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(casi) nada más
Los aires de frescura que empiezan a sanear el complicado panorama
del cine español, al menos desde el punto de vista artístico,
hacen difícil hacer concesiones para películas de
aspecto mediocre pero que, sin duda, despuntan con creces ante
toda una tradición de producción de auténticos
detritus dirigidos a los gustos más bajos. La ópera
prima de Roser Aguilar es una de estas medianías, no exenta
de aspectos interesantes. Entre ellos se encuentra una notable
habilidad para crear transiciones con atractivo visual y cierto
interés dramático. Sin embargo, los puntos de unión
no pueden adquirir un peso significativo cuando lo que se une
presenta escasa consistencia. Y es que, en cualquier caso, las
buenas aptitudes formales no hacen sino subrayar la oquedad estética
sobre la que se erigen. Como tantos y tantos otros, la debutante
directora nos demuestra que tiene talento pero poco que contar
(se cuentan también formas, no sólo argumentos).
Carece de proyecto artístico, y esto es lo mínimo
que se debe pedir a películas de distribución minoritaria
si quieren, de verdad, aportar algo nuevo. Quizás con cierta
vocación comercial, Lo mejor de mí se ve en lo artístico
eclipsada por las obras de Serra, Aguilera o Rosales,
que señalan la aparición en nuestro país
de un público cada vez más exigente, lo que se confirma
con el reciente éxito de la magnífica La soledad.
En el plano argumental la película es pobre, pero no hasta
el desespero. Sin duda, su gran fallo es el exceso de buenas intenciones
(no está sola en esto: se trata de una deficiencia más
que extendida a nivel planetario) y le falta mala leche. Por supuesto,
esto es más una valoración personal que un juicio
serio sobre alguno de los aspectos de la película. Sin
embargo está demostrado que este tipo de cine tan complaciente
no perdura más allá del último destello de
los créditos. Sobre todo porque no llega a interesar, porque
carece de ese punto de catarsis masoquista y masturbatoria de
la mejor tradición del cine español. La de Lo mejor
de mí es una historia fácil, por más que
en su facilidad tenga sus aciertos (por ejemplo el desenlace,
que descarga, con una inusual naturalidad, al espectador de cincuenta
minutos de tedio precedentes), que al final aburre. Se puede hacer
un mundo de algo muy sencillo; aquí no hay mundo y entre
el espectador atento y la sencilla historia se abrirá,
cuanto menos un abismo de desconfianza. Y mayor distancia aún
cuando mediando la actriz (Marián Álvarez,
cuyo galardón en Locarno sólo se podrá explicar
estudiando quién más competía) se desdibuje
el personaje protagonista y cuando, por la aparición de
alguna estrella televisiva, todo el contexto dramático
se desmorone como la insostenible farsa, falsamente seria, que
es. Hay que sentir la necesidad de contar con fuerza algo necesario
cuando se opta por el cine narrativo; hacer cine por hacerlo,
aparte de hinchar el currículum, es una pérdida
de tiempo. |