. . Año V

   

Más que una industria, el cine es la gran fábrica de creación de fábulas y rumores. Muchos de ellos respaldan a las películas que acompañan, elevándolas a la categoría de mito. Por encima de los muchos films que han estado escoltados por un sinfín de polémicas, dimes y diretes sobresale “La semilla del diablo”, film que el próximo año cumple su cuarenta aniversario. Fue la primera película que Roman Polanski rodó en Estados Unidos, un film que empezaría a gestar su exitosa carrera en Hollywood, pero que cambiaría su vida para siempre. Como en el mito de Fausto, Polanski tuvo que pagar un elevado precio para obtener el éxito.

“La semilla del diablo” y su adopción por los satánicos

Cuando el 15 de junio de 1968 los medios de comunicación descubrían entre los asistentes a la premiére de La semilla del diablo a Anton Szandor LaVey, acompañado de su cohorte de satánicos seguidores, salía a la luz la estrecha colaboración que el conocido Papa Negro de San Francisco había mantenido con la producción del film y su amistad con el director Roman Polanski. LaVey, líder de la conocida Iglesia de Satán había sido asesor y supervisor de todo lo concerniente a las ceremonias y a la simbología esotérica del film, apareciendo incluso brevemente en la pesadillesca escena en la que Mia Farrow es poseída por Satán, para traer así a su hijo al mundo.

Muchos creyeron observar en esta asistencia de LaVey al estreno (así como de otras peculiares figuras como Michael A. Aquino, futuro fundador del Templo de Set), una estrategia comercial y publicitaria del magnate de la serie B hollywoodiense William Castle, productor del film y especialista en el uso de habituales e ingeniosos gimmicks, trucos publicitarios que servían para incitar a los medios a cubrir los estrenos de sus películas. Sin embargo, la presencia de LaVey era un fiel reflejo de la sociedad a la cual iba dirigido el film. Hacia finales de los años 60 el mundo de la cultura y el espectáculo era un hervidero filosófico y religioso. De una parte, la revolución de las drogas, con el psicodélico LSD en vanguardia, prometía la llegada de paraísos artificiales que expandirían la mente y el espíritu hasta las últimas fronteras del espacio interior. De otra, el resurgir del orientalismo, propiciado por los últimos estertores de la generación beat y la llegada de los herederos hippies, vivía un esplendor superior incluso al que ya conociera en las décadas de los 20 a los 40. Finalmente, la magia, la brujería, el vudú y el satanismo habían decidido salir también a la luz pública, amparándose en los aires de libertad de la época, que se vivía como una orgiástica celebración anticipada de la llegada de La Nueva Era y el declive de las viejas religiones occidentales. Las sectas y las iglesias más heterodoxas surgían en una sociedad que propiciaba y admitía un fenómeno cool de peculiar ética pero aceptable por su poder de transgresión ante el orden moral establecido.

Mucho se ha comentado sobre el gusto del director Roman Polanski por el esoterismo, la brujería y práctica por el estilo. Sin embargo en aquel momento, Polanski vivía un momento personal y profesional muy dulce, y su reputación aún no se había visto manchada por polémicas ulteriores. Sin embargo, la repercusión que tuvo Rosemary’s baby inició el descenso a los infiernos de Polanski. Una noche de enero de 1969, en el show de Johnny Carson, un asombrado Polanski explicaba a su entrevistador que La semilla del diablo había tenido serios problemas con la censura inglesa debido a que “[...] hay en Gran Bretaña un montón de brujería de este tipo ahora mismo”. Sin comerlo ni beberlo, el director polaco se encontró convertido en centro de una polémica religiosa sobre la muerte de Dios, el advenimiento del Anticristo y otras alucinaciones, y con su película ensalzada y tomada como bandera por LaVey y los satanistas, y como una insultante obra maligna por los cristianos más fanáticos. Como veremos más adelante, la vida de Polanski quedaría profundamente marcada por este hecho más adelante.

Un rodaje complicado

Ante el rechazo de Alfred Hitchcock a hacerse con los derechos de la novela homónima de Ira Levin que adapta la película, los dirigentes de la Paramount no dudaron en ofrecerle el encargo a Roman Polanski, quien parecía el hombre idóneo para dirigir la película. A Polanski, autor europeo de efervescente popularidad, le avalaba el éxito de sus anteriores películas (Repulsión, El cuchillo en el agua, Cul-de-Sac, etc). Pese a que el círculo que rodeaba al director polaco en Hollywood (formado por escritores como Kozinski, productores como Gene Gutowski y famosos como Warren Beatty, Yul Brinner, Tony Curtis o Peter Sellers) era de sobras conocido en Hollywood por su afición a las drogas, el alcohol, el sexo y las peculiares inclinaciones filosófico-religiosas, nadie se escandalizaba por algo que no era exclusivo del clan Polanski en Hollywood (y ni siquiera era exclusivo del mundo del cine), por lo nadie ponía en entredicho en aquel momento el prestigio de Roman, quien gozaba de la mejor época de su vida. Lo que, por otro lado, no les sucedía a todos los que intervenían en el rodaje de Rosemary’s baby.

Muchos pensaron que el director elegiría a su bella esposa Sharon Tate para encarnar el personaje protagonista del film. Sin embargo Polanski, tras analizarla en un cásting, se decantó por la televisiva Mia Farrow, cuya popularidad estaba en auge por su intervención en la exitosa novela catódica Peyton Place. La química entre ambos fue magnífica a lo largo de todo el rodaje, pese a las torturas made in hitchcock a las que el director sometía a su estrella. Sin embargo la vida privada de Farrow era un auténtico hervidero por su tormentoso matrimonio con Frank Sinatra, la voz. Los cónyuges no pasaban ni mucho menos por su mejor momento, y se comenta que el duro rodaje de La semilla del diablo, con sesiones hasta altas horas de la madrugada, fue la gota que colmó el vaso de su amor. Sinatra protagonizó numerosos escándalos durante la filmación del largometraje. En una ocasión se presentó a una de las sesiones completamente fuera de sí, dispuesto a llevarse a su esposa del set de rodaje. Sin embargo, la fortaleza y profesionalidad de Farrow en ningún momento se vio menguada por las intromisiones de su marido, quien se comenta que, por si fuese poco, propinaba soberanas palizas a su esposa en los pocos momentos que ambos coincidían en la vivienda conyugal. En un día de rodaje aparentemente normal, el abogado de Farrow aprovechaba un intermedio en la grabación para que su clienta firmara los papeles del divorcio. Ese día finalizaba el matrimonio Sinatra-Farrow, pese a lo cual la entereza de la actriz no se percibió afectada en ningún momento, hasta que Polanski descubrió a su estrella llorando desconsolada en su camerino.

Si la relación entre Polanski y Farrow fue totalmente apacible en todo momento, no se puede decir lo mismo de la que unió al director polaco con John Cassavettes, el actor que encarnó en el film al marido de Rosemary, Guy Woodhouse. Polanski no estuvo en ningún momento de acuerdo con la elección por parte de la productora de Cassavettes. Roman hubiera preferido a otros actores para el papel como a su amigo Warren Beatty, a Jack Nicholson o, sobre todo, a Robert Redford, quien estuvo muy cerca de interpretar el personaje de Guy, papel que rechazó por su leve protagonismo en el film (“¿y no podrías darme el papel de Rosemary?, dicen que le preguntó un divertido Redford a Polanski). Este rechazo inicial no fue más que el comienzo de una tormentosa relación entre ambos durante el rodaje. A Polanski no le parecía bien nada de lo que Cassavettes hacía frente a la cámara, y además aprovechaba cualquier ocasión para arremeter contra el cine del Cassavettes director (actualmente uno de los iconos del cine independiente norteamericano). Polanski decía de Cassavettes: “lo mejor que sabe hacer es interpretarse a sí mismo y lo bueno de eso es que hace a su personaje demasiado antipático, como es él en la vida real”, mientras que el actor definía a Polanski como “un cineasta genial pero una persona detestable”. Al parecer, Cassavettes tenía muchos problemas morales con la película en la que debía participar, la cual describía como “la película sin violencia más violenta de la historia del cine. Algo aberrante”.

Una vez finalizada la película, mientras Cassavettes intentaba olvidar la experiencia, Farrow cayó en una profunda crisis de identidad, producto de su ruptura matrimonial y del delicado papel que le había tocado interpretar en La semilla del diablo. La propia esencia del film (el triunfo del Diablo en un mundo moderno en el que Dios ha muerto) terminó por resquebrajar su fe católica y, como si tratara de huir no sólo del fracaso matrimonial, sino también de cualquier contaminación espiritual impura, procedente de la oscura fantasía que había interpretado con tanto éxito, emprendió una peregrinación a la India en el más genuino estilo hippie de la época, donde entabló contacto con el Maharishi Mahes Yogi, el Krishnamurti de las décadas de los 60 y 70.

Un edificio maldito y un film manchado de sangre

Sin duda los problemas, por otro lado típicos, del film durante su rodaje han contribuido a crear una cierta leyenda que, sin embargo, no sería comprensible si no valoráramos qué sucedió a posteriori. Muchas personas que intervenían en la película, y muchos elementos que en él aparecían, acabaron tocados por una maldición que todavía hoy estremece.

Es, por ejemplo, el caso del edifico Dakota de Los Ángeles, escenario real y hegemónico del film, cuyo nombre fue cambiado en la película por el de Edificio Bramford. Los títulos de crédito iniciales del largometraje ya muestran el edificio como algo extrañamente misterioso, una construcción arcaica que alcanza el cielo de una ciudad moderna y cosmopolita. El Bramford, en el film, poco tiene que ver con el resto de edificios que lo rodean. Esta escena inicial, a parte de darnos mucha información sobre el papel que ejercerá la vivienda de los Woodhouse sobre la trama, resulta una macabra predicción de lo que, años más tarde sucedería en el edificio.

El edificio Dakota es un popular inmueble por ser escenario de insólitos y tétricos sucesos tras sus paredes: más de una decena de personas se suicidaron en sus habitáculos. Artistas de vida tumultuosa como Judy Garland, Boris Karloff, Leonard Bernstein o Lauren Bacall también sufrieron la inestabilidad cuando vivían en este edificio del que se dice que es uno de los vértices de fuerzas maléficas reconocidos en todo el mundo. Por si fuera poco, el Dakota pasaría a la posteridad por ser la residencia de John Lennon, a cuyas puertas fue asesinado por Mark Chapman, un desequilibrado fan en busca de un poco de protagonismo.

Otro de los damnificados por la maldición de Rosemary’s baby fue el prometedor compositor de la música del film Krzystof Komeda, quien murió cinco meses después de estrenarse la película en un extraño accidente mientras esquiaba. En el recuerdo queda la aterradora nana compuesta por Komeda y interpretada por Mia Farrow que abre y cierra el film y que supone el legado más memorable de la obra del compositor de origen polaco.

Pero sin duda quien sufrió de manera más directa el influjo del film en su vida fue su director, Roman Polanski. Ya hemos comentado la relación de Polanski con sectas y grupos satánicos. Pues bien, tan sólo un año después del estreno de la película, la hermosa actriz y esposa de Polanski, Sharon Tate, fue asesinada junto a unos amigos en su casa de Cielo Drive en California, de la manera más atroz, cruel, despiadada y violenta que recuerda la historia negra de Hollywood. La orgía de sangre fue obra de Charlie Tex Watson, acompañado de Patricia Krenwinkel, Leslie Van Houten y Susan Atkins bajo las órdenes del líder Charles Manson, unos desequilibrados satánicos que marcaron la trágica leyenda de Polanski. Para colmo de males, el director sería acusado poco después de abuso sexual a una menor, acto que le mantiene alejado de los Estados Unidos hasta nuestros días.


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