| Crímenes sin sustancia
A pesar de que El Código Da Vinci fue un éxito de taquilla, recibió tales críticas que sus responsables han intentado alejarse de la base literaria en esta ocasión. Desconozco si lo han logrado o no, pero el resultado es, en pocas palabras, entretenido pero vacío.
La trama comienza con un Robert Langdon (Hanks) que continúa su vida tras los acontecimientos que le llevaron a descubrir el gran secreto de la Iglesia católica. Poco antes, han ocurrido dos hechos sin aparente relación: la muerte del Papa y el robo de antimateria en el CERN. El secuestro de 4 prefereti obliga a la Iglesia a llamar a Langdon, quien con la ayuda de la Dra. Vetra (Zurer) que trabajaba en la antimateria debe descubrir dónde están antes de medianoche, o la ciudad del Vaticano será destruida por un “antiguo enemigo”: los Iluminati.
Si algo destacaba de El Código Da Vinci es que todo era un puzzle perfectamente armado para el deleite de la novela por fascículos más simplona. Y la película presentaba las mismas ventajas y defectos, con el aliciente de ver a un plantel de actores que quitaba la respiración.
En el caso que nos ocupa, la historia alcanza su máximo interés hasta que se descubre la mente criminal tras los asesinatos, algo que depende en gran medida de la pericia del espectador, porque la película es previsible como pocos thrillers consiguen serlo. Por tanto, una vez se conoce (o sospecha, que lo mismo da) esa identidad, poco interés presenta la cinta dirigida por Howard, salvo el observar incrédulo la cantidad de elementos ilógicos que se suceden.
Y es que resulta que las estatuas señalan el camino, las iglesias están relacionadas con los cuatro elementos, los religiosos se convierten en poco menos que superhéroes en un segundo, y el personaje de Langdon se pasea por Roma como Pedro por su casa, descifrando acertijos como quien deshace un nudo. Todo para que, al final, los malos no sean quienes son, algo similar al llamado efecto Shymalan de películas como El sexto sentido o El bosque.
No es que sea una mala propuesta para ir a las salas. Simplemente resulta insulsa, se olvida tan rápido como se ha producido (no olvidemos que la anterior película de su director fue Frost contra Nixon… hace menos de un año) y supone un divertimento sin más. El problema es que es un thriller, no una comedia romántica. |