| Rivette/Balzac
En su última película, el veterano cineasta francés
Jacques Rivette aborda con fidelidad la adaptación
de una novela corta de Balzac en la que se narra
la tortuosa historia de amor entre una refinada aristócrata
del París de la Restauración y un arisco e inelegante
general que, tras superar duras pruebas en el corazón de
África descubre que más difíciles son las
trabas que los sentimientos se ponen cuando entran en conflicto
con la etiqueta. Sin pretender poner en imágenes toda la
carga de fino moralista que tiene el autor de la Comédie
Humaine, Rivette se mantiene no
obstante cercano al estilo literario de La duchesse de Langeais,
donde abundan largas y detalladas descripciones que escrutan al
milímetro las contradicciones de la sociedad de la época,
y lo hace sin abandonar su peculiar manera de filmar: largos planos
secuencias, cargados de intención y que no ocultan, pero
tampoco exageran, cierta manera teatral de desenvolverse. Lo que
no está del todo en desacuerdo con la historia, pues el
conflicto entre los amantes surge precisamente de la dificultad
de asumir que en su relación lo que está en juego
son diferentes e irreconciliables maneras de interpretar, como
bien lo ponen de manifiesto los trabajos de Guillaume
Depardieu y Jeanne Balibar.
La película se muestra particularmente
sobria y distante respecto de las historias. Contribuye a ello
la inserción, cosa frecuente chez Rivette, de rótulos
en los que se introduce o bien la información que cubre
la elipsis narrativa, o incluso la observación con que
culmina Balzac algún párrafo. Pero también
una cadencia particular, la del lento movimiento de los travelling
o incluso la de cierta torpeza de los personajes que se mueven
en un espacio que, a diferencia de lo que suele pasar en el cine,
no se adapta a ellos. Espacio de gran presencia, desde el punto
de vista narrativo, que se aborda siempre desde puntos de vista
generales y que se llena y vacía de acuerdo con normas
de puesta en escena destinadas a parafrasear las presentaciones
de personajes y situaciones que ofrece Balzac, y que tienen esa
apariencia de ser obra de un no demasiado escondido demiurgo que
pone y dispone y asegura que se respete el orden, para lo que
hace hincapié en él desde un primer lugar. De esta
función demiúrgica se ha querido hacer cargo siempre
Rivette, y en este sentido hay que decir que, por más que
a nivel de la trama su fidelidad a la novela sea impecable, existe
algo que no es que no se saque de Balzac, sino más bien
que se superpone de Rivette y que se hace enormemente reconocible
su película. De sus seguidores es tarea observar este “algo”.
De los buenos amantes del cine disfrutar de esta pequeña
joya, esperemos, en pantalla grande.
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