. . Año VI

   
Metrópolis: la obra maestra de un genio
Miguel Ángel Hernáez Hernández

Como viene siendo habitual en los últimos años, se ha celebrado estos días en Madrid el Festival de Cine Alemán. Y, como todos los años, el festival ha cerrado su ciclo con una experiencia totalmente sobrecogedora para cualquier cinéfilo: la proyección de una película muda, alemana claro está, con música en directo, al estilo de la época en que se estrenó. Para celebrar la décima edición, este año el festival ha elegido Metrópolis, posiblemente la mejor obra de Fritz Lang y, desde luego, la que más repercusión e influencia ha tenido.

Estrenada originalmente en 1927, Metrópolis no sólo sorprende por lo bien que ha envejecido, sino por los conceptos narrativos y visuales de los que hace gala; elementos que, por otro lado, aún hoy se utilizan en proyectos de bajo presupuesto. Esto no hace sino demostrar la genialidad de un director responsable de otras obras maestras del cine mudo como son El Dr. Mabuse, Los Nibelungos o Las Tres Luces.

De todo su cine, que también incluye películas sonoras como Los Sobornados o Encubridora, posiblemente la película que aquí nos ocupa sea la que más influencia ha tenido en la trayectoria del cine posterior. En la memoria quedan ese momento impagable en el que el hombre-máquina se levanta, con un diseño que a muchos nos conecta con el C3-PO de George Lucas; o ese final en lo alto de una iglesia que Tim Burton rescató para su Batman.

Pero el genio de Lang no se limita sólo a los aspectos técnicos. La genialidad de una historia creada por su mujer Thea Von Harbou aparece magnificada por los impresionantes planos y fuerza narrativa de las secuencias. Es inolvidable la secuencia de la máquina M o las del hombre-máquina generando el caos en una ciudad idílica donde los hombre ricos viven sin preocupaciones gracias al esfuerzo de unos trabajadores (clases sociales separadas físicamente por el suelo).

La concepción de la ciudad de Metrópolis ha sido estudiada por todo tipo de ciencias, desde la arquitectura hasta la sociología, y tomando de su contexto mundial elementos como la Revolución Rusa o la expansión hacia el cielo de una ciudad cosmopolita como es Nueva York. Así, los decorados creados por Otto Hunte, Erich Kettelhut y Kart Vollbrecht se revelan como un personaje más. Un personaje que muestra su suntuosidad y magnificencia en los amplios planos de una ciudad en la que conviven humanos y máquinas, coches y aviones, altos edificios y caserones medievales. Una ciudad que inspiró, entre otros, a Ridley Scott cuando ideó la ciudad de Blade Runner.

Esta película, por tanto, se convierte en una obra de culto, posiblemente la mejor película de la historia (algo muy subjetivo, es cierto), y sin lugar a dudas una obra de referencia para cualquier aficionado o profesional del cine. Fue la primera película incluida en el Registro de la Memoria del Mundo, compuesto por obras seleccionadas por la UNESCO en reconocimiento a sus valores artísticos y humanos.

Y es que, tras todo esa deslumbrante visión del futuro, se halla una historia tan clásica como moderna. La historia de un joven rico que, guiado por su amor a una muchacha del mundo de los obreros, se acaba convirtiendo en el eslabón que permite unir a los dirigentes con los dirigidos. Como dice la frase de la película: “La mente y los músculos deben estar unidos por el corazón”.


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