| Una
película sin interés
El conocido escritor norteamericano Paul Auster
se traslada a Europa para presentar La vida interior
de Martin Frost, su segunda película como
director, en una producción luso-franco-española
a la cabeza de la cual se encuentra el veterano productor portugués
Paulo Branco. Rodada exclusivamente en Portugal,
la película nos presenta un decontextualizado territorio
campestre en el interior de los Estados Unidos al que Martin
Frost, novelista y dramaturgo de éxito, se
traslada después de terminar su último libro. Alojándose
en la casa de unos amigos mientras están ausentes Frost
halla la inspiración que le permitirá escribir un
relato corto, pero la inesperada aparición de Claire
dará una nueva dimensión a su trabajo. Jugando con
las relaciones entre la realidad y la ficción, y con el
tema de los desplazamientos de identidad, tan recurrente en sus
historias, el escritor neoyorquino desarrolla un relato que había
esbozado en la existosa novela El libro de las ilusiones pretendiendo
llevarlo así al que considera su medio óptimo: el
cine.
Es preciso reconocer el mérito de atreverse
a rodar una historia tan minimalista con intención de tener
cierta repercusión en el público. En efecto, en
la película intervienen solamente cuatro actores, y ninguno
de ellos lo suficientemente conocido, salvo quizás Irène
Jacob, algo impensable para la gran industria del espectáculo
norteamericana, lo que explica el traslado al más barato
y permisivo ámbito de la producción europeo. Hay
que sumarle a ello el fracaso comercial que supuso su anterior
e irregular filme, Lulu on the bridge (1998), a pesar de que contaba
con el tirón de las más interesantes Smoke
(1995), dirigida por Wayne Wang sobre un guión
de Auster, y de Blue in the Face (1996), codirigida
por los dos. Sin embargo, la propuesta de Auster en La vida privada
de Martin Frost presenta numerosos problemas. Y es que reducir
los medios expresivos al mínimo no puede ser equivalente
de bajar el listón dramático. La película
pretende construirse sobre una relación de pareja, en cuya
historia de amor se interponen sólo obstáculos internos,
por mucho que Claire haga referencia siempre a unos “ellos”
cuya identidad se desconoce. Pero a pesar, o quizás fruto
de su carácter fácilmente mágico, a esta
relación le falta la pasión suficiente para que
pueda construirse el grueso de la película sobre ella.
De la debilidad dramática del planteamiento dan cuenta
algunas soluciones estilísticas más que cuestionables,
como el empleo de una música que por omnipresente acaba
resultando pesada (a pesar de que la partitura de Laurent Petitgand
es más o menos digerible) o, llegando al terreno de lo
irrisorio, como la introducción de flashbacks en blanco
y negro mediante los que el protagonista recuerda los momentos
felices con su desaparecida amada. Para terminar de fastidiarlo,
cuando a la película le falta fuelle no elige la mejor
opción al recurrir a los personajes de James Fortunato
(Michael Imperioli), un personaje que podría ser prometedor
pero que no deja de tener un rol anecdótico, y de Anna
James, interpretada por la hija del director Sophie Auster,
y cuyo personaje parece justificarse sólo por un par de
canciones que sirven para poco más que darnos a conocer
la carrera como cantante de la muchacha (Sophie, la de la vida
real). Además, uno se pregunta, a medida que pasan los
largos minutos del filme (que podría pasar de sus 93 minutos
a 60, sin merma alguna de información, y menos aún
de interés), si Auster posee una auténtica posición
estética a la hora de rodar su película. La concepción
visual es más bien simple y no traduce en imágenes
el conflicto interno de Frost del que se supone emana toda la
trama, que se ciñe a algunos gestos desesperados del actor,
un buen David Thewlis, para hacerse entender,
como cuando descubre que tiene que destruir las hojas para devolverle
la vida a su amada. Lo cierto es que no basta con buenas intenciones
para lanzarse al territorio del cine, y conviene hacerlo teniendo
las ideas lo suficientemente claras para, desde un primer momento,
trabajar para que las imágenes no sean meras ilustraciones
de un débil relato, dispuestas de manera que resulten agradables.
Pues así es esta película, agradable, pero a la
vez insoportablemente hueca.
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