hacerlo teniendo las ideas lo suficientemente claras para, desde un primer momento, trabajar para que las imágenes no sean meras ilustraciones de un débil relato, dispuestas de manera que resulten agradables. Pues así es esta película, agradable, pero a la vez insoportablemente hueca.

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