. . Año VI

   
Esta Semana
Crítica
Por Alejandro Molina Bravo
There will be blood
Dirección: Paul Thomas Anderson.
País: USA.
Año: 2007.
Duración: 158 min.
Género: Drama.
Interpretación: Daniel Day-Lewis (Daniel Plainview), Paul Dano (Paul Sunday/Eli Sunday), Kevin J. O'Connor (Henry), Ciarán Hinds (Fletcher), Dillon Freasier (H.W.), Randall Carver (Sr. Bankside), Coco Leigh (Sra. Bankside), Sydney McCallister (Mary Sunday), David Willis (Abel Sunday), Kellie Hill (Ruth Sunday).
Guión: Paul Thomas Anderson; adaptación libre de la novela "Petróleo" de Upton Sinclair.
Producción: Joanne Sellar, Paul Thomas Anderson y Daniel Lupi.
Música: Jonny Greenwood.
Fotografía: Robert Elswit.
Montaje: Dylan Tichenor.
Diseño de producción: Jack Fisk.
Vestuario: Mark Bridges.
Estreno en España: 15 Febrero 2008.

Más dura será la caída
Hay una frase que no logro arrancarme de la mente desde que salí del cine y que no consigo definir con precisión ni ubicar en el libro en la cual la leí; bien pudiera ser que, en realidad, sea invención mía, a partir de otras frases y otros libros. La frase la pronuncia un niño ante un paisaje devastado (creo), a la pregunta de por qué está llorando: “Lloro por lo negro del corazón humano”. El niño había descubierto la oscuridad implícita en el hecho de ser hombre, una oscuridad negra como el petróleo que inunda esta película fascinante sobre el lado oscuro de la condición humana, contada con pulso y elegancia. El “Ciudadano Kane” del siglo XXI, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva: unos la adorarán, otros tantos no la soportarán.

Principios del siglo XX, California. Daniel Plainview, un minero que cría solo a su hijo H.W, recibe un misterioso soplo acerca de la presencia de petróleo en las entrañas de Little Boston, un pueblo perdido del oeste donde la vida gira en torno a la Iglesia Pentecostalista del pastor Eli Sunday. Durante treinta años asistimos al ascenso de este hombre, reconvertido a sí mismo en poderoso magnate del petróleo, y a su caída, que coincide con el crack bursátil de 1929. En el trayecto hacia la riqueza, su desmedida ambición le envenenará el alma hasta el punto de perjudicar gravemente la relación con su hijo.

Es difícil describir “There will be blood” (mejor en su título original, cuyo significado, “Habrá sangre”, nos vaticina los derroteros violentos que adopta la cinta), una obra tan vasta y oscura como un yacimiento petrolífero. Como todo lo que hace ese genio en ciernes que es P. T. Anderson, es pretenciosa, potente, enérgica, intensa, excesiva y apabullante, propia de un talento desmesurado. Y lo es tanto por la historia “quasi” bíblica que narra como por su gran potencia visual, gracias a una magnífica fotografía ganadora del Oscar y a una planificación basada en la sobreabundancia de planos, muchos de los cuales son planos – secuencia. Mención especial merece la sensacional y extraña banda sonora compuesta por el miembro de “Radiohead” Jonny Greenwood y premiada en la pasada Berlinale: crispada, violenta, turbia, lírica y a veces angustiosa, como la historia a la que acompaña.

No menos importante es la labor del reparto, que se entregan totalmente a sus personajes: sus interpretaciones transmiten una rara intensidad. De entre todo el plantel de grandes secundarios destaca Paul Dano como el carismático y ultrarreligioso pastor que se enfrenta durante años al prospector que encarna Daniel Day-Lewis, dos hombres eternamente enfrentados, que son más parecidos de lo que ellos creen y de cuyos duelos interpretativos (constituidos en escenas en verdad antológicas) Dano, a pesar de lo equívoco de su personaje, sale indemne. Qué decir de Day–Lewis, ese monstruo. No actúa, es el personaje. Sus gestos, sus miradas, su voz (véanla en versión original), son naturales, fluyen de él con total credibilidad. Sin duda, el mejor actor vivo del mundo. Nadie mejor que él para encarnar a ese hombre tan complejo que no soporta a los débiles porque le recuerdan su propia debilidad, esclavo de su ambición, desencantado de la vida y de sí mismo. Asistimos fascinados a su decadencia, que llega después de dos horas y media que se pasan volando, en una escena final enigmática que unos adoran como perfecto y climático desenlace y que otros consideran inapropiada e incongruente con el resto del film, desbaratando la película en su conjunto. No hay término medio.

Ámenla u ódienla. Pero véanla.

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