. . Año IV

Ida y Vuelta

Diez años de la muerte de López Aranda
Jesús PINDADO

Germaine Jagu me escribe una atenta tarjeta en la que civilizadamente dice que no nos hemos visto este verano, que qué tal estoy. Esta Germaine es única: Es la viuda del dramaturgo Ricardo López Aranda, el inquieto, imaginativo Ricardo de quien también tengo en alguna parte –entre libros de teatro seguramente- tarjetones escritos con rotulador verde de los años 80, justo cuando su corazón empezó a darle la lata y cogió miedo a la vida por inspirárselo la muerte. A la muerte tal vez por ver que la vida tenía ya un posible límite más preciso.

Ricardo nació el año 34. Uno tiene la sensación de que ha conocido a las personas que ya no están pero algo tarde, no sé por qué. Parece ayer cuando Ricardo venía presuroso de Madrid y dispuesto a revolver la ciudad, a visitar a todo el mundo que supusiera para él un valor nostálgico, un valor intelectual, un valor valioso de algo que él suponía, adivinaba o sabía. Le daba tiempo para todo y te lo encontrabas de pronto desposeído de los inmensos proyectos que siempre había tenido. A veces me parecía un genio y otras algo disparatado. Quien sabe si no era un poco o mucho las dos cosas en una difícil combinación.

Habría miles de Ricardos como hay miles en cada uno de nosotros. Yo conocí dos. Uno era el agitado e incansable Ricardo López Aranda de la segunda parte del éxito, yamadura ya pero sin dejar de ser infantil como pasa con gran parte de artistas, hipersensible. Una vez fui a su casa y recuerdo sobre todo que tenía miles de fichas clasificadas con las más variadas gentes para tomar un teléfono y poder localizar y sintonizar con cada uno de los personajes del poder y la influencia de aquellas fichas. Inaudito. Encima de nosotros, una bombilla sin lámpara. Era la casa de un escritor. Algo que me parecía entrañable pero un poco de Kafka. Libros y más libros. Conversación interminable de coincidencias, de especulaciones místicas y políticas, de inacabables análisis y situaciones –posibles rompederos de cabeza- que quizás pensábamos que eran muy pragmáticas y eran sueños o imaginaciones. Elucubraciones fantasiosas de ambos, me temo.

El otro Ricardo ya estaba enfermo. La vida le había dado ya el susto imperdonable de la muerte. A plazos y en dosis. Malvadamente. Me pregunto ahora qué pensaría, qué nervios inaguantables tendría el pobre Ricardo por dentro. Trabajador infatigable, amante de su familia, deliberadamente histriónico si era conveniencia, Ricardo era sobre todo padre y hombre del teatro. Ahí están sus obras escritas, las representadas y las no representadas, las publicadas y las inéditas. Era, ante todo, un literato. Lo que antes se llamaba un hombre de letras. Sufría y gozaba con sus imaginaciones y sus personajes.

En una de sus tarjetas agradece que pregunte sinceramente por su salud. Responde en nombre de los cuatro miembros de su familia, de Germaine y de sus hijos. No me extraña que recibiera Ricardo muchas visitas y llamadas y que le cansaran. Acababa de superar el susto de la muerte que le había dado su corazón. “Mi primer acto de mi nueva vida”, decía en una tarjeta Ricardo que se sintió especialmente feliz porque le alcanzase un poco de mi franco sentimiento amistoso. En otra nota señalaba sencillamente: “¡Qué alegría estar vivo!”. Nada puede ser más escueto y rotundo. López Aranda sentía el temor de no tener más asegurada su inquieta vitalidad imaginativa y activa que le caracterizaba. Han pasado diez años me recuerda la inquebrantable Germaine desde la muerte del dramaturgo santanderino. La encuentro inesperadamente a pesar de haber recibido antes su tarjeta. Una década ya desde que Ricardo murió. El tiempo no existe, existe o parece que va y viene según nuestros encuentros fortuitos y conforme a nuestros recuerdos.

Ricardo murió en Madrid el 25 de noviembre de 1996. La Asociación de Autores de Teatro publicó sus Obras Escogidas a título póstumo. Las dos primeras fueron Nunca amanecerá (Premio del TEU en 1958) y Cerca de las estrellas (Premio Calderón de la Barca, 1960). A saber cuántas cosas escribiría Ricardo –que era prolífico y tan fértil y sensible- antes de llegar a estos premios. Es difícil saber -aunque haya quien se atreva a clasificarlo todo- cuándo Ricardo López Aranda era “poético” y cuándo era “social” en su teatro pero era las dos cosas y no voy a repasarlo ahora porque eso es para manuales y estudios y esto es un recuerdo. Un modo de volver a echarle de menos.

Fundamenalmente creo que López Aranda era una persona preocupada por el misterio del más allá. Por la fe. Puso en mis manos López Aranda la obra de “Yo, Martín Lutero”, figura que parecía obsesionarle por un tiempo y cuya obra había escrito al parecer por los años 60. Un día me invitó a al estreno de Isabel, reina de corazones y fui a Madrid con otro entrañable ya desaparecido que era el veterano Antonio Zúñiga. Nos preguntó a quién queríamos tener sentado cerca de nosotros. ¿No veía la vida un poco como teatro Ricardo y el teatro probablemente como la vida?...

Quizás eso sea ser realista pues nada es menos real que el realismo ha dicho alguien, creo que la pintora Georgia O´Keefe. Pero estoy viendo, recordando una escena de su versión de La Celestina que no era nada realista con una especie de expresionista conjuro de fuego en donde las palabras nada me dicen ahora que no las estoy escuchando ni las recuerdo. Sí la escena. El fuego. El recuerdo. El sortilegio. Ricardo manejaba muy bien las escenas, las situaciones, el enredo a desenredar o el desenredo a enredar que se presentase. Las bambalinas de la vida que a lo mejor no lo eran, no lo son tanto.

Cuando me hablaba Ricardo algunas veces, pensaba yo a veces que podría ser un poco versallesco, un poco veneciano, un poco de otros tiempos literarios más que apegado al día. Se sentía él, sin embargo, conocedor de entresijos, de evoluciones del marchamo de la vida y de las bambalinas de la política. ¿Y si era un gran ingenio imaginativo provinciano y Germaine tenía que poner el día a día del equilibrio no inspirado sino de la vida cotidiana, de la dificultad cotidiana de estar debajo de los sueños y las pesadillas, de la aspiración sedienta e interminable del éxito y el reclamo del inagotable esfuerzo de ponerse en escena en una profesión tan dura como es la de comparecer teatralmente en las “tablas” madrileñas de la época?... No lo sé. Lo que le gustaba era decirme qué bonitos eran los ojos de una tía de la compañera que trabajaba conmigo en una oficina.

No importa cómo fuese Ricardo cuando quedamos en que todos somos muchos. Que había muchos Ricardos y ninguno mal.

Hoy, a la distancia de una década, además de las mencionadas obras hay que citar por lo menos alguna otra de las que escribió y “quedan”. Noches de San Juan (Lope de Vega, 1964), La esfinge sin secreto estrenada por los años 60 (aunque están sin representar de esa saga las tres de Mario, Sila y César), la quizás camusiana de El asedio, así como La Espera y en 1974 la estrenada de Los extraños amantes. De los años 70 es Isabelita la Miracielos y ya he comentado la que fui a ver con Antonio Zúñiga de Isabel, reina de corazones (1983) en la que Nati Mistral representaba a Isabel II. (Nati, tan grande y española, a quien vi. en Santander en la Belle Epoque de Mero cuando cantaba mexicanas, recitaba a Lorca o entonaba un chotis de la “opus-ición”).

No sé en qué año fui en Madrid al teatro con Ricardo –a ver una representación de Marsillach- y le pedí que me presentase a Conchita Velasco de quien quedé definitivamente prendado. Ya lo tengo escrito. Y sigo. Este verano se lo dije a ella en el hotel Santemar de Santander y tuvimos un tierno recuerdo para Ricardo aunque supongo que ella no podía puntualmente evocar aquello. Pero en medio de la cortés simulación uno puede a veces apreciar el recuerdo sincero y grato que surge con motivo de la memoria de personajes que no se parecen a nadie sino a sí mismos como Ricardo.

A los diez años de su muerte, gracias al recuerdo que me ha hecho su viuda, la gran, fina francesa de duraderas lealtades Germain, aunque no añada ningún estudio o análisis, no puedo dejar de mencionar su recuerdo, el de su fértil inquietud de visitante veraniego que nunca se había ido del todo, su angustiada dialéctica consigo mismo para el teatro y la vida siempre con una interrogación del más allá y de Dios.

Pero sobre todo “recuerdo” el “tono” de un librito poético de López Aranda (no voy a buscarle ahora para no desesperarme ahora en la “ordenada” selva…) en el que expresaba con muy doliente y auténtica ternura el cariño por Germaine y ante todo el transido dolor amoroso por la pérdida de un hijo que quedaba completamente tapado por la obsesión paterna con Richard, su otro hijo hoy felizmente superviviente, exitoso como diplomático en Bruselas.

Pero Ricardo redivivo es esta menuda Germaine –la francesa como decía él muy familiarmente- que dice estar un poco cansada y no se la puede creer del todo por su leal, infatigable memoria de lo bueno para lo bueno. De la cotidiana vida de la elegancia amistosa. De lo rescatable en la vida cuando uno cree en los sempiternos valores de los sentimientos y del arte. Del talento en casa. Enredada en la imaginativa vida de Ricardo López Aranda, ella me ha recordado que ya han pasado diez años desde que falta el dramaturgo de la escena de la vida y de la suya. Tuve ocasión de sugerirle que hablase con Arturo del Villar –que siempre se queja un poco pero cumple siempre- y eso ofreció otra “puesta en escena” de Ricardo que fue prolífico y deja muchas páginas de las que aun pueden rescatarse mensajes inquietantes. Estoy seguro. No podía un poeta como del Villar no hacer caso a la muda voz del finado dramaturgo poético

A mí me ha interesado hoy solamente la verde letra del rotulador con la que me decía López Aranda que era una suerte estar vivo en su “segunda vida” tras el aviso del corazón. Diez años ya desde que falta pero la casualidad ha hecho que su mujer, la menuda y puntual y sensible Germaine me haya hecho recordar aquella literaria y personal amistad surgida y el inútil e inevitable miedo a la muerte de quienes no mueren cuando nos comunicamos para la buena memoria.

No hace falta la belleza literal de sus textos para recordarle pero tampoco estaría mal revivirle en las tablas o volver sobre lo inédito. En todo caso, celebro cómo celebraba la vida y envidio con la más sana y prudente consideración la fiel memoria de Germaine que finge sin saberlo estar cansada porque es una incansable mujer. Casi teatral si no fuese cierto el grato encuentro tras la tarjeta recibida.

En libertad //// Se dice se cuenta //// Con firma
Prensa, Radio y TV: Regional / Nacional / Internacional //// Humor //// El tiempo //// Publicidad