| Que
cincuentaitrés años, siete meses y once días
no son nada
No tiene suerte Gabriel García Márquez,
un enamorado del cine, con las adaptaciones cinematográficas
que de sus obras se han hecho. Su particular universo, tan mágico
y a la vez tan real, de una riqueza desbordante que linda con
lo excesivo, no encuentra fiel reflejo en la pantalla. La tarea
se ha revelado siempre imposible y desmerecedora del libro en
que se inspiraba. Y esta película lo corrobora una vez
más.
Florentino Ariza, joven telegrafista
en la Colombia bélica y asolada por el cólera de
finales del siglo XIX, se enamora de Fermina Daza,
muchacha de buena familia, desde la primera vez que la ve Cuando
el padre de ella descubre las cartas que ambos se envían,
la aleja de él. Será el primero de sus desencuentros,
que proseguirán con la boda de Fermina con el doctor Juvenal
Urbino. Florentino, que había jurado amor
eterno, adopta la firme decisión de volver a declararse
a Fermina cuando su marido haya muerto, para lo que habrá
de esperar durante más de cincuenta años.
Para aquellos que hemos leído el libro se nos hace imposible
no compararlo con la película, por lo que tiene de fallida,
dado lo mal que transmite la esencia de la historia, a la que
reduce a una narración deslavazada donde la honda sensibilidad
del original literario se queda en una cursilería superficial
que acaba por cansar al espectador, que asiste a una historia
de amor que no se termina de creer y por la que pierde el interés
debido al torpe desarrollo de la misma, de una lentitud alstrada
en lugar de la armoniosa cadencia del libro. La película
se revela como una bonita sucesión de postales carentes
de alma. Y para apreciar esto no es necesario haberse leído
el libro antes.
Por lo tanto, lo mejor del film son los escenarios tropicales
en los que transcurre y la música formada por canciones
compuestas ex profeso por la cantante Shakira, cuya singular voz
transmite la pasión que el atractivo elenco no es capaz
de expresar, atenazados como están por una dirección
ineficaz. Los actores secundarios son solventes en sus papeles,
a excepción del soso Benjamín Bratt y de John Leguizamo
como inexplicable padre de Giovanna Mezzogiorno,
a la que sólo saca diez años. Mezzogiorno, además,
es la única del reparto por la que no pasa el tiempo: está
igual a los diecisiete que a los cincuenta. No se entiende por
qué no su personaje, al que no imprime la fuerza de carácter
requerida, no ha sido interpretada por dos actrices, como en el
caso de Florentino Ariza, al que en su juventud encarna un Unax
Ugalde ingenuo y tierno, el cual es superado por la interpretación
de Javier Bardem (el Florentino adulto y el crepuscular), que,
si bien lo ha hecho mejor otras veces, se esfuerza como siempre
en su creación, para la que imitó los gestos y ademanes
de García Márquez.
Conclusión: lean. |