. . Año VII

De Papas y abortos
Belén GÓMEZ ACEBO

Releyendo este invierno una vieja obra de teatro, Martín Lutero, del autor Ricardo López Aranda, les he puesto rostro a algunos de los personajes que en ella actúan. Los inquisidores de la fe, los delegados papales enviados a Alemania a cobrar las bulas para conseguir el dinero con  el que levantar la basílica de San Pedro en Roma... De fondo resuenan los gritos de gentes del pueblo que están siendo torturadas para conseguir que confiesen sus pecados.

Cuando hablan aquellos papas Clemente VII, León X, el padre Teztel, les veo con las caras de Rouco, de Ratzinger, de Martínez Camino; se me han vuelto terriblemente actuales. Y me estremezco.

Como aquéllos, éstos también piensan que no pueden equivocarse, que son infalibles, y aspiran a gobernarnos a todos, a través de gobernar las conciencias . El ansia de poder que tienen es tan fuerte, que, mas que dinero quieren sentirse poderosos a través de gobernar nuestros pensamientos y nuestro espíritu.

A este propósito traigo a Martín Lutero, porque este hombre se enfrentó a toda la autoridad religiosa y política de la época, para reclamar para los hombres algo por lo que en  la época luchaban muchos otros, la libertad de pensar. Si Galileo o  Giordano Bruno, por poner sólo dos ejemplos, lo hacían en el campo de la ciencia, Lutero trataba de conseguir que los hombres pudieran leer e interpretar libremente la Biblia y pudieran relacionarse con Dios sin intermediarios, porque el acto de suprema libertad es poder conformar   la propia conciencia, y actuar de acuerdo a ella. No es extraño que los poderes religioso y político se le echaran encima, porque socavaba los cimientos de sus poderes. Fue excomulgado; pero le siguieron millones de cristianos.

A lo largo de la historia, el Papa y la Iglesia, entendida como Jerarquía, han cambiado múltiples veces de opinión. Lo dice también Lutero cuando Papa y Emperador comienzan a pensar en convocar un Concilio; “¿para qué, si en ellos se ha ido negando hoy lo que decía el de ayer?” Rechaza Lutero en uno de sus parlamentos.

Hace pocas semanas vino un legado papal , no a vender bulas,  como en aquel tiempo, sino a pedir subvenciones, que es la forma moderna de sacarnos el dinero a todos, tanto católicos como no católicos. Se lo piden al Gobierno que es el administrador del Estado, es decir de todos los ciudadanos, católicos, ateos, musulmanes... Y el Gobierno parece no darse cuenta de que nunca quedarán satisfechos, y  va y les concede el aumento de  subvenciones que solicitan.

La sonrisa que los jefes de la Conferencia Episcopal mostraban en la foto de despedida al legado, dejaba claro que tramaban algo: y no han tardado en montar una campaña que se despliega por carreteras y calles de España contra la nueva Ley de regulación del aborto. Los carteles, costeados presumiblemente con ese dinero, inducen a pensar en el infanticidio, y son tan manipuladores que resultan  no sólo ofensivos e insultantes sino obscenos.

Algunos pensarán que la Iglesia siempre ha considerado el aborto el peor de los pecados, y no es así. Durante mucho tiempo sólo era condenable como  pecado sexual, no como homicidio, y se encontraba muy por debajo de otros grandes pecados como el de simonía; pero además el aborto sólo era considerado pecado a partir de cierto grado de gestación; para Tomás de Aquino hasta los cuarenta días  no podía considerarse un ser humano, es decir, un conjunto de cuerpo y alma, pues no sería sino hasta esa fecha que Dios insuflaba el alma.

También hoy día muchos teólogos  admiten el aborto, dentro de los plazos generalmente admitidos.

Los conocimientos que nos brinda la Ciencia deben ser la guía para construir el juicio moral. Es la Ciencia la que nos permite distinguir entre un conjunto de células, que pueden llegar a ser un hombre o una mujer, y el hombre y la mujer, sujetos de derechos y deberes. Definir cuando empiezan a tener derechos es cuestión de la ciencia jurídica apoyada en la biología y la genética.

Pero la Iglesia habla de animación, es decir, de que el cuerpo recibe el alma, -anima en latín- , y hasta tiempos del Papa Pío IX  no empezaron a pensar que eso sucedía en el mismo momento de la concepción, y cuando por tanto pasaron a considerar el aborto  un infanticidio en todos los casos.

También fue en la época de este Papa cuando se promulgó la infalibilidad de los Papas en determinadas circunstancias; pero ocurre que el tema que nos ocupa no ha sido promulgado como verdad infalible, por lo que no resulta mas que una opinión, que eso sí,  es hoy la dominante en el seno de la jerarquía católica, de la cual es jefe supremo Benedicto XVI, antes llamado Ratzinger.

Y pensando en esa infalibilidad que se otorgaron a sí mismos los Papas, me viene a la memoria la historia del príncipe de los ángeles, el ángel de la luz, Luzbel, que sintiéndose tan perfecto quiso ser como Dios, y éste le condenó por ese pecado de soberbia y le mandó a presidir los infiernos. Porque ya desde el principio se ve que los hombres (o Dios?) han considerado muy peligrosa la soberbia.

Y pues la opinión de Ratzinger no es mas que la opinión dominante, pero no la única dentro de la Iglesia, conviene que todos lo sepamos, porque no pasaría nada, la elaboración de la ley seguiría su curso, como ha sucedido en muchos otros países si no hubiera ahora otro poder similar al que apoyó a Roma contra Lutero, el del Emperador Carlos, que salvadas las distancias, es hoy el Partido Popular; pues sin este “brazo armado” de la Iglesia, de verdad que no me tomaría tan en serio a los Roucos y Ratzingers.

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