Como viene siendo habitual en los últimos años,
se ha celebrado estos días en Madrid el Festival de Cine
Alemán. Y, como todos los años, el festival ha
cerrado su ciclo con una experiencia totalmente sobrecogedora
para cualquier cinéfilo: la proyección de una
película muda, alemana claro está, con música
en directo, al estilo de la época en que se estrenó.
Para celebrar la décima edición, este año
el festival ha elegido Metrópolis,
posiblemente la mejor obra de Fritz Lang y,
desde luego, la que más repercusión e influencia
ha tenido.
Estrenada originalmente en 1927, Metrópolis no sólo
sorprende por lo bien que ha envejecido, sino por los conceptos
narrativos y visuales de los que hace gala; elementos que, por
otro lado, aún hoy se utilizan en proyectos de bajo presupuesto.
Esto no hace sino demostrar la genialidad de un director responsable
de otras obras maestras del cine mudo como son El
Dr. Mabuse, Los Nibelungos o Las Tres Luces.
De todo su cine, que también incluye películas
sonoras como Los Sobornados o Encubridora, posiblemente la película
que aquí nos ocupa sea la que más influencia ha
tenido en la trayectoria del cine posterior. En la memoria quedan
ese momento impagable en el que el hombre-máquina se
levanta, con un diseño que a muchos nos conecta con el
C3-PO de George Lucas; o ese final en lo alto de una iglesia
que Tim Burton rescató para su Batman.
Pero el genio de Lang no se limita sólo a los aspectos
técnicos. La genialidad de una historia creada por su
mujer Thea Von Harbou aparece magnificada por
los impresionantes planos y fuerza narrativa de las secuencias.
Es inolvidable la secuencia de la máquina M o las del
hombre-máquina generando el caos en una ciudad idílica
donde los hombre ricos viven sin preocupaciones gracias al esfuerzo
de unos trabajadores (clases sociales separadas físicamente
por el suelo).
La concepción de la ciudad de Metrópolis ha
sido estudiada por todo tipo de ciencias, desde la arquitectura
hasta la sociología, y tomando de su contexto mundial
elementos como la Revolución Rusa o la expansión
hacia el cielo de una ciudad cosmopolita como es Nueva York.
Así, los decorados creados por Otto Hunte, Erich
Kettelhut y Kart Vollbrecht se revelan como un personaje
más. Un personaje que muestra su suntuosidad y magnificencia
en los amplios planos de una ciudad en la que conviven humanos
y máquinas, coches y aviones, altos edificios y caserones
medievales. Una ciudad que inspiró, entre otros, a Ridley
Scott cuando ideó la ciudad de Blade Runner.
Esta película, por tanto, se convierte en una obra
de culto, posiblemente la mejor película de la historia
(algo muy subjetivo, es cierto), y sin lugar a dudas una obra
de referencia para cualquier aficionado o profesional del cine.
Fue la primera película incluida en el Registro de la
Memoria del Mundo, compuesto por obras seleccionadas por la
UNESCO en reconocimiento a sus valores artísticos y humanos.
Y es que, tras todo esa deslumbrante visión del futuro,
se halla una historia tan clásica como moderna. La historia
de un joven rico que, guiado por su amor a una muchacha del
mundo de los obreros, se acaba convirtiendo en el eslabón
que permite unir a los dirigentes con los dirigidos. Como dice
la frase de la película: “La mente
y los músculos deben estar unidos por el corazón”.