. . Año VI

   
Esta Semana
Crítica
Por Alejandro Molina Bravo
Luz silenciosa
Dirección y guión: Carlos Reygadas.
Países: México, Francia y Holanda.
Año: 2007.
Duración: 142 min.
Género: Drama.
Interpretación: Cornelio Wall Fehr (Johan), Miriam Toews (Esther), María Pankratz (Marianne), Peter Wall (padre), Elisabeth Fehr (madre), Jacobo Klassen (Zacarías), Irma Thiessen (Alfredo), Daniel Thiessen (Daniel), Autghe Loewen (Autghe), Jackob Loewen (Jackob), Elisabeth Fehr (Anita).
Producción: Jaime Romandía y Carlos Reygadas.
Fotografía: Alexis Zabé.
Montaje: Natalia López.
Diseño de producción: Gerardo Tagle.
Estreno en España: 22 Febrero 2008.

La eternidad del instante
Una de mis frases favoritas de la historia del cine es la que pronuncia Geraldine Chaplin al final de “Hable con ella” de Pedro Almodóvar, cuando Darío Grandinetti le dice que será más fácil de lo que ella cree contarle todo lo que ha pasado al personaje que interpreta Leonor Watling. Entonces, Chaplin le contesta algo como esto: “Nada es fácil. Soy profesora de ballet y sé que nada es fácil.” Recordé esta frase mientras veía “Luz silenciosa”, el delicado y a la vez firme ejercicio de equilibrismo entre la sencillez y la complejidad; ganadora del premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes y seleccionada por México como candidata al Oscar.

Johan y su familia son menonitas del norte de México. Contra la ley de Dios y del hombre, Johan se ha enamorado de otra mujer. El argumento no tiene más, es así de simple. Un adulterio, tema tratado en el cine con frecuencia, pero nunca en un ambiente tan singular: una comunidad agrícola protestante, de corte tradicional aunque sin cerrarse del todo al progreso y que se asienta en un pacifismo radical, que puede llegar a ser tan opresivo como la maledicencia típica del “qué dirán” de los pueblos, pues el protagonista se encuentra arropado por la comunidad, pero profundamente solo ante Dios y ante los hombres, víctima de su pasión, ante la dolorosa certidumbre de que su felicidad depende de herir a otros, a los que ama.

La trama del adulterio se desarrolla entre la rutinaria vida de esta comunidad, en su propio idioma, el plautdietsch, y contada en gran parte por largos y complejos planos secuencia (algunos de los cuales son innecesarios) que dotan al film de un ritmo pausado que puede exasperar al espectador medio. Es decir, es una película larga y lenta, no apta para el gran público, sino para sensibilidades a prueba de bombas. Baste decir que la película empieza con un largo plano secuencia de un amanecer, y que termina con un largo plano secuencia de un atardecer. Así de simples y así de hermosos, transmiten sin más apoyo que los sonidos naturales la finalidad del director: la captura del instante eterno simbolizada en esos cielos y esa luz. Entre medias, las vidas anónimas de estas personas, tan simples y complicadas como las de todos, en un tono casi documental, diríase de un naturalismo costumbrista, que evoluciona hacia un tono espiritual cercano al cine de Bergman y cuyo final inesperado y enigmático recuerda a “Ordet (La palabra)”, de Dreyer.

Cuando termina la película, uno tiene la sensación de haber vivido algo que no termina de entender, pero que es bello y valioso.

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