| Sexo
perturbador
Sentarse en la butaca a visionar el film que ahora nos reúne
es una excelente catarsis para aquellos que nos creemos modernos,
desprejuiciados y curados de espanto. El espectador que se crea
libre de tabúes respecto al sexo, debería ponerse
a prueba con “XXY”, una
película sincera con aquello que quiere contar y que abre
en la mente debates que, sin duda, no están a la orden
del día en el escaparate de la introspección humana.
Alex (excelentemente
bautizada) es una chica con un secreto que singulariza su vida:
es hermafrodita, es decir, posee genitales masculinos y femeninos
en su cuerpo. Algo que debería afectar tan solo a su intimidad
se extrapola a toda su vida: Alex es vista como un bicho raro
en el pueblo donde reside. Aquellos que la rodean sienten una
mezcla de fascinación y repulsión que llega a penetrar
en el espectador. Por que el carácter de la joven, tan
atrevido y descarado como frágil, simpatiza con éste.
Es capaz incluso de enamorarnos, como enamora a Álvaro,
el hijo de una pareja de amigos de sus padres que les visitan
durante un fin de semana. Sin embargo, cuando el sexo, el gran
elemento diferencial de Alex, penetra en la pantalla, uno no puede
dejar de sentirse algo turbado por las relaciones amatorias que
la joven experimenta.
Pero no nos dejemos engañar por las apariencias.
En “XXY” el sexo juega un
papel importante pero no decisivo. Más allá de las
necesarias escenas eróticas (que tampoco son muchas pero
sí difíciles de desdeñar), Lucía
Puenzo elabora una excelente tesis sobre la auto-aceptación
a través de un conflicto apenas reflejado en el cine (quien
escribe al menos no recuerda ningún film sobre el tema).
Nuestra protagonista debe enfrentarse al rechazo o curiosidad
de los demás para acabar descubriendo que la propia aprobación
es el gran escudo para que no la puedan dañar. El desenlace
nos plantea si es posible vivir en esa situación sin la
necesidad de elección, a la vez que nos abre los ojos ante
una nueva actitud sexual.
El film, con una fotografía pretendidamente
grisácea y triste, se alzó con el premio de la crítica
en Cannes. Óptimamente interpretado, en especial por su
elenco más lozano, cuenta con la presencia de Ricardo
Darín, uno de los mejores actores hispanos de
la última década, que en este caso se arrincona
para dejar brillar con luz propia a Inés Efron, la estrella
naciente de la obra. Puede resultar inverosímil en algunas
situaciones, aunque eso no le resta ni un ápice de humanidad
ni de honestidad.
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