| Elegía
al cine
Durante la enésima (¿y definitiva?) muerte del cine,
esa en que nos hallamos y que viene dada por el inevitable paso
del celuloide a la tecnología digital, Michel Gondry
realiza un personal homenaje, a modo de despedida, del cine artesanal
y del VHS. El Video Home System, ese formato que lidió
con el Beta-Cam en sus inicios y que monopolizó el mercado
durante más de dos décadas, es ya un muerto viviente,
enterrado por el DVD. Tras el aborto prematuro del sistema de
Toshiba de alta definición (HD-DVD), parece que el Blue-Ray
de Sony se alza como el formato que abanderará la nueva
generación de cine en casa, aunque en la era del “no-formato”
está por ver si llegará a asentarse algún
día en el mercado o será, como ya sucedió
con el Laser-Disc, otra creación fallida. Este es el entorno
tecnológico (y de ahí su magia) en que se representa
“Rebobine, por favor”, que
parte de la original existencia de un video-club de barrio en
el que tan solo se alquilan, a un dólar diario, cintas
de video.
La crisis que padece el establecimiento no viene
dada, sin embargo, por ese desfase tecnológico sino por
un desafortunado incidente: Jerry (Jack
Black), uno de los clientes habituales del video-club y amigo
del dependiente Mike (Mos Def), se
convierte en un hombre radioactivo tras intentar sabotear la central
nuclear junto a la que vive, y sin querer, desmagnetiza y borra
todos los VHS de la tienda. Mike y Jerry se verán obligados
a elaborar contrarreloj copias caseras de las películas
que sus clientes demandan antes de que el propietario Sr. Fletcher
(Danny Glover) regrese de un viaje.
“Rebobine, por favor”
es una película que divierte más cuando te la cuentan
que cuando la ves. Gondry, por segunda vez sin la colaboración
del guionista Charlie Kauffmann, elabora su film más flojo,
especialmente cuando la película se acerca sin rubor a
la comedia gansa mostrándose como un producto para lucimiento
de Jack Black, ese “clown”
sobrevalorado por la escena “indie”
(de Linklater a Jared Hess, o al propio Gondry). Es cuando el
film abandona la gamberrada amateur cuando alcanza sus cotas más
altas. Gondry, con evidente mano paternalista, acaricia con mimo
a los personajes que ha creado y los convierte en estandartes
de ese cine artesanal y con carácter que los “Blockbusters”
parecen haber derrotado.
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