| La
eternidad del instante
Una de mis frases favoritas de la historia del cine es la que
pronuncia Geraldine Chaplin al final de “Hable
con ella” de Pedro Almodóvar,
cuando Darío Grandinetti le dice que será
más fácil de lo que ella cree contarle todo lo que
ha pasado al personaje que interpreta Leonor Watling.
Entonces, Chaplin le contesta algo como esto: “Nada
es fácil. Soy profesora de ballet y sé que nada
es fácil.” Recordé esta frase
mientras veía “Luz silenciosa”,
el delicado y a la vez firme ejercicio de equilibrismo entre la
sencillez y la complejidad; ganadora del premio del Jurado en
el pasado Festival de Cannes y seleccionada por México
como candidata al Oscar.
Johan y su familia son menonitas del norte de México.
Contra la ley de Dios y del hombre, Johan se ha enamorado de otra
mujer. El argumento no tiene más, es así de simple.
Un adulterio, tema tratado en el cine con frecuencia, pero nunca
en un ambiente tan singular: una comunidad agrícola protestante,
de corte tradicional aunque sin cerrarse del todo al progreso
y que se asienta en un pacifismo radical, que puede llegar a ser
tan opresivo como la maledicencia típica del “qué
dirán” de los pueblos, pues el protagonista
se encuentra arropado por la comunidad, pero profundamente solo
ante Dios y ante los hombres, víctima de su pasión,
ante la dolorosa certidumbre de que su felicidad depende de herir
a otros, a los que ama.
La trama del adulterio se desarrolla entre la rutinaria vida de
esta comunidad, en su propio idioma, el plautdietsch, y contada
en gran parte por largos y complejos planos secuencia (algunos
de los cuales son innecesarios) que dotan al film de un ritmo
pausado que puede exasperar al espectador medio. Es decir, es
una película larga y lenta, no apta para el gran público,
sino para sensibilidades a prueba de bombas. Baste decir que la
película empieza con un largo plano secuencia de un amanecer,
y que termina con un largo plano secuencia de un atardecer. Así
de simples y así de hermosos, transmiten sin más
apoyo que los sonidos naturales la finalidad del director: la
captura del instante eterno simbolizada en esos cielos y esa luz.
Entre medias, las vidas anónimas de estas personas, tan
simples y complicadas como las de todos, en un tono casi documental,
diríase de un naturalismo costumbrista, que evoluciona
hacia un tono espiritual cercano al cine de Bergman y cuyo final
inesperado y enigmático recuerda a “Ordet
(La palabra)”, de Dreyer.
Cuando termina la película, uno tiene la sensación
de haber vivido algo que no termina de entender, pero que es bello
y valioso. |