| Sin
trampa ni cartón
Los magos siempre me han producido una extraña sensación
entre lo desagradable y lo placentero: me maravillan sus actuaciones
imposibles, carentes de toda lógica, que me envuelven en
fantasía, pero constantemente pienso en cómo logran
hacerlo, dónde está el truco; provocándome
una ligera frustración. Con ese ánimo asistí
a la proyección de esta película cuyo título
original “Death defying acts”
(Actos que desafían a la muerte) remite a los anuncios
del gran mago Houdini, sobre el cual
versa la trama, lo que prometía ser un entretenimiento
estimulante. En ese sentido, la película es decepcionante:
se centra una convencional historia de amor, dejando de lado la
magia y sus engranajes.
En 1926 el famoso mago Harry Houdini llega a
Edimburgo en su gira mundial, dispuesto a dar una gran recompensa
a la persona capaz de contactar con su madre recientemente fallecida.
Una atractiva médium, acepta el desafío atraída
por el dinero. Houdini hará todo lo posible por desenmascarar
a la misteriosa mujer, pero no podrá evitar sentirse cada
vez más atraído por ella.
Durante algo más de la mitad de metraje
se nos muestra una película entretenida y con unos divertidos
toques de humor, que se apoya en una esmerada y preciosista ambientación
de época, ayudada en gran parte por la belleza de la ciudad
de Edimburgo, pero que progresivamente evoluciona a una poco profunda
(a pesar de que se quiere aparentar lo contrario) historia de
amor almibarado cuyo único aliciente es la química
que desprenden los actores. De ese dueto protagonista que interpreta
con corrección sus papeles, destaca Catherine Zeta-Jones,
cuya presencia tiene atisbos de estrella clásica de Hollywood.
No se puede decir lo mismo de Guy Pearce, entregado a la preparación
de su personaje, pero al que no dota de la oscuridad ni el magnetismo
que la película nos quiere transmitir acerca del mejor
escapista de la Historia. Mención especial merece el personaje
de la hija de la médium, Saoirse Ronan (última candadita
al Oscar de reparto por “Expiación”)
cuyo desparpajo y buen hacer en la película no desmerece
de otras brillantes y recordadas interpretaciones infantiles como
la de Tatum 0’Neall en “Luna
de papel” o la de Anna Paquin
en “El piano”. Lo único
punible de su interpretación es el uso de su reiterativa
y prescindible voz en off.
Es entretenida pero (cosa mala si se trata de magia) no maravilla.
Está lejos de otras películas recientes que tratan
este mismo tema, como la bella “El ilusionista”
y a años luz de la apasionante complejidad de “El
truco final” y su magnífica disección
de ese mundo de apariencias que es la magia.
|