| Un
cadáver insípido
Es muy fácil, para aquellos que escribimos críticas,
caer en la tentación de criticar despiadadamente el objeto
en cuestión sin tener en cuenta el daño que podemos
hacer a aquellos otros que han dedicado una parte de su vida,
su esfuerzo y su ilusión a algo que nosotros destruimos
en apenas unas líneas. Por eso, desde que me dedico a criticar
películas, tengo en mente la reflexión del crítico
gastronómico que tiene lugar durante los minutos finales
de la película “Ratatouille”:
“Nuestras críticas valen menos que el
peor de los platos (–en este caso, películas-) que
criticamos”, dice aproximadamente. Y tiene
razón. Hago esta introducción, porque no dudo del
esfuerzo e ilusión de todo el equipo que ha hecho esta
película que ahora critico, pero no puedo dejar de decir
que, sinceramente, la película me ha parecido un soberano
bodrio con ínfulas de trascendencia.
La vida del pintor español Óscar Domínguez
un espíritu revolucionario, genial y creativo, durante
su estancia en París en la primera mitad del siglo XX,
se entrelaza con la de Ana, en el Madrid actual,
a quien se le diagnostica una terrible enfermedad que le lleva
a volcarse en la búsqueda de un misterioso cuadro que,
según los expertos, fue la última creación
del pintor antes de suicidarse.
Si lo que pretendía el director era hacer una reivindicación
del espíritu surrealista que encarna Domínguez,
lo ha hecho bien y mal a un tiempo. Mal porque al final de la
película uno sale pensando que el surrealismo consistía
únicamente en hacer cuantas más majaderías
mejor y en competir por ver quién es el más polémico
y controvertido. Bien porque si el guión pretendía
basarse en una estructura semejante a los cadáveres exquisitos
que este grupo realizaba para dejar vía libre a la inconsciencia
en forma de versos o dibujos inconexos e incongruentes, lo ha
conseguido. El destino final del cuadro es desconocido, dejando
la trama principal descabezada, hay saltos en la narración
que hacen que no comprendamos, como pasa con la muerte de la amante
polaca: de repente, y sin saber por qué, la están
fusilando; y el film muestra una admiración parcial, superficial
y tópica por el pintor, al que se nos presenta como un
artista genial ante el cual otros reconocidos artistas como Man
Ray, André Breton y el mismísimo Picasso,
paradigma de la genialidad en la pintura del siglo XX, se achantan
constantemente, presentados como personajes planos. Todo esto,
siendo escasos los cuadros que pinta el pintor en la película,
más interesado en tirarse a todo lo que se mueve. Resultado
de todo ello es que en vez de salir admirados por Óscar
Domínguez, nos termina por resultar antipático,
y no vislumbramos su genio por ninguna parte, sólo nos
preguntamos si está loco o es sencillamente imbécil.
Adolece, además, la película de síntomas
típicos del cine español que ya creíamos
superados: a los diez minutos ya ha tenido lugar una escena de
sexo y han hecho acto de presencia las drogas. A los veinte minutos,
Victroria Abril ya ha hecho un desnudo integral.
Ella, junto con los bellos paisajes naturales tinerfeños
y la esforzada labor de producción es lo único salvable
de la cinta, a pesar de que su interpretación se reduzca
a los ataques de su personaje, con el que tampoco simpatizamos.
También es destacable la interpretación de Joaquim
de Almeida, muy bien caracterizado, y que resulta creíble
y carismático. El personaje de Emma Suárez es totalmente
prescindible y Jorge Perugorría no levanta su personaje
plano y tópico. El resto de actores lo hacen francamente
mal, sobretodo los que actúan en papeles menores.
Hice grandes esfuerzos por no irme a la mitad. |