cantabriaconfidencial.com  
En libertad

La ley de justicia y paz
por Juan Diego García

La ley de Justicia y Paz que acaba de aprobar el parlamento colombiano es objeto de fundadas objeciones por parte de grupos defensores de los derechos humanos que consideran a esta norma alejada de todo principio de justicia y la comparan con un acto de impunidad. No hay justicia si los agredidos no van a recibir compensaciones reales y los agresores –acusados de todo tipo de delitos atroces- van a satisfacer sus escasas condenas en cómodas haciendas de su propiedad.

Quienes conocen el funcionamiento de la justicia colombiana objetan que 60 días para juzgar más de diez mil casos, con poco personal y medios inadecuados convertirá la aplicación de la ley en una nueva burla de un sistema legal con más del 90% de impunidad y con un elevado número de casos que simplemente no se denuncian. La poca o ninguna consecuencia por ocultar delitos en la autoinculpación de los “paras” tampoco contribuye a disipar las dudas de quienes ven en esta ley un esperpento jurídico de difícil encaje no solo en la ley nacional sino en los principios mismos del derecho internacional. Cuando es evidente que muchos delitos (robo de tierras, secuestros y sobre todo narcotráfico) no se han cometido con la finalidad de sostener económicamente la causa supuestamente política de los paramilitares sino para enriquecer a sus autores es muy difícil aceptar su homologación al delito político. No hay inspiración altruista alguna: se trata de delincuentes comunes y corrientes que han cometido delitos horribles. A nadie sorprende ya que “capos” destacados del narcotráfico hayan comprado la condición de paramilitar para acogerse a esta ley, legalizar sus bienes mal habidos y escapar a la acción de la justicia. En la mesa de negociaciones de El Ralito ha sido muy difícil distinguir “paras” de “narcos” y éstos de aquellos.

El argumento principal contra esta ley es que ni trae la paz ni promueve la justicia. No promueve la justicia porque las condenas que purgarán los agresores o son simbólicas o son tan pequeñas que constituyen una nueva ofensa a los afectados por el paramilitarismo: tres millones y medio de desplazados, miles de exilados, miles de muertos, perseguidos, amenazados o despojados de sus pertenencias. Un país entero sometido al terror durante décadas tiene que aceptar que las huestes paramilitares se vean absueltas de sus crímenes, teniendo además que soportar que los “paras” se presenten ahora como víctimas en lugar de verdugos. En estas condiciones está claro que la Ley de Justicia y Paz no aporta nada en un proceso de reconciliación nacional; por el contrario, ahonda las heridas.

Tampoco promueve la paz puesto que el paramilitarismo no desaparece en realidad. El proyecto ultraderechista sigue en pié y es hoy mas activo que nunca. Su entrega de armas es más simbólica que efectiva; muchos de sus componentes pasan ahora a hacer el mismo trabajo de siempre, solo que esta vez legalmente como “auxiliares” de la justicia (es decir delatores pagados), “soldados campesinos” que trabajan en los proyectos agroindustriales desarrollados en las tierras arrebatadas a los campesinos, o sencillamente como agentes de la “limpieza social” realizada en las barriadas pobres de las ciudades con el mismo objetivo de siempre: restar apoyos a la guerrilla, acallar toda oposición al gobierno (así sea muy tibia) y asegurar la reelección de Uribe Vélez en 2006. Ya trabajan abiertamente como los más entusiastas promotores de su campaña electoral.

Si no trae la paz ni fomenta la justicia, ¿para qué sirve?

  1. Para exculpar directamente a los verdaderos autores y en primer lugar al propio gobierno colombiano que ha sido desde siempre el principal responsable por acción u omisión. Por acción, pues fue desde las mismas esferas gubernamentales – y a instancias de los asesores gringos - que se conformaron grupos paramilitares inicialmente para ayudar a las fuerzas armadas a combatir la insurrección comunista. Por omisión porque luego, cuando el monstruo escapó de su control y fue oficialmente prohibido continuó funcionando sin mayores problemas. La tolerancia oficial no fue, como se alega, fruto de la indisciplina de algunos militares y funcionarios públicos sino resultado de toda una política de dejar discretamente a estos matones a sueldo las tareas sucias, las operaciones ilegales y la violación de las propias leyes del estado colombiano. De matar comunistas los paramilitares pasaron a eliminar jueces, periodistas, líderes sindicales y estudiantiles, sacerdotes y monjas, defensores de derechos humanos, en síntesis, todo aquel que en su opinión “hiciera el juego a la guerrilla”. El paramilitarismo nunca remitió realmente y el Estado actuó como si no existiera o con una benevolencia que no puede calificarse sino de complicidad plena. El paramilitarismo ha existido siempre con apoyos gubernamentales innegables y con el entusiasmo de sectores sociales bien conocidos: ganaderos, comerciantes, grandes empresas públicas y privadas, políticos y funcionarios de la administración del Estado y sectores acomodados de la llamada “clase media” sin que faltase la aportación decidida de la delincuencia. En el gobierno colombiano (éste y los anteriores al menos desde hace décadas) recae entonces la principal responsabilidad política. Con la ley de Justicia y Paz el Estado colombiano se auto exonera de todas y cada una de sus responsabilidades; sencillamente supone que ésta no han existido jamás.
  2. Para liberar de su responsabilidad también a todo el entramado empresarial, político y social que ha financiado y fomentado el paramilitarismo. La ley ignora deliberadamente la participación de tanto empresario, político, alcalde, parlamentario o funcionario público que tiene igual o más responsabilidad en masacres y asesinatos que los “paras”, pues éstos son en última instancia solo un instrumento de quienes les crean, financian y apoyan. Los inductores del crimen son más culpables que los propios ejecutores, y
  3. Para alivio de Washington que ve con preocupación cómo su engendro paramilitar (igual que les ocurrió en El Salvador, Guatemala, Nicaragua o Perú) desprestigia su estrategia contrainsurgente ante la propia opinión pública. Había que acallar las voces de sectores cada vez más significativos de la sociedad estadounidense que ven con horror que sus impuestos vayan a sostener una empresa criminal como el paramilitarismo o una guerra que no acaban de comprender y en la cual su país aparece cada vez más comprometido. No es una coincidencia que el propio embajador gringo en Bogotá haya seguido paso a paso la elaboración, debate y aprobación de la ley dando oportunos consejos para que la norma pudiese recibir el beneplácito de los Estados Unidos. No resulta exagerado pues afirmar que esta ley de Justicia y Paz es casi una creación conjunta de la bancada paramilitar del congreso colombiano, de sus cercanos aliados del uribismo, de los medios masivos de comunicación y del señor embajador de los Estados Unidos en Bogotá. Todos ellos actuando, se entiende, por razones de propia conveniencia. Para beneplácito de los Estados Unidos ( y también de sus aliados de la UE) la ley se presenta como el resultado de una “decisión democrática” del parlamento colombiano. Un parlamento ciertamente muy en armonía con la democracia de papel que tiene el país. No sobra recordar que ese parlamento apenas fue votado por algo más del 40% del electorado y que hasta un 35% de sus miembros representan directamente a los “paras”. Un porcentaje que una de las más conspicuas senadoras del uribismo eleva al 70% ( ¿será el 70% que apoya a Uribe Vélez según las encuestas de la empresa Gallup?).

Washington, el Estado colombiano y las bases sociales del paramilitarismo deben pues estar de parabienes. Con una simple ley nadie debe responder por nada. En todo caso responderá algún despistado o indisciplinado que no haya entendido lo que está ocurriendo y se aparte de las nuevas directrices sin ver que “todo ha cambiado para que no cambie nada”; porque los “paras” siguen allí, con todo su poder militar, económico y político al que ahora agregan su nueva condición de gente presentable. Seguramente habrá algún aguafiestas que sugiera que esta legalización plena del paramilitarismo lejos de fortalecer la democracia provoca por el contrario un desgaste mayor –si cabe- de su legitimidad.

Esta ley de Justicia y Paz es una pieza clave en la política de Seguridad Democrática de Uribe Vélez mediante la cual se pretende que el paramilitarismo se somete a la legalidad cuando en realidad ocurre lo contrario: la ley se somete a la voluntad de estos delincuentes dando así un paso decisivo en la “paramilitarización” del país. En muchos sentidos éste ha sido el proceso vivido por Colombia en los últimos años; solo faltaba su confirmación legal y esta ley la consigue plenamente. Un argumento nuevo para quienes sostienen que medidas como ésta constituyen un paso más hacia el fascismo de nuevo tipo que lento pero seguro se instala entre nosotros.