cantabriaconfidencial.com  
En libertad

Palestina como símbolo
Juan DIEGO GARCÍA

Israel y las potencias occidentales pueden considerar que su estrategia en relación a Palestina ha sido un éxito. En efecto, han conseguido casi todos sus objetivos, menos uno: someter a los palestinos, que era precisamente la finalidad principal de un operativo político y militar que comienza con la creación misma del estado de Israel. Si, muchos objetivos se han conseguido pero han fallado en el principal de ellos.

En efecto, los palestinos han logrado resistir a una de las maquinarias bélicas más poderosa del planeta. Aunque nunca han conseguido tener una fuerza armada propia que consiga doblegar al ejército sionista, de una forma u otra el agresor se ha visto sometido a la impotencia ocupando el territorio pero sin poder controlarlo. De hecho, dentro de Israel mantienen a los árabes y otras minorías en una especie de Apartheid; se han tenido que retirar del sur de Líbano sin conseguir doblegar la resistencia de Hezbolá ni la resistencia de los refugiados palestinos, perdiendo soldados, recursos y sobre todo, prestigio. Después han abandonado Gaza, dejando tras de sí una enorme destrucción pero deteriorando aún más la imagen de estado democrático con el que Israel intenta convencer a la opinión pública mundial y sin lograr someter a los palestinos. Ahora, se proponen hacer lo mismo en Cisjordania, con resultados similares.

Sin duda, los costes para el pueblo palestino han sido enormes. Miles de muertes, hogares arrasados, millones de refugiados, casi todas sus bases económicas destruidas, los recursos del agua contaminados intencionadamente, las infraestructuras dinamitadas, en fin, que la política de “tierra arrasada” de Israel ha sido aplicada de una manera tan ordenada y sistemática que solo recuerda las tácticas del ejército nazi en el este de Europa. ¡Cómo evocan las imágenes de Gaza y Cisjordania aquellas del ghetto de Varsovia!.

En medio de las ruinas, el hambre y la desolación física los palestinos resisten. Nadie se explica cómo, pero ellos y ellas siguen allí, resistiendo.

También puede considerarse un éxito de Israel y las potencias capitalistas que los gobiernos árabes apenas hayan dado muestras reales de solidaridad con el pueblo palestino. Fuera de pequeñas ayudas materiales, en realidad los países árabes actúan siempre sin arriesgar sus vínculos básicos con Occidente, que de todas maneras es la fuente principal de su misma supervivencia. Sin el apoyo occidental, la mayoría de estas satrapías árabes habrían sido engullidas hace tiempo por el descontento popular. Por contradictorio que parezca, Estados Unidos y sus aliados han preferido siempre a estos sátrapas que a los movimientos laicos y democráticos, mucho más cercanos al ideal de las sociedades occidentales. Hasta ahora, la estrategia ha sido fructífera, pero el precio muy alto. La alternativa real a los gobiernos corruptos aliados de Occidente es el fundamentalismo islámico, o en todo caso, gobiernos nacionalistas que no estarían dispuestos a entregar el recurso petrolero a precio de ganga. Y más importante aún, la causa palestina está profundamente arraigada entre la población de estos países islámicos, identificando sus propias reivindicaciones con la solución del problema palestino. El mundo árabe es una bomba de tiempo y Occidente aparece como el enemigo principal.

Israel y sus aliados han tenido también mucho éxito en demoler sistemáticamente las bases mismas de la existencia del pueblo palestino. Talleres dinamitados, olivares talados, huertas arrasadas y negocios cerrados, además de la criminal demolición de las viviendas (al tiempo que nunca han cesado de construir nuevas colonias judías) son las medidas con las cuales se busca dejar sin sustento material la existencia de un pueblo. De hecho, en los planes sionistas a los palestinos se les asigna un “estado” sin continuidad física, sin soberanía sobre tierra, mar y aire, sin fuerzas armadas, sin control de sus relaciones exteriores y, en todo caso, con una policía títere que mantenga el orden que impongan los sionistas. Y su economía será la que determinen los ocupantes. Seguramente, servir de reserva de mano de obra barata para la economía israelí.

Pero toda esta estrategia de destrucción no ha conseguido doblegar a los palestinos. Inclusive, las más recientes medidas de Israel y Occidente, buscando doblegar al gobierno legítimo de Hamás llevarán a muchos palestinos a plantearse la utilidad de los acuerdos de Oslo, el reconocimiento del estado de Israel sin contrapartida alguna, el mantenimiento de una Autoridad Nacional Palestina que ni siquiera puede cobrar impuestos ni explotar libremente los pocos recursos de que dispone (el mar, por ejemplo) y que solo puede aspirar a convertirse en una administración títere de los ocupantes.

La mayor victoria de Israel y las potencias occidentales ha sido, sin duda, conseguir que la OPL reconociese al estado sionista. Pero haciendo un balance objetivo, los palestinos pueden llegar a pensar que si han logrado superar tanto obstáculo y han hecho tantos sacrificios para conseguir tal “estado”, mejor es que el ocupante siga siendo ocupante y asuma todas las responsabilidades y también todos los riesgos.

Los estrategas del sionismo y sus aliados occidentales cantan victoria. Y tienen razones para ello, solo que olvidan un detalle: los palestinos siguen allí y continúan resistiendo. Palestina es un símbolo que inspira a otros que, como los habitantes de Faluya, saben que siempre es posible volver a comenzar su resistencia desde las ruinas que dejan los bombardeos, los aviones sin piloto, los cercos y los asedios.

La resistencia popular, esta vez en forma de intifada, ha demostrado ser más poderosa que toda la tecnología junta. Existe además un factor que los estrategas del sionismo olvidan. Cuando los soldados de Israel que ejecutan el genocidio hagan conciencia del papel indigno que se les asigna, Israel y sus aliados habrán perdido la guerra que creen ganada. A la resistencia de los agredidos se sumará la resistencia de sus propias tropas.

La estrategia de “destrucción total del medio físico” es ciertamente un complemento del genocidio. No es una táctica nueva pero los sionistas la han perfeccionado mucho. Hoy, su tecnología sofisticada para el crimen, sus sistemas de limpieza étnica, de asesinato “selectivo” (que no por selectivos deja de ser asesinatos) y de manipulación extrema de la propaganda (ellos son víctimas, los palestinos, “terroristas”) son el primer producto de exportación del que un día se presentó como la tierra prometida para un pueblo perseguido. ¡Qué lejos están los días en que cualquiera identificaba a este pueblo con figuras estelares de la ciencia, la filosofía y el arte!. Hoy Israel solo evoca las escenas de la agresión, la injusticia, la prepotencia y el racismo. Por fortuna, cada día son más los ciudadanos de Israel que no desean que se les identifique de esta manera. Esa es también otra de las grandes derrotas de la estrategia bélica del sionismo y sus aliados. Probablemente la mayor: su incapacidad para extirpar la necesaria cuota de dignidad personal que necesita cualquier palestino o cualquier judío para seguir sintiéndose un ser humano.