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dura será la caída
Hay una frase que no logro arrancarme de la mente desde que salí
del cine y que no consigo definir con precisión ni ubicar
en el libro en la cual la leí; bien pudiera ser que, en
realidad, sea invención mía, a partir de otras frases
y otros libros. La frase la pronuncia un niño ante un paisaje
devastado (creo), a la pregunta de por qué está
llorando: “Lloro por lo negro del corazón
humano”. El niño había descubierto
la oscuridad implícita en el hecho de ser hombre, una oscuridad
negra como el petróleo que inunda esta película
fascinante sobre el lado oscuro de la condición humana,
contada con pulso y elegancia. El “Ciudadano
Kane” del siglo XXI, con todo lo bueno y lo
malo que eso conlleva: unos la adorarán, otros tantos no
la soportarán.
Principios del siglo XX, California. Daniel
Plainview, un minero que cría solo a su hijo H.W,
recibe un misterioso soplo acerca de la presencia de petróleo
en las entrañas de Little Boston, un pueblo
perdido del oeste donde la vida gira en torno a la Iglesia Pentecostalista
del pastor Eli Sunday. Durante treinta años
asistimos al ascenso de este hombre, reconvertido a sí
mismo en poderoso magnate del petróleo, y a su caída,
que coincide con el crack bursátil de 1929. En el trayecto
hacia la riqueza, su desmedida ambición le envenenará
el alma hasta el punto de perjudicar gravemente la relación
con su hijo.
Es difícil describir “There
will be blood” (mejor en su título
original, cuyo significado, “Habrá sangre”,
nos vaticina los derroteros violentos que adopta la cinta), una
obra tan vasta y oscura como un yacimiento petrolífero.
Como todo lo que hace ese genio en ciernes que es P. T.
Anderson, es pretenciosa, potente, enérgica, intensa,
excesiva y apabullante, propia de un talento desmesurado. Y lo
es tanto por la historia “quasi”
bíblica que narra como por su gran potencia visual, gracias
a una magnífica fotografía ganadora del Oscar y
a una planificación basada en la sobreabundancia de planos,
muchos de los cuales son planos – secuencia. Mención
especial merece la sensacional y extraña banda sonora compuesta
por el miembro de “Radiohead”
Jonny Greenwood y premiada en la pasada Berlinale: crispada, violenta,
turbia, lírica y a veces angustiosa, como la historia a
la que acompaña.
No menos importante es la labor del reparto, que se entregan
totalmente a sus personajes: sus interpretaciones transmiten una
rara intensidad. De entre todo el plantel de grandes secundarios
destaca Paul Dano como el carismático y ultrarreligioso
pastor que se enfrenta durante años al prospector que encarna
Daniel Day-Lewis, dos hombres eternamente enfrentados,
que son más parecidos de lo que ellos creen y de cuyos
duelos interpretativos (constituidos en escenas en verdad antológicas)
Dano, a pesar de lo equívoco de su personaje, sale indemne.
Qué decir de Day–Lewis, ese monstruo. No actúa,
es el personaje. Sus gestos, sus miradas, su voz (véanla
en versión original), son naturales, fluyen de él
con total credibilidad. Sin duda, el mejor actor vivo del mundo.
Nadie mejor que él para encarnar a ese hombre tan complejo
que no soporta a los débiles porque le recuerdan su propia
debilidad, esclavo de su ambición, desencantado de la vida
y de sí mismo. Asistimos fascinados a su decadencia, que
llega después de dos horas y media que se pasan volando,
en una escena final enigmática que unos adoran como perfecto
y climático desenlace y que otros consideran inapropiada
e incongruente con el resto del film, desbaratando la película
en su conjunto. No hay término medio.
Ámenla u ódienla. Pero véanla. |