| La
genialidad sin control no sirve de nada
Me considero uno de los muchos, muchísimos que alaban a
Matrix como lo que es: una obra clave dentro del séptimo
arte. Pero también soy uno de los que quedó muy
decepcionado con sus segunda y tercera parte. Y es que los hermanos
Wachowski han demostrado que manejan
muy bien los aspectos visuales, pero les falta mucho para ser
unos maestros en lo que a contar historias se refiere. Speed Racer
es un nuevo ejemplo.
Speed Racer (Hirsch)
es un joven conductor de carreras que vive a la sombra de su hermano,
otro piloto que falleció en uno de los circuitos más
peligrosos. Cuando gana una nueva carrera el empresario Royalton
le ofrece un contrato millonario. Pero al rechazarlo comienzan
sus problemas: empieza a ser atacado y su familia denunciada por
copiar modelos industriales. Su única opción es
unirse a Racer X (Fox), un misterioso
conductor, para limpiar su nombre y el de su familia.
Puede que así contado la historia parezca
atractiva, pero no se engañen: el guión es muy,
muy flojo. Enfocado a un público eminentemente infantil,
la película se basa excesivamente en la espectacularidad
de sus carreras y circuitos y se olvida de la coherencia narrativa.
Escenas como la lucha entre el hermano menor de Speed y su mascota
(un mono) o en general cualquier escena que tenga como protagonistas
a estos personajes no sólo no aportan nada a la historia,
sino que la perjudican.
Por regla general no me gusta criticar negativamente
una película porque sé de primera mano lo que cuesta
hacerlas, pero este caso es especial. Llama la atención
el espectacular reparto, y no precisamente porque compongan unos
excelentes personajes, sino porque unos actores de la talla de
Sarandon o Goodman no deberían aceptar que se manche su
imagen de esa forma.
Eso sí, la película es un espectáculo
visual. Los circuitos, la planificación de las carreras,
el diseño de producción y la música son,
sencillamente, perfectos. Pero más allá de eso,
es una película vacía.
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