. . Año V

   
Esta Semana
Crítica
Por L. Avendaño
El silencio antes de Bach
Dirección: Pere Portabella.
País: España.
Año: 2007.
Duración: 102 min.
Género: Musical.
Interpretación: Alex Brendemühl (camionero), Féodor Atkine (vendedor de pianos), Christian Brembeck (Johann Sebastian Bach), Daniel Ligorio (F. Mendelssohn), Georg C. Biller (Chomaskantor), Thomanerchor Leipzig, Antonio Serrano, Ferrán Ruiz (hijo de Bach), Georgina Cardona (violonchelista), Franz Schubart, Jaume Melendres.
Guión: Pere Portabella, Carles Santos y Xavier Albertí.
Producción: Pere Portabella.
Fotografía: Tomás Pladevall.
Montaje: Òskar Xabier Gómez.
Dirección artística: Quim Roy.
Vestuario: Montse Figueras.

Imprescindible
Tras dieciocho años de silencio (interrumpido en 2004 con una intervención en el colectivo Hay motivo) vuelve Pere Portabella, veterano cineasta catalán ligado a la historia del cine español por su participación como productor en la película fundacional del llamado Nuevo Cine español, a saber, Los golfos (1959) de Carlos Saura y en otros títulos de la importancia de El cochecito (Marco Ferreri, 1960), Viridiana (Luis Buñuel, 1961) y la más reciente Tren de sombras (José Luis Guerin, 1997), así como por su trayectoria personal dirigiendo un cine de vanguardia sin concesiones (citemos por ejemplo Nocturn 29, de 1968, y Umbracle, de 1972) que, esperemos, empiece a hacerse accesible para el público aprovechando la buena acogida crítica que Die Stille vor Bach ha recibido.

Una película que el propio director presenta como un paseo de la mano de J. S. Bach, y que por tanto no pude confundirse con un biopic al uso, pero tampoco con una mera ilustración de la música del clásico compositor. Puesto que el propio Bach (interpretado por el virtuoso Christian Brembeck) aparece más bien ligado a la leyenda sobre él creada. También porque en el film se escucha música de Felix Mendelssohn y del contemporáneo György Ligeti (de cuyas piezas para órgano, una corona el filme en la secuencia magistral en la que la cámara escruta su interior, desvelando insólitas perspectivas de tan sagrado instrumento, justo antes de pasar a concluir con el Magnificat bachiano). Y porque, sobre todo, la película de Portabella no tiene un esquema convencional. Explorando las posibilidades silenciadas del cine, los lentos y característicos travellings del director nos transportan a un universo visual en el que se combinan belleza, reflexión y memorables momentos de humor. Una propuesta visualmente impecable en que cada elemento se presenta siguiendo un orden riguroso destinado a hacer emerger el cine en toda su plenitud.

Quede, pues, todo el mundo advertido de lo que le espera en la sala. Si uno no tiene paciencia o no le gusta Bach, y menos aun si a uno no le apetece “desaprender” a ver cine, es mejor que ni lo intente. Y sin embargo, a más de un incauto le sucederá que de improviso le hipnotice la pianola que recorre por su propia voluntad la sala vacía que inaugura la película, mientras toca música de Bach totalmente sacada de contexto. Y que después aguante hasta al final, e incluso vuelva a verla. Pues Die Stille vor Bach no es una película hermética sino una propuesta cinematográfica sincera y rigurosa dispuesta a abrir un boquete en una industria, la del cine español, anquilosada desde hace años en subproductos deudores de ese cine de Hollywood que, como reivindica Portabella, cada vez se demandan menos. Es, además, toda una audacia desde el punto de vista de la producción que da cuenta (con su 1.200.000 € de presupuesto) de la apertura intelectual del nuevo público de cine hacia un arte con mayúsculas que deje de someterse a un aburrido criterio de entretenimiento (“tratan a los espectadores como a adolescentes”, explica Portabella) para convertirse en experiencia transformadora. Y, finalmente, Die Stille vor Bach es todo un programa de trabajo para la banda de sonido, en todas sus posibilidades, algo que ya desde el mismo título de la película nos remite a una máxima bressoniana que se hará a ojos de no pocos presente: “el cine sonoro inventó el silencio”; y Portabella hizo un monumento al silencio: el piano que, mudo, colisiona sobre el río, revienta y se hunde bajo su rastro.

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