| El
novio de la muerte
Pensaba en cómo escribir esta crítica mientras me
afeitaba y reparé en lo que este rito tiene de introspectivo,
pues supone dedicar unos minutos a la contemplación del
propio rostro frente a un espejo y ser testigo del cambio que
se produce en él a golpe de cuchilla. Los hombres somos
personas distintas antes y después de afeitarnos y entre
medias estamos obligados a mirarnos a los ojos.
El afeitado en silencio propicia estas extrañas reflexiones.
Reconozco que no es lo mejor que se puede hacer después
de ver este atípico musical que narra la oscura y triste
historia de un hábil barbero, Sweeney Todd,
que regresa a Londres para vengarse de aquellos que le desterraron
a las Américas para arrebatarle a su esposa. En su propósito
le acompañará una tabernera, la Sra.
Lovett, que convertirá a sus víctimas
en pasteles de carne, que alimentan con éxito a una población
hambrienta subyugada bajo el homo homini lupus propio de la Revolución
Industrial que sirve de marco a esta historia violenta de final
inesperado y trágico.
Tan estrafalario argumento sólo podía ser traducido
en imágenes por Tim Burton, uno de los
directores más personales que existen, creador de un sello
propio y reconocible poblado por personajes tragicómicos
(en esta película, más trágicos que cómicos)
que transitan por la marginalidad, el amor, la soledad y la muerte
inmersos en tenebrosos ambientes góticos. Estamos ante
un Tim Burton en estado puro, más cercano a Sleepy Hollow
que a Big Fish, más fiel a su particular universo y, por
lo tanto, más pesimista y próximo a la idea romántica
que considera la vida como un triste absurdo que termina con la
muerte, con la belleza como rebeldía.
Esta belleza se encuentra en la cuidada y lóbrega fotografía,
donde sólo resplandecen la sangre (y hay mucha en el metraje,
a borbotones) y las ensoñaciones de los protagonistas;
en la extraordinaria dirección artística que recrea
un Londres decimonónico de reminiscencias dickensianas;
en la banda sonora, repleta de buenas canciones que, eso sí,
son excesivas para aquellos a los que no les gusten los musicales;
en el reparto, unos actores secundarios que se atreven a cantar
y lo hacen bien, como esa encantadoramente oscura Helena Bonham
Carter, ese hilarante Sacha Baron Cohen y ese
Alan Rickman que tan bien interpreta a pesar de recordarnos
en exceso al profesor Snape de Harry Potter. Pero, de todos ellos,
se hace obligado hablar de Johnny Depp que imprime
a su personaje el carisma de una estrella del rock (el símil
no es gratuito: oíganle cantar) y la profundidad doliente,
atormentada y sensible de un poeta maldito.
Absténganse los que no comulguen con el universo Burton.
El resto, almas perdidas, que disfruten. |