| Bienaventurada
sea la globalización
¡Qué sorpresas nos depara la casi siempre defenestrada
y mal entendida globalización! Ya no es que Woody
Allen haya abandonado el sempiterno Manhattan para rodar
en el viejo continente, o que en Hollywood se hagan remakes de
cualquier película euroasiática con un mínimo
de gancho. Ahora dicha globalización ha obrado el milagro
imposible: un film sobre Afganistán que no gira en torno
al terrorismo, al fundamentalismo o al recurrido ¡que viene
el coco! Es gratificante ver que, en las postrimerías de
la Era Bush, Hollywood ve más que enemigos
potenciales en Oriente Medio.
Marc Forster es uno de aquellos realizadores
por encargo que apenas otorga autoría a sus obras. Sus
proyectos, radicalmente distintos entre sí, han oscilado
desde la comedia con tintes metafísicos (Mas extraño
que la ficción) al melodrama de acentuados tonos pastel
(Descubriendo nunca jamás). Con cal y arena en su currículum,
cierto es que ahora acierta con esta adaptación del best-seller
homónimo del afgano Khaled Hosseini. Cometas
en el cielo es, por encima de todo, una película muy humana
que nos habla de la amistad entre Amir y el hijo de su criado,
Hassan. Una amistad que se verá traicionada y dinamitada
por el primero. Una traición que pesará en Amir
a lo largo de los años. Una traición que, no obstante,
la vida le va a permitir redimir.
Forster se sirve de una sociedad como la afgana,
con relaciones de vasallaje pseudo-medieval entre semejantes y
donde la aun existente servidumbre va unida a un penetrante sentimiento
de lealtad entre el criado y el señor. Con este molde es
capaz de elaborar una historia creíble y a intervalos cruda,
que no por excesivamente larga y en ocasiones algo tramposa, pierde
firmeza en su pulso ni coherencia interna. Decir que es algo tramposa
no tiene porqué ir en detrimento del film: no hay que olvidar
que un guión no fotocopia la realidad sino que nos la exagera
para hacérnosla más atractiva. De ahí que
algunas casualidades (la reaparición de algún malvado
antagonista pasados los años, por ejemplo) no hagan más
que apuntalar el drama. Todo ello viene aderezado por la bella
banda sonora de ese genio patrio que se llama Alberto
Iglesias, una preciosista fotografía de Roberto
Schaeffer (destacables los concursos de vuelo de cometas)
y un saco de buenos sentimientos. Sin ser la obra perfecta, el
film va más allá de su aparente humildad.
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