. . Año VI

   
Esta Semana
Crítica
Por Alejandro Molina Bravo
Sweeney Todd, el barbero diabólico de la calle Fleet
Dirección: Tim Burton.
País: USA.
Año: 2007.
Duración: 116 min.
Género: Drama, thriller, musical.
Interpretación: Johnny Depp (Sweeney Todd), Helena Bonham Carter (Sra. Lovett), Alan Rickman (juez Turpin), Timothy Spall (Beadle), Sacha Baron Cohen (Pirelli), Jamie Campbell Bower (Anthony), Laura Michele Kelly (Lucy), Jayne Wisener (Johanna), Edward Sanders (Toby).
Guión: John Logan; basado en el musical de Stephen Sondheim y Hugh Wheeler.
Producción: Richard D. Zanuck, Walter F. Parkes, Laurie MacDonald y John Logan.
Música: Stephen Sondheim.
Fotografía: Dariusz Wolski.
Montaje: Chris Lebenzon.
Diseño de producción: Dante Ferretti.
Vestuario: Colleen Atwood.
Estreno en España: 15 Febrero 2008.

El novio de la muerte
Pensaba en cómo escribir esta crítica mientras me afeitaba y reparé en lo que este rito tiene de introspectivo, pues supone dedicar unos minutos a la contemplación del propio rostro frente a un espejo y ser testigo del cambio que se produce en él a golpe de cuchilla. Los hombres somos personas distintas antes y después de afeitarnos y entre medias estamos obligados a mirarnos a los ojos.

El afeitado en silencio propicia estas extrañas reflexiones. Reconozco que no es lo mejor que se puede hacer después de ver este atípico musical que narra la oscura y triste historia de un hábil barbero, Sweeney Todd, que regresa a Londres para vengarse de aquellos que le desterraron a las Américas para arrebatarle a su esposa. En su propósito le acompañará una tabernera, la Sra. Lovett, que convertirá a sus víctimas en pasteles de carne, que alimentan con éxito a una población hambrienta subyugada bajo el homo homini lupus propio de la Revolución Industrial que sirve de marco a esta historia violenta de final inesperado y trágico.

Tan estrafalario argumento sólo podía ser traducido en imágenes por Tim Burton, uno de los directores más personales que existen, creador de un sello propio y reconocible poblado por personajes tragicómicos (en esta película, más trágicos que cómicos) que transitan por la marginalidad, el amor, la soledad y la muerte inmersos en tenebrosos ambientes góticos. Estamos ante un Tim Burton en estado puro, más cercano a Sleepy Hollow que a Big Fish, más fiel a su particular universo y, por lo tanto, más pesimista y próximo a la idea romántica que considera la vida como un triste absurdo que termina con la muerte, con la belleza como rebeldía.

Esta belleza se encuentra en la cuidada y lóbrega fotografía, donde sólo resplandecen la sangre (y hay mucha en el metraje, a borbotones) y las ensoñaciones de los protagonistas; en la extraordinaria dirección artística que recrea un Londres decimonónico de reminiscencias dickensianas; en la banda sonora, repleta de buenas canciones que, eso sí, son excesivas para aquellos a los que no les gusten los musicales; en el reparto, unos actores secundarios que se atreven a cantar y lo hacen bien, como esa encantadoramente oscura Helena Bonham Carter, ese hilarante Sacha Baron Cohen y ese Alan Rickman que tan bien interpreta a pesar de recordarnos en exceso al profesor Snape de Harry Potter. Pero, de todos ellos, se hace obligado hablar de Johnny Depp que imprime a su personaje el carisma de una estrella del rock (el símil no es gratuito: oíganle cantar) y la profundidad doliente, atormentada y sensible de un poeta maldito.

Absténganse los que no comulguen con el universo Burton. El resto, almas perdidas, que disfruten.

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