| Viaje
al país de las maravillas, sin mapa ni brújula
Hay muchísimas películas distintas dentro de “La
edad de la ignorancia”, demasiadas. Arcand
regresa a su territorio recurrente, el de la comedia afligida
con visión catastrofista y ácida de la existencia
humana. Pero a los lapsus rítmicos que padecen generalmente
sus películas, se suma esta vez una incoherencia global
en la trama, producida por un exceso de ideas, de temas abordados.
Se evidencia una unidad conceptual, todo intenta trazar un mismo
camino ideológico, pero el film deambula por tantas sendas
distintas que uno no sabe a qué agarrase y se siente como
en una montaña rusa desconcertante.
Y este defecto estructural pesa como una losa
en un film de premisa más que interesante. El puerto de
partida de “La edad de la ignorancia”,
así como sus primeros pasos, son notables, entretenidos
y enriquecedores. Pero a medida que avanza la trama, uno se da
cuenta de las libertades que se ha auto-otorgado Arcand, director
y guionista de la obra. La constante oscilación de la comedia
al drama es sello identificativo del canadiense, pero esta vez
no duda en mutar ya no solo el tono de la película, sino
también su género y su estilo visual. Así,
por ejemplo, el desenlace ofrece un “tempo”,
una profundidad y una extraña nostalgia que muy poco tiene
que ver con el resto de la película, o mejor dicho, con
el resto de segmentos que forman el film, algunos de ellos, de
carácter medieval, totalmente prescindibles. Con todo lo
dicho uno puede imaginarse un film coral, y nada más lejos
de la realidad, pues todo su argumento principal, así como
las distintas subtramas, giran en torno a Jean-Marc Leblanc,
un hombre que huye, gracias a su festiva imaginación, de
una rutinaria y deprimente vida. Abandonando a sus personajes
fetiche (los del díptico “Las invasiones
bárbaras”-“El declive
del imperio americano”), Arcand confía
esta vez todo la responsabilidad actoral a un SOBERBIO (con mayúsculas)
Marc Labrèche, conocido intérprete canadiense que
debuta a las órdenes del director.
Pese a todo lo dicho, debo decir que aprecio
“La edad de la ignorancia”
y que disfruté de la experiencia. Uno debe ser subjetivo
y fiel a su labor, pero la película es una de aquellas
obras que simpatizan con facilidad y posee el carisma propio del
cine de Arcand (el canadiense es un experto en crear personajes
a los que parece que el espectador conozca de toda la vida). Con
todas sus carencias, “La edad de la ignorancia”
supera con creces la media de los largometrajes “norteamericanos”
(permítanme la trampa) que se estrenan en nuestro país.
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