Uribe
Juan
DIEGO GARCÍA
Cuando el presidente
Uribe Vélez se acerca al ecuador de su mandato
el diagnóstico de la situación actual, y sobre
todo las perspectivas del futuro inmediato no parecen justificar
el tono triunfalista de las declaraciones oficiales.
El actual modelo
económico librecambista que he ido reemplazando paulatinamente
la anterior estrategia de moderado proteccionismo ha dado
ciertamente resultados muy positivos para algunos
grupos económicos minoritarios pero con
un coste social muy grande: ha aumentado las diferencias
sociales, ha incrementado la desigualdad
económica y a los grupos tradicionales de la pobreza
se agregan hoy amplios sectores de las llamadas clases
medias. El modelo neoliberal en boga permite sanear
las cuentas públicas pero al ciudadano de a pié
las cuentas no le salen. Es más, las estadísticas
destacan hoy un aumento alarmante de los cuadros de miseria
ya no solo en los campos sino en los mismos centros urbanos
y se ha vuelto normal que millones de personas emigren a
las metrópolis a buscarse el sustento. Lo que ayer
era un flujo de trabajadores hoy es un drama
humano considerable.
Un tratado de
libre comercio con los Estados Unidos no va a solucionar
los problemas estructurales de la economía colombiana.
Es más, muchos analistas sostienen que dadas las
debilidades del tejido productivo nacional la economía
colombiana no sólo resultará impotente
para competir con las mercancías extranjeras que
van a invadir el país sino que los productos colombianos
supuestamente competitivos en el mercado exterior apenas
si van a resistir la competencia con los productos asiáticos,
infinitamente más baratos.
La anunciada
recuperación económica mundial no acaba de
producirse y, en todo caso, cuando esta ocurra los posibles
efectos beneficiosos para la economía colombiana
solo se notarán tarde, si acaso al final del mandato
de Uribe.
El panorama
político tampoco deja mucho margen al optimismo.
El proyecto de cambiar la Constitución para permitir
la reelección del presidente encuentra muchos rechazos
y evoca recientes experiencias negativas en América
Latina. La idea de ver convertido al presidente en un nuevo
Fujimori se menciona con insistencia. A todo ello
contribuye sin duda la atmósfera de intolerancia
y tensión creada por la nueva derecha
uribista. El talante autoritario del presidente
contribuye bastante a alimentar fundados temores. Sus medidas
de seguridad democrática despiertan incertidumbres
y rechazos, en particular el Estatuto Antiterrorista que
ha sido denunciado dentro y fuera del país como algo
impropio de una democracia.
Las voces contrarias
a la reelección provienen de sectores sociales, políticos
y económicos muy dispares y su debate ha postergado
otras reformas que en su día el propio Uribe Vélez
destacó como inaplazables. La reelección
responde más a las necesidades
políticas del actual mandatario que a
la urgencia de reformar el sistema electoral colombiano.
Es un cambio ad hoc que antes que la eficiencia y continuidad
de una buena labor gubernamental busca asegurar el largo
reinado de la nueva derecha que Uribe encarna tan bien.
Uribe tendría así dos mandatos; le podría
suceder luego el vicepresidente quien puede optar a su vez
a su propia reelección....y así sucesivamente.
Esta forma de dictadura civil encubierta no es nueva en
el país. Ya funcionó por décadas con
el Frente Nacional que reservó el poder (a todos
sus niveles) para los dos partidos tradicionales excluyendo
a cualquier fuerza nueva o de oposición. Para conseguir
el cambio constitucional (la reelección está
prohibida) Uribe practica el más descarado clientelismo
repartiendo cargos y prebendas entre los parlamentarios
que tienen que tomar la decisión. Todo lo contrario
de la lucha contra las prácticas corruptas que tanto
prometió en su campaña electoral.
El entusiasmo
popular que ha acompañado a este adalid
de la nueva derecha parece empezar a declinar
y ya no son pocos los que dudan de unas encuestas de opinión
que le otorgan márgenes de apoyo sospechosamente
altos mientras en la calle se percibe descontento y frustración.
La actitud cada vez más frecuente del gobierno descalificando
a todo el que no comparta sus tesis, o peor aún,
criminalizando las protestas sociales como expresiones del
terrorismo o la guerrilla, no hace más que poner
de relieve el clima de nerviosismo que ya empieza a notarse
en las filas de la nueva derecha.
l panorama internacional
tampoco parece muy propicio a Uribe Vélez. La derrota
clamorosa de Aznar dejó al gobernante colombiano
sin su principal valedor en Europa y sus recientes visitas
al Viejo Continente no han producido los frutos esperados
así la propaganda oficial trate de convencer a la
opinión pública de lo contrario. Un par de
infortunados incidentes en el Parlamento Europeo y en la
estación de trenes de Atocha en Madrid
han alimentado la imagen de Uribe Vélez como la de
un hombre autoritario. La violación de derechos humanos
que está lejos de disminuir en el gobierno de Uribe
y el recorte de libertades que aumenta con su política
de seguridad democrática convierten a
Colombia en el mejor de los casos en una democracia
autoritaria cuando no en una dictadura civil a juzgar
por sus graves niveles de inseguridad y esa atmósfera
de guerra y de cuartel que se percibe en todo el país.
Si, como parece
cada vez más probable, Bush pierde las elecciones
en noviembre, el presidente colombiano estará aún
más aislado y solo que nunca frente a una corriente
latinoamericana de gobiernos que van en direcciones opuestas.
La torpeza en el manejo de las relaciones con Venezuela
no ha podido ser mayor. La compra al parecer frustrada de
armamento pesado a España, el apoyo al efímero
gobierno golpista de Carmona y la presencia activa de paramilitares
colombianos en Venezuela dan pié para pensar que
Colombia se presta a estrategias de desestabilización
regional en armonía con los intereses de Washington.
Los asuntos
de la guerra interna no van bien. Ni
contra la guerrilla (que se mantiene); ni
contra el narcotráfico (que aumenta);
ni contra las AUC (paramilitares).
Terminado el Plan Colombia y gastados más de dos
mil millones de dólares el balance es ciertamente
pobre. Las empresas de armas de los Estados Unidos han hecho
un buen negocio y los mercenarios estadounidenses han consumido
buena parte de la ayuda, pero a Colombia le
queda un beneficio muy dudoso: miles de hectáreas
fumigadas con productos tóxicos cuyo uso está
expresamente prohibido en los mismos Estados Unidos; muertos
por centenares; millones de desplazados (se contabilizan
ya casi tres millones); un gasto enorme tanto del presupuesto
público como de los fondos privados (para mantener
a los grupos paramilitares) y unas fuerzas insurgentes que
están muy lejos de haber sido derrotadas. Hoy es
ya una evidencia que el Plan Colombia nunca se diseñó
como una estrategia contra el tráfico de narcóticos
sino como parte de la guerra contra los insurgentes izquierdistas
(FARC y ELN). Algunos analistas se resisten inclusive a
creer que las fuerzas guerrilleras estén debilitadas.
Simplemente, como era de esperar, los guerrilleros se han
replegado ante la ofensiva más grande que se conozca
en la historia militar del país. Pero sus fuerzas
parecen intactas y solo es cuestión de tiempo que
pasen a la contraofensiva.
Uribe Vélez
se equivoca si cree realmente que se enfrenta a grupos de
bandidos y traficantes de drogas. Tampoco parece creíble
entender a estos insurrectos como terroristas
(equivocación que comparte la Unión Europa).
Con simplificaciones similares solo se dificulta asumir
el problema en sus verdaderas dimensiones. El Plan Patriota
(un título muy a la moda en las operaciones estadounidenses)
es ahora la continuación del Plan Colombia y supone
un nuevo y masivo empeño de resolver el conflicto
colombiano por medio de la guerra.
Miles de soldados
y más de mil asesores del Pentágono
y de empresas privadas (los modernos mercenarios) se lanzan
sobre las zonas selváticas en un intento de aniquilar
la retaguardia del movimiento guerrillero. Nada parece indicar
que este plan vaya a tener mejor fortuna que los anteriores,
pero su fracaso podría ser la tumba política
del triunfalista proyecto gubernamental. Entonces sería
posible volver a la mesa de conversaciones y tratar de encontrar
una solución civilizada.
El proyecto
de pacificación de las bandas paramilitares (se afirma
que más de veinte mil hombres) ha puesto igualmente
de manifiesto la debilidad del gobierno. En un proceso rocambolesco
los paramilitares están a punto de conseguir todas
sus exigencias: impunidad efectiva para sus crímenes
de guerra, no extradición a los Estados Unidos (sus
jefes tienen allí cargos por tráfico de narcóticos)
y, sobre todo, conservación de las propiedades mal
habidas (tierras, ganados, aperos agrícolas y otros
bienes) que nunca retornarán a sus verdaderos dueños.
De hecho, las actividades de los paramilitares no se han
detenido en absoluto y la idea es utilizarlos legalmente
como soldados campesinos, soplones a sueldo o en proyecto
de reforma agraria (corredores sanitarios para
aislar a la guerrilla). Parece ser que los reinsertados,
más que verdaderos paras son simples
delincuentes comunes o gentes desarraigadas que se reclutan
para dar la imagen de que las políticas gubernamentales
están teniendo éxito.
No faltaban
razones al destacado sacerdote e investigador jesuita (el
padre Giraldo) cuando en reciente visita a
Madrid señalaba que las políticas de Uribe
antes que devolver a los paramilitares al seno de la sociedad
estaban consiguiendo era lo contrario: paramilitarizar
al país.
Frustrados por
los escasos resultados del plan de paz del anterior gobierno
los votantes se decantaron mayoritariamente por Uribe Vélez
en el convencimiento de que la mano dura arreglaría
las cosas. Pero no hay que olvidar que solo votó
un poco más del 40% del censo electoral, así
que el actual mandatario, si acaso, ha sido elegido por
uno de cada cuatro votantes potenciales. La mayoría
de los ciudadanos (a pesar de lo que digan las encuestas)
o no se ha pronunciado o lo ha hecho en contra de la salida
militar del conflicto. Quienes votaron contra Uribe, quienes
no votaron (casi el 60% del electorado) e inclusive muchos
de los que le dieron su voto, ante la corrupción
que se mantiene, el clientelismo que florece, las desigualdades
que se profundizan y la guerra que no se gana pueden estar
llegando al convencimiento de que lo último que el
país necesita es más violencia. Si esto es
así, la continuidad del proyecto uribista estaría
en entredicho y una mayoría suficiente de colombianos
y colombianas podría apostar por nuevos rumbos para
el país.