| Cuando
Godzilla encontró a Bin Laden
El cine ha sido desde su invención uno de los instrumentos
de los que se ha valido una sociedad para exorcizar sus demonios.
El subgénero de “película con
mostruo” es reflejo claro de ello y tiene
su más ilustre exponente en Godzilla,
sobre el mostruo producto de los bombardeos atómicos, rodada
diez años después de las bombas sobre Hiroshima
y Nagasaki. Monstruoso (cuyo título original, Cloverfield,
es la calle en la que vive su productor J.J.Abrams,
el mismo que produce Perdidos) se suma a la lista como medio de
expresión del trauma sufrido por Estados Unidos tras el
11-S.
La película desarrolla un mecanismo narrativo ya antiguo
en la literatura: “el manuscrito encontrado”.
En este caso se trata de una cinta de vídeo casero encontrada
entre los restos de lo que fue Manhattan. En ella se intercalan
las imágenes íntimas de una pareja de jóvenes
con la grabación de la fiesta de despedida del chico (Michael
Stahl-David), que se marcha a trabajar a Japón
(¡fíjate qué coincidencia!), y que es interrumpida
por la aparición de un monstruo gigantesco que genera el
caos y la destrucción a su paso. Se nos muestran entonces
unas espectaculares imágenes de una decapitada Estatua
de la Libertad y del hundimiento del edificio Chrysler, de inquietante
parecido con las que difundían los noticieros ese trágico
día de septiembre.
La idea de transformar a la cámara en el principal personaje
ya ha sido empleada con éxito en la reciente [Rec],
pero en Monstruoso la sensación de verismo es mayor, pues
quien la maneja no es un camarógrafo como en la española,
sino el propio actor T.J. Millar, dotando a las
imágenes de la subjetividad de un videoaficionados, para
cual se arriesga a ser más mareante y agotadora que Paul
Greengrass. A ese realismo contribuyen unos actores desconocidos,
meras comparsas del despliegue de efectos especiales que, por
una vez, no son huecos, sino necesarios para crear el clima de
psicosis provocado por ese monstruo tan inesperado e invencible
como Al-Qaeda.
Pero no se trata de una película política ni mucho
menos, a pesar de encerrar esta lectura subyacente. Es un entretenimiento
típico “hollywoodiense”
que busca la acción aun a costa de incongruencias argumentales.
Se ve con agrado, pero no cumple las expectativas de diversión
y espectacularidad que había creado su excepcional y comentada
campaña de “marketing viral”,
por distintos foros de internet. Los fans de este tipo de películas
saldrán defraudados y añorando a Godzilla con amor.
P.S.: atentos a la última escena y esperen al final de
los créditos. |