Esperaba este momento desde hacía dos años: el
estreno en salas comerciales (otra vez) de Blade
Runner, el viernes 16 de noviembre y sólo
durante una semana, con motivo del 25º aniversario de la
película. Se trata del montaje final (de ahí el
subtítulo: “The final cut”),
que incluye escenas inéditas (pocas) y otras remasterizadas
y remontadas. En fin, Ridley Scott, puliendo,
por fin, las rebabas del diamante que no le dejaron perfeccionar.
Ustedes, lectores, estarán pensando (o no) que están
ante un reportaje de otro fanático “freak”
de la película, que sabe el monólogo final de
Roy Batty en todos los idiomas (incluido el
esperanto) y que hará cola el día 11 de diciembre
para comprarse el pack completo edición especial en dvd
con todas las versiones y diversos juguetitos más de
la película. Lo cierto es que, hasta el día 21
de noviembre, yo no había visto Blade Runner ni una sola
vez a pesar de mis casi veintiún años, salvo algunos
fragmentos de la película que en toda revista o programa
de cine te ponen cada cierto tiempo, como el ya citado monólogo
(¡Gracias Antonio Gasset!). En efecto, me negué
a ver la película si no era en una sala de cine. ¿El
motivo? Algo parecido a una apuesta que, por supuesto, he ganado.
Pero será mejor que me remonte a dos años atrás.
El día 3 octubre de dos
mil cinco tenía lugar un eclipse solar y yo empezaba Comunicación
Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid. Dos sucesos
extraños e históricos para la Humanidad. En la fila
de delante a donde yo estaba sentado, había entre otros
estudiantes, uno que me llamó la atención porque
mientras atendía, dibujaba. Pasó una semana hasta
que le pude conocer, con motivo de formar unos grupos para unas
“prácticas” (cualquiera
que haya estudiado mi carrera en la misma facultad que yo sabrá
por qué uso las comillas para designar a las “prácticas”).
Ése fue el principio de una hermosa amistad. Por alguna
razón que ninguno de los dos alcanzamos a comprender, nos
caímos bien. Y desde entonces nos soportamos mutuamente.
Este amigo mío me invitó a pasar unos días,
meses después de conocernos, en su casa en el País
Vasco (resultaba que era de Bilbao). Allí, junto a su familia,
durante una conversación sobre películas, él
dijo una frase lapidaria: “Para mí hay
dos tipos de personas: las que les gusta Blade Runner y las que
no”. En ese momento miré a mi amigo
a los ojos: “Naiel, es que yo…”.
A mi amigo se le transmutó el rostro en una mueca de dolor:
“No me digas que no te gusta Blade Runner”.
Era un momento de gran tensión, nuestra amistad peligraba
como nunca antes. “No es eso. Es que no la he
visto. ¿Dónde se supone entonces que estoy yo? ¿En
el limbo?”. “¡¿Qué
no la has visto?! ¡Eso es todavía peor!”
Creo que es el momento de decir que mi amigo, como buen aspirante
a director de cine, es muy peliculero. Yo, por el contrario, soy
más bien novelesco. Supongo que ya se habrán dado
cuenta de que mi amigo sí es un “friqui”
fan de Blade Runner, de esos que te saben recitar el monólogo
en español, inglés y francés (pero no en
esperanto… creo). Por supuesto, yo no me iba a amilanar,
así que puse a Dios por testigo de que la primera vez que
viera Blade Runner sería en un cine y en mejores condiciones
y con mejor calidad que ninguna de las veces que él la
hubiera visto. Y como un monje dominico cumplí mi promesa,
porque sabía que el estreno iba a ser tarde o temprano.
La mayoría de los que me lean pensarán que soy un
gilipollas por prometer semejante cosa. Después de ver
la película, debo decir que yo también lo pienso.
Pero cómo gocé ese día minutos antes de ver
el film, recordándole todo esto a mi amigo. Porque, no
se engañen, si esperé dos años fue nada más
que para joderle. Cosas de nuestra amistad: nos fastidiamos mutuamente
y en vez de odiarnos nos queremos más.
Y por fin vi la película. (¡ALELUYA!) Y me sorprendió,
pues sabía menos de lo que imaginaba. Y me emocionó.
Y me gustó.
Los Angeles, noviembre de 2019. Rick Deckard es un semiretirado
blade runner -un agente de un cuerpo especial de la policía-
cuya misión es encontrar y “retirar”
(es decir, destruir) a unos replicantes fugitivos que se encuentran
en la Tierra. Estos replicantes son seres fruto de la ingeniería
genética a los cuales se les ha asignado las labores
más peligrosas y degradantes en colonias extraterrestres.
Los modelos más avanzados –los Nexus 6, producto
de la Tyrell Corporation- son semejantes a los humanos, pero
son más ágiles y fuertes y, sobre todo, carecen
de emociones. Su presencia en la Tierra es peligrosa, pues fueron
declarados ilegales tras tener lugar un sangriento motín.
El agente Deckard emprende su investigación sin sospechar
que le conducirá al fondo mismo de su existencia.
Me sorprendió porque yo esperaba ver una buena película
de acción, pero no sabía de su estructura típica
del cine negro, encuadrada en un futuro desolador y tecnificado.
Tampoco la imaginaba tan profunda, tan filosófica, tan
existencialista, sin dejar de ser entretenida. Esperaba su famoso
despliegue visual en lo que a ambientación se refiere:
esa alabada estética ciber-punk, deudora de la también
mítica Metrópolis de Fritz Lang, del cuadro Nighthawks
del estadounidense Edward Hopper donde una serie de solitarios
personajes se refugia en un bar durante una noche salpicada
por la colorista luz de los neones; y más que ninguno
por los cómics de Moëbius, fácilmente reconocible
en esas laberínticas y oscuras ciudades verticales formadas
por rascacielos que sostienen pantallas gigantescas con motivos
asiáticos (debido a la creencia en los ochenta de que
Japón suplantaría a Estados Unidos como primera
potencia económica) surcadas por coches voladores que
se internan entre una niebla tóxica y la omnipresente
lluvia. Ciudades contaminadas y multiculturales, masificadas
y peligrosas. Ya no es ciencia-ficción, es la vida real.
Porque Blade Runner se adelantó en plantear temas y preocupaciones
de plena vigencia en este siglo XXI.
En esta película nada es superfluo, cada detalle es
revelador, lo que exige más de un visionado, para captar
el significado completo del film. Así, la ambientación
futurista no es una mera excusa para el derroche visual, sino
que está al servicio del trasfondo filosófico
de la trama. La película hace que nos planteemos nuestra
existencia (¿qué somos?, ¿de dónde
venimos?, ¿a dónde vamos?) al igual que lo hace
el personaje de Rick Deckard (sin duda, la mejor interpretación
de Harrison Ford, cuya inexpresividad adusta y contradictoria
le acerca a los grandes detectives del género negro)
y así como también lo hacen los replicantes. Son
éstos, paradójicamente, “más
humanos que los humanos”, como reza el lema
de la empresa que los crea. Pues los replicantes, producto de
un dios humano y por definición imperfecto, no aceptan
su finitud de cuatro años implícita en el hecho
mismo de su existencia. Temen a la muerte y buscan inútilmente,
una razón a su existencia, para enfrentarse finalmente
ante un demiurgo que no cumple sus expectativas. Toda esta complicada
amalgama de sentimientos universales toma forma en la figura
del líder replicante Roy Batty,
magníficamente interpretada por Rutger Hauer, cuya carrera
se ha visto marcada de forma irremediable por este personaje,
trasunto de la Humanidad. Este actor realizó importantes
aportaciones a la película: se presentó al rodaje,
por propia iniciativa, con el pelo blanco; por tanto, la estética
de su personaje es creación suya. Y no sólo eso,
el famoso monólogo final, una de las escenas más
conmovedoras y famosas de la Historia del cine, es también
obra suya. Este monólogo no desmerece en absoluto del
cine del mejor Bergman, como tampoco lo hace la violenta escena
del beso entre Deckard y Rachael (una jovencísima Sean
Young que nunca ha estado más guapa, en el papel de mujer
fatal con estética de pin–up futurista), la cual
sienta las bases de su extraña relación. Un miembro
del equipo de la película dijo que la tensión
entre los dos actores era tal que en vez de una escena de amor
parecía que rodaban una violación. Esta fuerte
carga dramática fue otro elemento innovador en el cine
de ciencia-ficción y que desorientó a los críticos
tanto como el ritmo pausado impropio de una película
de acción.
En efecto, la crítica se mostró dividida y fueron
muchos los que no la apreciaron positivamente. Para muestra,
un botón:
"Una historieta pretenciosa (...) el edulcoramiento de
la vulgar peripecia del protagonista y la confusión con
que está rodada convierte en monótono cartón-piedra
lo que quizá estuviera concebido como estrella de la
película (...) Blade Runner más parece en ocasiones
un spot televisivo que una película hecha seriamente.
Debería costar menos la entrada. (...) fueron escasos
los críticos que no supieron apreciar la dificultad que
tiene Scott para narrar con sencillez una historieta tan simple."
(Diego Galán: Diario El País, 2 de Febrero de
1983)
La carencia de comprensión que sufrió la película
se debe a su apabullante personalidad, difícil de digerir.
Tal inconveniente provocó su fracaso en la taquilla norteamericana,
pero logró un gran éxito en el resto del mundo
(incluidos tres premios BAFTA, incluido el de mejor película)
y el status inmediato de película de culto, hasta tal
punto que es la película más citada del siglo
XX. Esto se debe en gran parte a sus archiconocidas frases y
a la banda sonora de Vangelis, nominada al Globo de Oro.
Esta nueva versión, “definitiva” según
su director, aporta poco a la versión de 1992, que sí
realizó importantes cambios como la eliminación
de la voz en off, la desaparición de la última
escena sacada del metraje de El resplandor para forzar un final
feliz impuesto por los productores en la versión original
de 1982; y, sobre todo, la inclusión de la escena onírica
del unicornio, que enlaza con la figurita de origami que el
blade runner Gaff le deja en el apartamento de Deckard, haciéndole
(y haciéndonos) saber que en realidad es un replicante
con recuerdos implantados. (Si le he fastidiado el final a alguien,
¡haber visto la película antes, que ya es hora!)
En definitiva, este montaje final aporta una calidad mejorada
de la imagen y el sonido, pues se ha aprovechado de los nuevos
avances en la materia. La escena más comentada que se
incluye es una donde aparecen unas bailarinas semidesnudas con
máscaras orientales. Asimismo se corrigieron algunos
errores de racord, como el color del cielo por el que vuela
la paloma liberada tras el monólogo, ya que esas secuencias
se rodaron en momentos diferentes.
Para concluir, decir que Phillip K. Dick (escritor del libro
de 1968 en el que se basa la película: ¿Sueñan
los androides con ovejas eléctricas?- el título
de Blade Runner para la película fue sacado del título
de otro libro de ciencia-ficción de William S. Burroughs-)
realizó una de sus últimas predicciones al vaticinar
tras un pase de cuarenta minutos (murió antes de que
se estrenara el film) que Blade Runner cambiaría la manera
de ver las películas. Tanto es así, que muchos,
después de verla, tememos soñar con unicornios.
Dedicado a mi amigo Naiel Ibarrola, que tuvo que conformarse
con ver Blade Runner, por primera vez, en vídeo.