Ida
y Vuelta
El
humo de las chimeneas en Vega de Liébana
Jesús
PINDADO
En 1987 hizo un libro
fotográfico de naturalezas muertas, pero ahora Toni
Catany ha hecho otro de lujo de 155 páginas,
editado por Lunwerg (Barcelona 2004) para el gobierno
regional cántabro, que se titula Liébana
Infinita. Contiene unas vivas
y soberbias fotografías, algunas no exentas
de lirismo de puertos, del desfiladero de La Hermida,
macizos, picos y collados. De las
neoclásicas iglesias, el monasterio, la joya
mozárabe de Lebeña, capillas y ermitas,
detalles de piedra solemne y estática o que
arde de recio esplendor. Y, por supuesto, de los árboles,
de los hayedos, alcornocales, robledales, nogaleras
y flores; bellas flores.
Aunque salen casonas, en este libro fotográfico que menciono hay
poca gente, unos pocos vecinos, algunos de Argüebanes
y Turieno. La infinitud, claro está, hay que intentarla desde las cumbres,
en las nubles o con religiosas alusiones pétreas e imágenes.
Bello libro, sí, pero ha debido ir el artista en primavera; sin duda
ha ido en primavera Tony, el fotógrafo que tiene premios de la Generalitat
y también el Nacional de Fotografía del ministerio de Educación
y Cultura. Nosotros, sin embargo, hemos llegado aquí en este lluvioso,
paradójico albor de febrero.
No he visto mucha nieve en las fotos de Catany, algunos penachos en las cúspides.
No hay tanta ahora, pero nos encontramos más en la realidad, aunque
disipándose, al llegar a la Vega de Liébana,
este bello rincón ausente del libro. Hay más nieve de la que
captó Catany en las crestas que nos escoltan cercanas y se ven desde
aquí, en los caminos a adivinar de Toyo y Tudes, de Ojedo hacia Potes;
otros después del lago de Río Frío; otros por San Glorio
hacia León; o ahí, los que están un poco más allá de
Santo Toribio∑
Aquí, en la Vega de Liébana, vemos al pasar las gallinas ateridas,
pero destaca el gozoso humo de las chimeneas que muestra el exterior, este
fugaz índice kantiano-pierceano del fuego y
del calor interno, lo que hacemos como interpretantes y como visitantes frente
a la bella frialdad icónica de las fotos. En el astragal de Las Picas,
la casa de Pablo Ayala, hay nueces. Afuera, el nogal está inhabitado
y como yermo, pero sabemos que otra vez florecerá pujante. El que resiste
y siempre renace, sin embargo, es un indómito pequeño naranjo.
Las cosas son palpables, no indeterminadas.
Cerca, el beso y el abrazo de los ríos. El Río Frío se
une aquí mismo, sin meandros, al Quiviesa para ya, convengentes definitivos
y unidad, discurrir hasta enlazar y nutrir al Deva, el río de la deidad
al que el inolvidable Julio Montes llamaba en Cármina
el río 'piadoso y bueno'. En un anaquel de la casa de Ayala están,
entre otros, los escritos de García Palomo y de Pedro Álvarez,
etc., pero ahora no hay que leer sino admirarse de lo natural y apreciar la
sabiduría popular que está incluso en las escrituras notariales
cuando se establece el derecho a riego por inundación.
Todo lo explica sencillamente ese enlace, la dulce confluencia imparable de
ríos que fotografía con alborozo el inquieto Luis Gurría y
luego te manda al ordenador y que hace meditar un poco, como a Montes, que
somos peregrinos río arriba de la vida... Pero con José Mantecón seguramente
no hemos venido en busca de la infinitud. Aunque el inolvidable cura leonés
aquí mitificado, el octogenario D. Marcial dijera que "la
salud no está en el plato sino en el zapato",
entramos muy decididos al Mesón La Vega. José Luis Prado y
su hijo tienen ya a punto el más legítimo cocido lebaniego porque
los garbanzos más estimados eran precisamente de aquí y sigue
la orfebrería de la buena cocina. Aunque aquí es fama la buena
fruta, vamos a preferir el nativo postre del canónigo y seguirá,
cómo no, el mejor agua de fuego, el orujo que entra suave, sin raspar,
y que calienta más que el corazón.
Pasaremos junto a la bella bolera descubierta, vacía. Después,
en el paseo, sobreviene un aparentemente errabundo y bello animal, un perrito
negro de incierta estirpe pero que se acerca cariñoso y sin complejos
a saludar y no se viene con nosotros porque no insistimos. Tiene los ojos expresivos
y quizás un poco dolientes. Pienso en Juan Ramón.
Cuando le acaricias hace unos gruñiditos guturales, una afectiva correspondencia
que no hay que traducir. Le dejamos que siga por su conocido camino del frío
hasta que encuentre alguna acogida cerca de una chimenea.
En el Bar de Yoly (antes bar de Fidel, su padre) vemos un Menú del cazador
de 10 euros. Aquí se pueden tomar por esa cantidad patatas
con carne, huevos con panceta, pan, vino, café y chupito.
En el interior, leyendo, está una comunicativa niña, la hija
de la dueña que se llama Celia. Lee junto a la chimenea
un cuento de Dianne Stanley y nos refiere impecablemente una
parte del tema, de una bruja que piensa causar maleficio a una vecina intrusa
que se ha quedado embarazada. Pero no ha llegado el momento epifánico
y esperamos que se revele optimista, que no suceda nada malo para la pobre
señora.
No hemos visto al cantor
cura Chema,
el que retó a Ronaldinho, ni al alcalde Armando
Cuesta del PRC. La Vega está muy
tranquila en febrero, los ríos con su
incesante murmullo abrazándose para ir,
como siempre, al padre Deva. Por cierto, debo
rectificar mi entusiasmo por las canalizaciones
porque he leído un buen artículo
de Orestes Cendreros en la revista de la asociación
que preside Javier Ceruti García-Lago (www.cantabrianuestra.org)
titulado Paradojas (p. 14). Se queja de la desaparición
de los delicados ecosistemas y por la destrucción
de las riberas fluviales por las escolleras de
piedra y cemento. Aquí en La Vega también
había árboles que han desaparecido.
Ahí en frente,
cerca del abrazo de los ríos, se puso también
una caseta para la fiesta de los mozos que afea muy
innecesariamente el paisaje. El resto, todo es armonía.
Al parecer, antes, los turistas se iban a Cosgaya
y por ahí pero no venían tanto a Cereceda.
Ahora, sí, ahora ya van viniendo. En realidad
vienen más a toda Liébana pues Angel
Terán, de El Bodegón -de 1710-
en Potes, nos confirmará que junto a los ingleses
y catalanes y vascos están
empezando a llegar los levantinos. (Les
va a gustar el orujo de El Valle de Bedoya si lo
prueban, seguro).
Liébana, aparte
del atractivo senderista, ofrece la promesa del jubileo.
Pero tiene el natural encanto imantador que adoraba
Florencio de la Lama, el viejo maestro periodista
-el de la torre de Mogrovejo que vivía en
la cuesta de la Atalaya santanderina- a quien nunca
ví ponerle el adjetivo de infinita. Catany,
icónico, sin duda ha
hecho unas fotografías bellísimas,
pero no le ha sacado partido al índice pierceano
del humo de las chimeneas. Vino en
primavera, no en febrero y no ha captado este realismo
-tan simbólico a la vez- del frío de
la gallinas, el saludo del negro perrito solitario
y el sabor de los garbanzos de Prado.
No ha fotografiado
Catany, en fin, este entrañable rincón
concreto del infinito lebaniego en donde D. Marcial
fumaba el farias y hacía humorísticos
ripios. Un día le preguntaron al viejo cura
leonés unos desaliñados turistas si
les faltaba mucho para León, y él les
contestó: "Solo os falta el rabo". ¿Quién
puede, quién podría fotografiar eso?...