| Imprescindible
Tras dieciocho años de silencio (interrumpido en 2004 con
una intervención en el colectivo Hay motivo) vuelve Pere
Portabella, veterano cineasta catalán ligado a
la historia del cine español por su participación
como productor en la película fundacional del llamado Nuevo
Cine español, a saber, Los golfos (1959) de Carlos Saura
y en otros títulos de la importancia de El cochecito (Marco
Ferreri, 1960), Viridiana (Luis Buñuel,
1961) y la más reciente Tren de sombras (José
Luis Guerin, 1997), así como por su trayectoria
personal dirigiendo un cine de vanguardia sin concesiones (citemos
por ejemplo Nocturn 29, de 1968, y Umbracle, de 1972) que, esperemos,
empiece a hacerse accesible para el público aprovechando
la buena acogida crítica que Die Stille vor
Bach ha recibido.
Una película que el propio director presenta como un paseo
de la mano de J. S. Bach, y que por tanto no
pude confundirse con un biopic al uso, pero tampoco con una mera
ilustración de la música del clásico compositor.
Puesto que el propio Bach (interpretado por el virtuoso Christian
Brembeck) aparece más bien ligado a la leyenda
sobre él creada. También porque en el film se escucha
música de Felix Mendelssohn y del contemporáneo
György Ligeti (de cuyas piezas para órgano,
una corona el filme en la secuencia magistral en la que la cámara
escruta su interior, desvelando insólitas perspectivas
de tan sagrado instrumento, justo antes de pasar a concluir con
el Magnificat bachiano). Y porque, sobre todo,
la película de Portabella no tiene un esquema convencional.
Explorando las posibilidades silenciadas del cine, los lentos
y característicos travellings del director nos transportan
a un universo visual en el que se combinan belleza, reflexión
y memorables momentos de humor. Una propuesta visualmente impecable
en que cada elemento se presenta siguiendo un orden riguroso destinado
a hacer emerger el cine en toda su plenitud.
Quede, pues, todo el mundo advertido de lo que le espera en la
sala. Si uno no tiene paciencia o no le gusta Bach, y menos aun
si a uno no le apetece “desaprender”
a ver cine, es mejor que ni lo intente. Y sin embargo, a más
de un incauto le sucederá que de improviso le hipnotice
la pianola que recorre por su propia voluntad la sala vacía
que inaugura la película, mientras toca música de
Bach totalmente sacada de contexto. Y que después aguante
hasta al final, e incluso vuelva a verla. Pues Die Stille vor
Bach no es una película hermética sino una propuesta
cinematográfica sincera y rigurosa dispuesta a abrir un
boquete en una industria, la del cine español, anquilosada
desde hace años en subproductos deudores de ese cine de
Hollywood que, como reivindica Portabella, cada vez se demandan
menos. Es, además, toda una audacia desde el punto de vista
de la producción que da cuenta (con su 1.200.000 €
de presupuesto) de la apertura intelectual del nuevo público
de cine hacia un arte con mayúsculas que deje de someterse
a un aburrido criterio de entretenimiento (“tratan
a los espectadores como a adolescentes”, explica
Portabella) para convertirse en experiencia transformadora. Y,
finalmente, Die Stille vor Bach es todo un programa de trabajo
para la banda de sonido, en todas sus posibilidades, algo que
ya desde el mismo título de la película nos remite
a una máxima bressoniana que se hará a ojos de no
pocos presente: “el cine sonoro inventó
el silencio”; y Portabella hizo un monumento
al silencio: el piano que, mudo, colisiona sobre el río,
revienta y se hunde bajo su rastro. |