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En libertad

Israel
Juan DIEGO GARCÍA

El estado de Israel parece empeñado en convertirse en uno de los ejemplos más acabados de los instrumentos de dominación mundial del imperio estadounidense y por extensión de la ultra derecha y el fundamentalismo a nivel mundial.

Si Chile es el ejemplo con el cual se pretende confirmar las supuestas bondades del modelo económico neoliberal aplicado a un país de la periferia del sistema, Israel se ha convertido en el mejor caso de la aplicación de las estrategias militares agresivas que acompañan este proyecto de dominación mundial.

Desde su mismo origen el país parece haber estado predestinado para cumplir esa misión. Desde sus comienzos Israel se ha entendido como una especie de nación-ejército no porque –como aduce la propaganda sionista- los vecinos árabes le han sido hostiles desde el comienzo sino porque si un estado se establece sobre un territorio arrebatado a sus ocupantes originales (los palestinos) es por demás esperable que éstos reaccionen con toda legitimidad en defensa de lo propio. Quien va a comprar lleva dinero; quien va a un festejo se acompaña de regalos y presentes; quien va a robar se asegura con armas y bagajes, no sea que el agredido reaccione. Israel, acusando a los palestinos por los hechos de violencia actúa como el ladrón que huye calle abajo y grita “al ladrón!”, con la clara intención de despistar a sus perseguidores.

El movimiento sionista, además de ser un propósito político y una ideología, devino rápidamente en una organización paramilitar que practicó el terrorismo contra las autoridades coloniales británicas y contra los legítimos ocupantes de Palestina. Las tierras de Israel no fueron compradas. Tampoco se las cedieron graciosamente sus ocupantes de entonces. Una parte le fue otorgada por Naciones Unidas en 1948. ¿con qué argumento legal? ¿acaso porque dios, “en su infinita misericordia” les otorgó Palestina a perpetuidad según afirma la Biblia?. En la posguerra casi no había estados árabes; tampoco existían muchos de los actuales estados asiáticos. Casi todos eran colonias europeas y los estados latinoamericanos eran poco menos que colonias yankees. Otra parte de la tierra la toma Israel en diversas guerras de agresión o defensa (según se mire) del resto de Palestina o de sus vecinos árabes.

Para los gobiernos de Europa era la solución ideal del problema judío, una colectividad incómoda, rechazada por no pocos en el viejo continente y acreedora de una gratificación suficiente después de un Holocausto en el cual demasiados fueron cómplices. El Vaticano, por ejemplo, apenas si tuvo palabras de condena contra el fascismo, en medio de la satisfacción general de burgueses y pequeño burgueses por la “limpieza” de comunistas, sindicalistas e intelectuales incómodos que llevaron a cabo los regímenes nazis. Por su parte, para los Estados Unidos Israel se convertía en pieza clave en el nuevo ajedrez mundial en razón de sus necesidades estratégicas de petróleo y de control territorial frente al desafío que significaba la presencia soviética. Sin embargo, no hay que olvidar que en los mismos Estados Unidos el sentimiento contra los judíos era amplio entre sectores muy importantes de su clase dirigente no menos que entre colectivos significativos ligados a la derecha más tradicional, el racismo (KKK) y eso que se denomina “la América profunda”. Los judíos fueron blanco preferido de estos grupos por su supuesta o real militancia socialista o comunista y hasta por motivos raciales de inspiración nazi. La manifiesta simpatía de grandes empresarios estadounidenses por Adolf Hitler (Henry Ford por ejemplo) y la propagación entusiasta de las ideas nazis en Estados Unidos es bien conocida.

Como creación interesada de Occidente Israel se asocia desde su nacimiento a la idea de un ente belicoso. No podía ser de otra manera para un estado creado artificialmente con designios de control imperial y colonial, así la imagen que se ofreció siempre estuviese ligada más bien al sentimiento de solidaridad y compasión que despertó la persecución nazi contra los judíos y a la idea aparentemente inofensiva y bondadosa de dar un territorio a quienes no lo tenían y comprensiblemente tampoco deseaban seguir viviendo entre sus verdugos.

El espectáculo que presenciamos hoy no es entonces algo caído del cielo o nacido de la espontaneidad de un destino malhadado. Tampoco es el resultado de algunos errores de la dirección política de Israel o una especie de dura necesidad impuesta por las circunstancias pero ajena al propósito bondadoso de su pueblo o de sus gobernantes. Si algo está ausente de todo este proceso es precisamente el azar.

Israel ha sido creado por Occidente con propósitos muy claros. Y sus habitantes y sus dirigentes comparten la idea básica de esta creación; sus diferencias son apenas de matices. Los más duros e intransigentes siguen soñando con “el gran Israel” que vaya desde el Nilo hasta las fronteras con Irán, desde Damasco al Mar Rojo. Los más moderados aceptan sí que exista un estado palestino en una parte de lo que va quedando bajo la administración de la Autoridad Nacional Palestina, sin autonomía real, sometido al protectorado sionista y condenado a subsistir como bantustanes amurallados, como islotes de miseria, sin continuidad territorial en un una especie de mosaico incongruente. Para los primeros la solución ideal sería expulsar a los palestinos y a otras minorías (beduinos, por ejemplo) a los países vecinos; para los segundos, sería mejor dejarles allí como mano de obra barata, convertidos en una especie de modernos esclavos, habitantes de un nuevo Soweto, en una reedición del apartheid sudafricano. Esta política, compartida por la inmensa mayoría de los israelíes es ya, en si misma, una refinada expresión de violencia y de negación de derechos humanos elementales.

Como en una maldición bíblica todo parece signado por la violencia en Israel; desde su nacimiento como estado el país parece condenado a sobrevivir solamente si puede ejercer la violencia sobre los palestinos y sobre el resto del mundo árabe. Por supuesto que también puede contar con la complicidad de los regímenes corruptos de los países árabes, pero aún así no puede fiarse porque sabe a ciencia cierta que estos países son verdaderas bombas de tiempo que pueden hacer explosión en cualquier momento.

La imagen de una familia judía (creyente o no) que tiene que reunirse en el hogar sin prescindir jamás de la fría y dura presencia de las armas al alcance de la mano es el mejor retrato de una sociedad nacida de la violencia y condenada a ser violenta y agresiva.

Israel es presentado por los medios de comunicación como una sociedad de tipo occidental y modelo de democracia en medio del mar proceloso de los regímenes árabes que se asocian a tiranía, fundamentalismo y pobreza. Lo segundo puede ser cierto en buena medida; lo primero es muy dudoso. En efecto, las leyes de Israel reconocen de hecho la ciudadanía plena solamente a los judíos. Los palestinos que viven allí, así como otras etnias y grupos –que pueden constituir una cuarta parte de su población- tienen derechos muy limitados y las últimas leyes raciales (dificultando o prohibiendo los matrimonios mixtos, entre judíos y los demás) parecen calcadas de aquellas siniestras disposiciones de las autoridades nazis que buscaban “la pureza de la raza”.

No todos los judíos son iguales, por supuesto, ni todos los judíos son millonarios como sostiene el tópico. Israel es una sociedad de clases como otra cualquiera. Además, tampoco todos los judíos se consideran de la misma “tribu”. De hecho el país se asemeja mucho a un cuadro abigarrado de baldosas, según el origen de sus inmigrantes. No son pocas las diferencias sociales entre ellos ni son escasas las discriminaciones que refuerzan la estratificación de clase con elementos “étnicos”.

Por supuesto que hay judíos razonables que desean vivir en paz con sus vecinos. Pero desafortunadamente parecen constituir una inmensa minoría. Un ejercicio colectivo de memoria selectiva acerca de su propio pasado acentúa algunos factores del holocausto pero inhibe el análisis sobre las verdaderas razones del totalitarismo, el racismo y la xenofobia. De ser así, los judíos de Israel tendrían que preguntarse si lo que hacen hoy con los palestinos no es, básicamente, lo mismo que ellos sufrieron en el pasado. Por supuesto sería una exageración comparar las cifras de víctimas en uno u otro caso. Sin embargo, para la cuestión que interesa –la inspiración ética de un propósito cualquiera- la solución no viene dada en términos cuantitativos.

Es una temeridad aventurar la solución de este conflicto. Pero una cosa si está clara: toda la simpatía y solidaridad que el pueblo judío había conseguido de la humanidad entera ante la persecución nazi a la que fueron sometidos se diluye con rapidez y en su lugar se desenvuelve una sensación, primero de estupor ante las cosas que a diario nos traen sobre el asunto los medios de comunicación, y luego de rabia contenida antes los crímenes, la arrogancia y la prepotencia de Israel. La más reciente de estas noticias, esa operación de “penitencia” a que han sometido los campos de refugiados de Gaza y que se salda con más de cien muertos de los cuales al menos treinta son menores de edad. El caso más dramático, el de la escolar de once años tiroteada por la soldadesca sionista mientras va a la escuela y rematada en el suelo, a tiros de pistola, por un oficial israelí, exculpado oportunamente por sus superiores.

En uno de esos episodios que le reconcilian a uno con la vida, han sido dos soldados, dos sencillos muchachos del ejército de Israel los mismos que han denunciado este crimen al diario de mayor difusión en el país. Igual que ocurrió con las torturas en Irak, su denuncia se debe a soldados y familiares de éstos, gentes que no han perdido la dignidad y nos permiten mantener la ilusión en la condición humana con independencia de su origen nacional.

Los unos, por ahora minoritarios, siembran las semillas de la esperanza; los otros, “están sembrando las semillas de su propia destrucción”. En reciente noticia se informa sobre el hallazgo del diario de una joven judía (otro caso similar al de Ana Frank”): “Helga Deen, una adolescente holandesa de 18 años asesinada con sus padres y hermano por los nazis en el campo de concentración polaco de Sibidor, se ha convertido en la más reciente cronista del Holocausto” (El País, Madrid-20.10.04). Un 2 de julio ella escribía…”Todos los días vemos la libertad tras el alambre de espinos que nos encierra”. Paradojas de la vida, cualquier adolescente palestina podría hoy escribir lo mismo en su encierro siniestro del campo de refugiados de Gaza o Cisjordania.