| Séptimo
Arte
“La Soledad” de Jaime
Rosales es una película tan buena y tan bien hecha
que no parece española. No obstante, menos de 40000 personas
la habían visto en el cine cuando el pasado 3 de febrero,
la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas
decidió otorgarle el Goya a la mejor producción
nacional de 2007. A partir de entonces creció entre la
sociedad el interés por una película de la que muy
pocos habían oído hablar. Un film de “arte
y ensayo” se alzaba por encima de producciones
de mayor presupuesto, ambición comercial y éxito
como “El Orfanato” o “Las
13 Rosas”. Un gesto valiente de la Academia
que nos remite a los tiempos de la fallida Ley Miró. Una
puerta abierta al inicio de un nuevo sello de identidad para la
industria patria. Un guante que, lamentablemente, se va a quedar
tirado en el suelo.
El caviar Beluga no es manjar para estómagos
acostumbrados a las hamburguesas del McDonald’s. La industria
cinematográfica ha maleducado a los espectadores de tal
modo que pocos son capaces de entender por qué al cine
se le considera el Séptimo Arte cuando pocas veces es más
que una distracción evasiva, una excusa para comer palomitas
a oscuras. Por ello es tremendamente arriesgado recomendar un
film como “La Soledad”.
Posiblemente pocos estén dispuestos a participar de un
visionado que requiere otro tipo de mirada (“un
certain regard”, que dirían en Cannes).
Rosales ha hecho una película para cinéfilos, no
apta para la generalidad. Ha olvidado que el cine es por encima
de todo un negocio. ¡Bendita amnesia!
Rosales es el skin-head del cine español:
planos interminables, que dejan respirar la trama igual que la
vida nos da tiempo para digerir; diálogos naturales, hiperrealistas,
porque en la calle no hablamos como hablan los guiones; interpretaciones
tan dramáticas como contenidas (¡enorme Sonia
Almarcha!), porque la tragedia griega pasó de
moda hace siglos... en definitiva, fundamentalismo cinematográfico.
Y lo mejor de todo es que, en las antípodas
de algunas marcianadas snobs, “La Soledad”
se deja ver. Nos entretiene, nos hipnotiza, nos hace bajar la
guardia, y de repente nos noquea. Es tan sencilla en lo que cuenta
como compleja en su manera de mostrarlo. El resultado final es
menos liviano que gratificante. Como la primera vez: duele un
poco pero vale la pena.
|