| Elogio
de la horterada
Algo les pasa a los británicos, que están obesionados
con los retretes. O, por lo menos, algo le pasa a Danny
Boyle, para que las escenas más recordadas
de sus dos más conocidas películas –“Trainspotting”,
y ésta de Slumdog Millionaire-
tenga una estrecha relación con la mierda (perdonen, pero
no había eufemismo posible). Quizá sea una metáfora
para referirse a las miserias humanas, algo que Slumdog Millionaire
estaba obligada a mostrar al ambientarse en la India, más
concretamente Bombay, y en sus clases más desfavorecidas.
Pero lo hace bajo una historia colorista y finalmente alegre y
reconfortante; destilando un cierto “buenrollismo
new age”.
El protagonista es Jamal Malik, un joven huérfano
que ha vivido toda su vida en la pobreza de las barriadas y que
se convierte en la revelación del concurso televisivo "¿Quién
quiere ser millonario?” En su versión
india. Jamal, que no tiene estudios, responde a todas las preguntas
hasta llegar a la penúltima a la espera de la pregunta
definitiva que le haría ganador de 20 millones de rupias.
Pero antes, la policía lo detiene e interroga, pues sospechan
que hace trampa. Jamal deberá explicar por qué conocía
las respuestas, teniendo que recurrir para ello a relatar diferentes
momentos de su vida, tanto dolorosos -la muerte de su madre o
la conflictiva relación con su hermano- como picarescos
y humorísticos que además ayudarán a desvelar
la verdadera razón de su participación en el concurso.
La película revelación del año
no es sino el relato de las peripecias de un hombre normal que
debe salir adelante por sus propios medios, mediante repetidos
flashbacks originalmente introducidos en el relato al hilo de
cada pregunta. Un Oliver Twist en clave
poscolonial, aderezado con los elementos típicos del cine
de Bollywood, que parece desembarcar definitivamente en Occidente
con esta película. Una historia efectiva que logra el principal
propósito par el que fue concebido el cine: entretener.
Y eso lo consigue con creces, como pocas películas en los
últimos años, gracias a un encomiable manejo de
la tensión que pega al espectador en la butaca y no le
deja respirar hasta el final, deseoso de saber los destinos de
unos protagonistas con los que es muy fácil empatizar.
Esta tensión no habría sido posible sin un montaje
sabiamente elaborado, marca estilística de Danny Boyle,
que con este film ha logrado su madurez como director, adaptándose
al tono de la historia sin renunciar a su estilo un tanto videoclipero.
La música, por supuesto, cobra gran importancia en la concepción
de estilo de la cinta, uno de los rasgos más destacados
del cine indio, que aquí se encuentra con la electrónica
de la que Boyle es devoto.
Todo ello hace que la cinta se vea con sumo agrado, con regocijo
y que la sala de cine vibre con las vivencias límites de
un don nadie que al final logra el éxito. Como todos los
que buscan un refugio en el cine. Como la propia película,
concebida como un “modesto”
film independiente que, sin siquiera imaginarlo, acapara todos
los premios. Sin asomo de pretenciosidad, juega durante todo su
metraje al límite de lo excesivo y lo hortera, escapando
por los pelos, para caer finalmente y de forma consciente en lo
kitsch, sin ningún complejo, durante los títulos
de crédito finales. Entonces la película muestra
una vez más la poca complacencia para consigo misma y ante
eso, no queda sino sonreír. |