| Bonita
y superficial
La última película de Julian Schnabel,
quien ya realizara la galardonada Antes de que anochezca (2000),
es la adaptación a la gran pantalla del modesto libro autobiográfico
de Jean-Dominique Bauby, en el que narra los
últimos años de su vida, “encerrado”
en un cuerpo inerte. El mérito del libro de Bauby, además
del loable gesto de evitar compadecerse de sí mismo, residía
en el hecho de que había sido dictado por el convaleciente
utilizando el único medio de relación con el mundo
que tenía: la capacidad de guiñar su ojo izquierdo.
La película retoma la idea con un muy interesante planteamiento
inicial: filmar lo que acontece desde el punto de vista del sufriente
protagonista. Punto de vista que pronto se limitará a lo
que ve por un ojo y a lo que oye. La focalización subjetiva
aprovecha el recurso a la voz en over del personaje, quien ironiza
con cierta gracia sobre la conducta de los médicos y enfermeras
que le atienden. Pero este recurso es limitado y con bastante
sutileza Schnabel da el paso que le permite instaurar un punto
de vista externo desde el cual tienen lugar los acontecimientos.
A partir de ahí presenta la dinámica compleja entre
los aspectos cotidianos de la vida del enfermo, por un lado, y
sus mundo subjetivo, por el otro. Este último alude tanto
a los recuerdos de su vida pasada como a sus ensoñaciones
en el hospital. Por cierto que esos recuerdos acaban desvinculándose
de la mera capacidad evocadora para constituirse en relato fuerte:
el de la trama que da consistencia real al film, que es la de
las relaciones familiares (con el padre, su ex-mujer y sus hijos,
y su caprichosa amante). Y todo ello propuesto desde las posibilidades
de un desenfreno visual (la mariposa: ¿dulce animal libre
o efecto avalancha?) que viene a ser lo más interesante
de la película, por más que sepa a poco sin contenido
real al que dar forma.
Quizás sería mejor decir que no es contenido lo
que le falta a la película. Más bien le sobran buenas
intenciones y, sobre todo, complacencia. Precisamente aquello
que Bauby quería evitar en su novela, aparece en la película
por partida dobla. No es una pega que el filme pueda tener momentos
emotivos (el de Bauby en la playa con sus hijos está especialmente
bien logrado; también la conversación final con
su padre: las relaciones padre-hijo son el punto fuerte de la
película), sino que la emotividad provenga de fuera, de
una manera de filmar que pierde la deuda que inicialmente presenta
respecto de la subjetividad del personaje. Por supuesto, La escafandra
y la mariposa quiere ser, y es efectivamente, una película
optimista. Pero sin nada que optimizar, porque no plantea una
verdadera base problemática desde la que proponer una auténtica
visión de la superación de la enfermedad (más
allá de la enfermedad misma del personaje, lo que no es
poca cosa). Bauby saldará más o menos la deuda contraída
por su disoluta vida anterior. Pero eso no es cosa difícil
de mostrar para una película que se escuda en músicas
bonitas e imágenes graciosas. Quizás un mayor esfuerzo
de concisión (le sobra, por lo menos, media hora de metraje)
y un mayor compromiso con la complejidad del personaje (por cierto,
bien interpretado por el siempre interesante Mathieu
Almaric, que se luce, sobre todo, en la secuencia
de Lourdes, en compañía de Marina Hands, nuestra
querida Lady Chatterley) hubieran conseguido,
en compañía del cuidado aspecto visual, una película
más sólida. |