. . Año VII

   
Esta Semana
Crítica
Por Miguel Ángel Hernáez
Déjame entrar
Dirección: Tomas Alfredson.
País: Suecia.
Año: 2008.
Duración: 114 min.
Género: Drama, terror, fantástico.
Interpretación: Kåre Hedebrant (Oskar), Lina Leandersson (Eli), Per Ragnar (Håkan), Henrik Dahl (Erik), Karin Bergquist (Yvonne), Peter Carlberg (Lacke), Ika Nord (Virginia), Mikael Rahm (Jocke), Anders T. Peedu (Morgan), Pale Olofsson (Larry).
Guión: John Ajvide Lindqvist; basado en su novela.
Producción: John Nordling y Carl Molinder.
Música: Johan Söderqvist.
Fotografía: Hoyte Van Hoytema.
Montaje: Dino Jonsäter y Tomas Alfredson.
Diseño de producción: Eva Norén.
Vestuario: Maria Strid.
Estreno en Suecia: 24 Octubre 2008.
Estreno en España: 17 Abril 2009.

El pequeño vampiro
Aunque es inevitable clasificarla dentro del género del terror, Déjame entrar tiene más puntos en común con el drama romántico que con el miedo. Y aunque la historia ya se ha visto en una pantalla, la forma de contarla varía tanto que inyecta un soplo de aire fresco a un mundo, el de los vampiros, falto de buenas ideas.

Todo eso es lo que la convierte en una de las mejores películas del género de los últimos años. Y es que, a diferencia de otros relatos, éste se centra en Oskar, un chico de 12 años que sufre abusos escolares por parte de sus compañeros. Un día conoce a una niña que se acaba de mudar a su edificio. Ambos se acaban haciendo amigos a pesar de la reticencia inicial de ella. Pero su relación irá desvelando la verdadera naturaleza de Eli.

Es difícil destacar algún elemento por encima de otro. El director se vale de una puesta en escena sobria, fría y deprimente a la que ayuda un paisaje en constante estado de pureza. Algo que, por otro lado, contrasta con las violentas escenas en las que la niña deja libre su instinto de supervivencia y se comporta como un animal, manchando la omnipresente nieve pura con la sangre de sus víctimas. Y todo sin necesidad de presentar un solo colmillo afilado.

No hay que perder de vista que la película no busca en ningún momento una reinvención del género, aunque lo consigue. Tal vez por eso sea una película que acepte todo tipo de público. Y es que Tomas Alfredson presenta a unos vampiros que perciben su naturaleza como una maldición, que intentan ocultar su estado más salvaje. El romanticismo que acompaña a la criatura de Bram Stoker o a las historias de Anne Rice queda aquí aparcado a favor de una concepción más realista. Los vampiros buscan lo más parecido a un ataúd, en este caso una bañera. Aunque se enamoran, intentan por todos los medios apartarse de los seres queridos ante el miedo de perjudicarles.

        
Eso sí, no hay que engañar a nadie. La cadencia de la película es propia de su país de origen, lo que supone un agravante para gran parte de los espectadores de Europa occidental. Pero eso no debería ser un impedimento para disfrutar de esta historia romántica, trágica, fría. Para los seguidores más extremistas del terror, unas recomendaciones: la escena final en la piscina municipal, el destino de un improvisado cazavampiros y, por supuesto, saber por fin lo que le ocurre a un vampiro si entra sin invitación.

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