. . Año VI

   
Esta Semana
Crítica
Por L. Avendaño
La escafandra y la mariposa
Dirección: Julian Schnabel.
País: Francia.
Año: 2007.
Duración: 112 min.
Género: Biopic, drama.
Interpretación: Mathieu Amalric (Jean-Dominique Bauby), Emmanuelle Seigner (Céline Desmoulin), Marie-Josée Croze (Henriette Durand), Anne Consigny (Claude), Patrick Chesnais (doctor Lepage), Niels Arestrup (Roussin), Olatz Lopez Garmendia (Marie Lopez), Jean-Pierre Cassel (Lucien), Marina Hands (Joséphine), Max Von Sydow (Papinou), Isaach de Bankolé (Laurent), Emma de Caunes (Eugenia).
Guión: Ronald Harwood; basado en el libro "La escafandra y la mariposa" de Jean-Dominique Bauby.
Producción: Kathleen Kennedy y Jon Kilik.
Música: Paul Cantelon.
Fotografía: Janusz Kaminski.
Montaje: Juliette Welfing.
Diseño de producción: Michel Eric y Laurent Ott.
Vestuario: Olivier Beriot.
Estreno en Francia: 23 Mayo 2007.
Estreno en España: 1 Febrero 2008.

Bonita y superficial
La última película de Julian Schnabel, quien ya realizara la galardonada Antes de que anochezca (2000), es la adaptación a la gran pantalla del modesto libro autobiográfico de Jean-Dominique Bauby, en el que narra los últimos años de su vida, “encerrado” en un cuerpo inerte. El mérito del libro de Bauby, además del loable gesto de evitar compadecerse de sí mismo, residía en el hecho de que había sido dictado por el convaleciente utilizando el único medio de relación con el mundo que tenía: la capacidad de guiñar su ojo izquierdo.

La película retoma la idea con un muy interesante planteamiento inicial: filmar lo que acontece desde el punto de vista del sufriente protagonista. Punto de vista que pronto se limitará a lo que ve por un ojo y a lo que oye. La focalización subjetiva aprovecha el recurso a la voz en over del personaje, quien ironiza con cierta gracia sobre la conducta de los médicos y enfermeras que le atienden. Pero este recurso es limitado y con bastante sutileza Schnabel da el paso que le permite instaurar un punto de vista externo desde el cual tienen lugar los acontecimientos. A partir de ahí presenta la dinámica compleja entre los aspectos cotidianos de la vida del enfermo, por un lado, y sus mundo subjetivo, por el otro. Este último alude tanto a los recuerdos de su vida pasada como a sus ensoñaciones en el hospital. Por cierto que esos recuerdos acaban desvinculándose de la mera capacidad evocadora para constituirse en relato fuerte: el de la trama que da consistencia real al film, que es la de las relaciones familiares (con el padre, su ex-mujer y sus hijos, y su caprichosa amante). Y todo ello propuesto desde las posibilidades de un desenfreno visual (la mariposa: ¿dulce animal libre o efecto avalancha?) que viene a ser lo más interesante de la película, por más que sepa a poco sin contenido real al que dar forma.

Quizás sería mejor decir que no es contenido lo que le falta a la película. Más bien le sobran buenas intenciones y, sobre todo, complacencia. Precisamente aquello que Bauby quería evitar en su novela, aparece en la película por partida dobla. No es una pega que el filme pueda tener momentos emotivos (el de Bauby en la playa con sus hijos está especialmente bien logrado; también la conversación final con su padre: las relaciones padre-hijo son el punto fuerte de la película), sino que la emotividad provenga de fuera, de una manera de filmar que pierde la deuda que inicialmente presenta respecto de la subjetividad del personaje. Por supuesto, La escafandra y la mariposa quiere ser, y es efectivamente, una película optimista. Pero sin nada que optimizar, porque no plantea una verdadera base problemática desde la que proponer una auténtica visión de la superación de la enfermedad (más allá de la enfermedad misma del personaje, lo que no es poca cosa). Bauby saldará más o menos la deuda contraída por su disoluta vida anterior. Pero eso no es cosa difícil de mostrar para una película que se escuda en músicas bonitas e imágenes graciosas. Quizás un mayor esfuerzo de concisión (le sobra, por lo menos, media hora de metraje) y un mayor compromiso con la complejidad del personaje (por cierto, bien interpretado por el siempre interesante Mathieu Almaric, que se luce, sobre todo, en la secuencia de Lourdes, en compañía de Marina Hands, nuestra querida Lady Chatterley) hubieran conseguido, en compañía del cuidado aspecto visual, una película más sólida.

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