Camilo Torres
Restrepo
Juan DIEGO GARCÍA
Hace cuarenta años
cayó combatiendo en las cercanías de Patio
Cemento, una pequeña aldea perdida en la selva
colombiana, uno de los representantes más destacados
de la Teología de la Liberación, el sacerdote
católico Camilo Torres Restrepo.
Hacía poco tiempo había ingresado en la
guerrilla después de una destacada vida académica
y de su irrupción fulgurante en la política
nacional como líder del Frente Unido del Pueblo,
desde el cual llamó a la lucha popular contra
el injusto orden social del país.
Camilo no solo era sacerdote.
Había estudiado sociología en Lovaina
y era profesor en la Universidad Nacional además
de ser guía espiritual de los estudiantes (era
su párroco, en un país entonces muy católico).
Fue además destacado investigador y asesoró
programas como la frustrada Reforma Agraria y otros
similares. Su trabajo teórico y su compromiso
práctico lo llevaron a la convicción de
que en Colombia el cambio
social era imposible por las vías pacíficas.
Por eso ingresó a la guerrilla.
Como hijo de una familia
relativamente acomodada, Camilo Torres recibió
una educación sólida y gozó de
todas las facilidades que garantizaba su condición
de feliz niño pequeño burgués.
Solo tardíamente optó por la vocación
religiosa pero conservando siempre la independencia
intelectual de su padre- un médico anticlerical
muy destacado- y el espíritu indomable de su
madre, una mujer excepcional que sostuvo su causa hasta
el final de sus días.
Camilo fue sin duda,
fruto de los aires nuevos
que por entonces removían las estructuras tradicionales
de la Iglesia Católica. No es una coincidencia
que hubiese estudiado precisamente en Lovaina, uno de
los centros de pensamiento teológico más
avanzado del catolicismo. Si en Europa los “curas
obreros” enviados a las fábricas
y a las barriadas populares para contrarrestar la influencia
comunista terminan muchos de ellos descubriendo que
no había incompatibilidades entre la palabra
de Jesús y las doctrinas revolucionarias
de Carlos Marx, en América Latina
los curas que se inspiran en la Teología de la
Liberación llegan a conclusiones similares.
No será extraño
entonces que tanto en Europa como en América
Latina estos sacerdotes sean objeto de represión
interna por parte de una Iglesia oficial en plena contrarreforma
y comprometida con el capitalismo. En Europa serán
objeto de aislamiento, ostracismo y hasta de la misma
expulsión de la Iglesia; en Latinoamérica
ocurre otro tanto, sufriendo además la represión
de los gobiernos dictatoriales y hasta la muerte a manos
de los militares o de las fuerzas oscuras del paramilitarismo,
que de consuno, asesinan a decenas de sacerdotes y monjas
y persiguen con saña a las llamadas Comunidades
de Base que congregan a una feligresía
pobre y necesitada del cambio social. Una transformación
social que las democracias de papel de este continente
prometen siempre y jamás realizan.
Como era natural, este
movimiento rebelde no puede sustraerse a las condiciones
generales de violencia que caracterizan Colombia a lo
largo de su historia. Aunque la clase dirigente se vanagloria
de la naturaleza civilista de sus instituciones aduciendo
que aquí solo ha
habido un golpe militar en todo el siglo pasado
(Rojas Pinilla 1953-1957) lo cierto
es que su sistema político resulta cerrado y
excluyente y en la época de Camilo, lo era de
forma mucho más aguda: regía entonces
en el país el Frente Nacional, un acuerdo entre
las diversas facciones de la clase dirigente para distribuir
el botín burocrático del Estado a partes
iguales entre los partidos tradicionales (la conocida
como “paridad”)
y turnarse durante dos décadas en la presidencia,
con independencia de los resultados electorales y con
exclusión de cualquier otra fuerza política
(la alternación). La consigna de la oposición
popular según la cual “paridad
y alternación son dictadura”
no podía ser más acertada pues denunciaba
una democracia formal que funcionaba en los hechos como
una dictadura civil.
No es de extrañar
pues que en estas condiciones y enraizado en las viejas
tradiciones guerreras de un país en conflicto
bélico permanente desde su Independencia de España
en 1819, el movimiento de protesta pacífica de
Camilo Torres terminara por unirse a las guerrillas
del ELN.
Hoy, buena parte de la
izquierda de entonces no suscribe el camino guerrillero,
apostando generosamente por el sistema democrático
burgués. Todos, eso sí, coinciden en señalar
que la denuncia de Camilo estaba más que justificada
en un país caracterizado por la desigualdad,
la pobreza, la explotación y la
ausencia de un proyecto nacional autónomo.
Un país que de entonces a hoy y a pesar de los
cambios inevitables que trae consigo casi medio siglo,
no presenta un panorama social muy diferente. De otras
maneras pero con igual dureza Colombia sigue siendo
uno de los lugares más desiguales del planeta,
la pobreza afecta a más del 60% de sus habitantes,
ha perdido más de tres millones de trabajadores
cualificados por la emigración al mundo metropolitano,
tiene más de tres millones de campesinos desplazados
por las bandas del paramilitarismo, alcanza niveles
de miseria cercanos al 20% de sus habitantes y soporta
una clase dirigente indolente y fatua, carente de todo
sentimiento nacional, “agringada”
en extremo y atrincherada tras un sistema político
excluyente y violento.
Hoy la izquierda legal
apuesta en Colombia por las vías parlamentaria
con la esperanza de que la democracia formal permita
las reformas que el país necesita; la izquierda
armada, por su parte, tampoco desea la guerra. A diferencia
del resto del continente persiste aquí un movimiento
guerrillero de dimensiones tales que no
es posible ni prudente pensar en los cambios sociales
y políticos sin buscar un entendimiento generoso
con los insurrectos. La fórmula
de Uribe Vélez, apostando por
la salida militar del conflicto ha sido un fracaso y
hasta sus más fieles partidarios saben que tarde
o temprano tendrán que sentarse a negociar con
los levantados en armas. Además, tanto el ELN
como las FARC proponen salidas pacíficas del
conflicto armado, coincidiendo en este propósito
con la izquierda legal y hasta con sectores lúcidos
de la misma clase dirigente.
Cuarenta años
después de la muerte de Camilo Torres, el país
sigue padeciendo por la incapacidad de una clase dirigente
que no ha logrado eliminar las condiciones sociales
y políticas que impulsaron a aquel sacerdote
idealista a llevar su vocación de entrega hasta
las últimas consecuencias. Además, la
actual política de guerra sin cuartel a la insurgencia
y terror paramilitar contra la oposición no hace
más que alimentar las peores tendencias del sistema
político colombiano.
Sin duda, la mayor responsabilidad
de todo recae en la clase dirigente. Ellos han retenido
todo, propiedad y poder, y deben responder por el desangre
casi interminable de un país amable que no merece
la clase dirigente que tiene. Si en los años
60, por ejemplo, se hubiera realizado la tibia reforma
agraria que impulsó el liberal Lleras
Restrepo, en lugar de promover desde el Estado
la represión generalizada contra el movimiento
campesino, es casi seguro que hoy no habría movimiento
guerrillero, ni tantos –como Camilo- se hubieran
visto impulsados a empuñar las armas de la insurgencia.
Camilo
es ya un patrimonio de todos como ejemplo de honestidad
intelectual y consecuencia personal.
Para los cristianos, en particular, el cura guerrillero
colombiano será siempre un símbolo de
la entrega a la causa de los más débiles,
la causa de los humildes, de esos que las Bienaventuranzas
consagran como los que legítimamente heredarán
la tierra.