China
Juan
DIEGO GARCÍA
Para la suerte inmediata del mundo,
más importante
que el actual debate de la Organización de Naciones
Unidas es la reunión
del Comité Central
del partido Comunista Chino que se
ha realizado esta semana en Pekin.
Y es así precisamente
porque los rumbos del coloso asiático tienen una
trascendencia mayor en la suerte de esta organización
que los buenos deseos del Plan contra el hambre que patrocina
Lula o las iniciativas de
cambio en los órganos de dirección de la
ONU para que respondan más a la
actual correlación
de fuerzas en el planeta.
El plan de
guerra al hambre se
quedará como otra
de esas iniciativas bien intencionadas que la Organización
vota cada cierto tiempo luego de dedicarles un día
al año y de escuchar solemnes y vacíos discursos
que todos asumen de antemano como puras declaraciones retóricas.
No será el primer plan contra este flagelo ni será seguramente
el último. Mientras tanto –y esto si es seguro-
aumentará el hambre en muchas áreas de la
tierra al tiempo que se acrecentará la riqueza de
los que ya son ricas, si una revolución universal
no lo remedia.
El debate sobre una nueva forma de organizar
el poder dentro de las NN.UU. es mucho más realista
pero no porque vaya a introducir la democracia en la Organización
sino porque, necesariamente, tarde o temprano la nueva
correlación de fuerzas terminará por imponerse.
China
es probablemente el factor más novedoso en
el panorama mundial y es, sin duda, la única
nación
que en estos momentos (y por los próximos años)
está en posibilidades reales de contrarrestar la
hegemonía estadounidense.
China ya está entre
las seis mayores potencias económicas
del mundo y a juzgar por sus ritmos de crecimiento se supone
que en 25 años igualará a los Estados Unidos
(no en su nivel de consumo, pero ¡ni falta que hace!)
Con tasas de crecimiento del PIB que casi llegan al 10%
anual desde hace más de una década, su peso
específico en la economía mundial es evidente.
Su consumo creciente de petróleo y gas es uno de
los factores que explican el actual nivel del precio del
crudo. Su demanda apenas si se puede satisfacer planteando
un escenario de competencia feroz por estos productos que
afectará a todos: en primer lugar a los países
ricos, y como consecuencia de ello, al resto del mundo.
Igual
ha ocurrido con el precio de la soja. El aumento de su
consumo en China ha disparado los precios y está al
borde de crear escasez del grano en el mercado.
La migración
de millones de campesinos a los centros urbanos refleja
una apuesta por la industria en términos
masivos, al punto de poner en peligro la venta de ciertas
manufacturas de los países periféricos en
los mercados metropolitanos. Los
Estados Unidos están
inundados de productos de la industria ligera china (¡y
sin tratados de libre comercio!). Nada hace pensar que
este fenómeno vaya a cambiar en el futuro.
China
apuesta por un desarrollo a gran escala de las energías
renovables; emprende obras de infraestructura monumentales
como la represa de Las Tres
Gargantas que por sus dimensiones
apenas puede ser comparada con la Gran Muralla. Su dinamismo
contrasta con la inestabilidad y las crisis de la economía
de Occidente.
China se desarrolla en todos los órdenes
de suerte que no puede afirmarse que sea simplemente “la
gran maquila del planeta” (que puede serlo por su
población
de más de 1000 millones de habitantes) pues junto
a las industrias tradicionales está avanzando a
pasos de gigante (como todo en este país) en las
nuevas tecnologías y los productos más avanzados.
Ya han ingresado en la carrera espacial y son una potencia
en telecomunicaciones poniendo en órbita sus propios
satélites al tiempo que ofrecen este servicio a
otros países.
Pero no es solo en el campo económico.
La pujanza económica del país tiene su correspondencia
necesaria en un poder político indudable. Así Occidente
se empeñe en buscar supuestas rencillas palaciegas
y debilidades terribles que amenazarían al Imperio
del Medio lo cierto es que existe gran estabilidad en su
dirección política, reforzada tras este Pleno
del Comité Central del PCCH que ha afianzado la
influencia de Hu Jintao, un joven de 62
años que
representa la nueva generación de dirigentes. Una
generación que ya no hizo la Revolución con
Mao pero que parece seguir los pasos del
Gran Timonel en dos cosas decisivas: un enorme sentido
práctico
que les lleva a no dejarse seducir por dogma alguno (sobre
todo si proviene de los “diablos extranjeros”)
y un sentimiento nacional muy arraigado que hace del comunismo
chino algo muy propio.
Su poder real se ha manifiesta en
muchas formas y va desde derribar un avión espía
estadounidense que sobrevolaba su territorio, devolviéndole
a los gringos el aparato trozado en pedazos, hasta convertirse
en factor
central en el conflicto con Corea
del Norte; desde el rechazo
frontal a las pretensiones del FMI que intentó vanamente
imponer sus políticas macroeconómicas (Se
decidieron por otras políticas, con plena autonomía
y con enorme éxito) hasta mantener sus apuestas
tecnológicas y sus políticas de población
por encima de toda presión externa.
Observadores
perspicaces de la experiencia rusa, ni han aceptado fórmulas
económicas de los llamados
organismos económicos internacionales (que en realidad
responden a los intereses de los mayores países
capitalistas) ni menos aún se han lanzado a aventuras
suicidas imitando los sistemas democráticos de Occidente. “Nunca
copiaremos de forma ciega el sistema político de
Occidente” ha dicho Hu
Jintao. Vieja tradición:
Despacharon al asesor ruso que Stalin había enviado
para “orientarles”. Luego del fracaso en el
levantamiento obrero de Shanghai y aún contradiciendo
la ortodoxia del marxismo tradicional Mao apostó por
las masas campesinas como columna vertebral de la revolución
comunista china.
El discurso de Hu Jintao pone las cosas
en su sitio. Llama a la alianza a rusos y europeos y les
propone un nuevo
equilibrio mundial que frene “el imperialismo de
los Estados Unidos” y consiga “un auténtico
mundo multilateral”. Él sabe lo que dice y
tiene el poder económico, político y militar
que se requiere para hacer tales afirmaciones.
Si China es aún un país socialista y mantiene
su apuesta por un futuro en el comunismo, o si por el contrario
está dejando de serlo, es una cuestión adecuada
para el debate sobre la naturaleza de la sociedad china.
Pero, comunista o no, este país ya es una gran potencia
y lo será aún más en el futuro.
Por supuesto que el coloso chino tiene sus debilidades.
Ocurre en las mejores familias. Pero sería una ingenuidad
imperdonable desconocer el poder actual y el potencial
futuro de China. Los rusos y los europeos estarán
a esta hora analizando cada frase del discurso de Hu Jintao,
por la cuenta que les tiene.
Para los países
pobres del Tercer Mundo el asunto es de primera importancia. Si
China logra rehacer unos
ciertos equilibrios mundiales y meter en cintura a los
gringos limitando su arrogancia y su poder, los países
débiles pueden conseguir un mayor margen de autonomía
para defender sus intereses nacionales.
Fidel Castro así lo
ha entendido y sus vínculos
con China son cada día mayores (aunque no parece
estar en sintonía con sus reformas económicas
y políticas). Hugo Chavez irá pronto
a China para hacer más estrechos los vínculos
de Venezuela con el gigante asiático. Mucho le va
en ello: si los estadounidenses cometen el error de hacer
con Venezuela lo que hicieron con Cuba, Chávez tendría
en China un seguro comprador de todo su petróleo.
Una
empresa china es hoy responsable del manejo técnico
del canal de Panamá. También
podrían
hacerse cargo de su ampliación.
Las alianzas con
este nuevo poder mundial, en la medida en que contribuyen
a crear un mundo más equilibrado
deberían preocupar no sólo a Rusia,
la UE y Japón. En realidad son tan o más
importantes para los países de la periferia del
planeta.