| Road-movie
atroz
El Holocausto es posiblemente el episodio de la Humanidad más
retratado en la Historia del Cine. A la espera que el tiempo sea
capaz de cicatrizar la herida que supuso el 11-S, el homicidio
nazi es, por su naturaleza y proximidad, el capítulo más
triste y a la vez más representable de todas las tragedias
contemporáneas. Pues, no nos engañemos, a la impecable
atrocidad que supuso se une su innegable atractivo, que le permiten
liderar sin tregua el escaparate evocativo de la memoria colectiva.
Las matanzas en otros continentes o los exterminios de otras razas
siempre nos interesaran mucho menos que el fraticidio que sufrimos
en nuestro hogar occidental.
Quizás el público empiece a estar
saturado de tantos largometrajes que plasman desde todos los ángulos
posibles, una y otra vez, el mismo hecho. De otro modo no se entiende
el poco bombo que se le ha dado en nuestro país al estreno
de El último tren a Auschwitz, un film que sin alcanzar
la redondez o el atractivo de las grandes obras maestras que tratan
el tema, se alza por encima de la media de los estrenos foráneos
que llegan a nuestras salas.
La película, dirigida a cuatro manos por
Joseph Vilsmaier (director de la notable Stalingrado)
y la actriz y realizadora Dana Vávrová,
se beneficia de la originalidad de su planteamiento. A lo road-movie,
representa el viaje de Berlín a Auschwitz del último
cargamento de judíos al campo de exterminio en las postrimerías
de la guerra. Nada sucede antes ni después. Los 122 minutos
de metraje son monopolizados por este viaje infernal con un destino
nada esperanzador. Y el film no escatima en crueldad, ofreciendo
algunos de los pasajes más atroces e inhumanos que se hayan
visto en el cine Holocaustico. Una nueva posibilidad de reflexionar
sobre la naturaleza del ser humano.
Con un reparto solvente de caras poco conocidas
(si acaso destacar a Sibel Kekilli, la actriz porno que Fatih
Akin convirtió en intérprete de culto), el largometraje
nunca llega a aburrir pese a las limitaciones de su naturaleza,
gracias a un elaborado enfoque claustrofóbico donde un
pequeño vagón de ganado alberga toda la historia.
Un pequeño habitáculo móvil que se convierte
en escenario de secuencias tan salvajes como difíciles
de olvidar. En contra de la película juegan algunos pasajes
del todo innecesarios (esos flash-backs de color pastel que nos
acercan al pasado de los personajes) y, sobre todo, la aparente
humildad y falta de pretensiones de un conjunto que podría
aspirar a cotas mucho más altas.
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