. . Año V

Ida y Vuelta

Sobre los “mil amores perdidos” de Manuel Palacios
Jesús PINDADO

Aunque acaba su libro diciendo que no recuerda la mirada que serena y mata, el palpitar que da la calma y quita la vida, el poeta Manuel Palacios (Santander 1971) titula Mil amores perdidos pero si no olvida la sonrisa de la amada, ni “el color ternura” de su mirar, quizás no pierde el que de Susana evoca “meciéndose en las caricias de la brisa/ hasta reposar tus olas en mi mar”. Como Neruda pueden ser varias mujeres o una, pero sabe si quizás se cruzaron las miradas y quedaron distantes, si no recuerda haberla visto antes en alguna calle, y no es la misma. A menos que el tiempo haya borrado una memoria tan concreta, el equívoco está poéticamente servido.. No nos importa; es privado aunque sea público, la raya no es tan sencilla como la de los falsos discreteos que enmascaran lo fétido y publican rosas. Es asunto público porque deja de ser íntimo aunque lo sea curiosamente. Pero el poeta –que no entiende de clandestina hipocresía y doblez apuntadora ni nos involucra con gran número de desconocidos sino con el público de los versos-, en el poema Pena expresa su tristeza porque no puede vestirse con sus labios, libar su piel y su esencia. La amada, que no es avispada avispilla entontecida. Con la apelación a un ““ que no nos importa comparte con nosotros Palacios la nostálgica evocación de una presencia que siente y lamentando que ella no pueda sentirla. No cubre cobardes retiradas de pacifismos aparentes. Será en la pieza que genera el título de los mil amores perdidos en donde se aclara el equívoco poético al ir deshaciéndose porque señala que si hay un silencio para cada voz, hay una voz para cada silencio; si hay una luz que grita en silencio y un silencio que muere de sed, no puede dejar de sentirse vacío “hasta el momento de volverte a ver” Le habla del amor que siente la ausencia pero más la presencia anhelada. Aclara que hay un grito perdido en el mar y un mar de amores escondidos “pero nunca dejarán de rimar/ mil amores perdidos”. Que amores de poeta auténtico no pueden ser dictadillos insistentemente torpes y sin ideas ni sentimientos.

El paratexto de la dedicatoria del librito de Palacios va dirigido a todas las personas que formaron parte de su vida.A todos abraza en su intimidad. De los iniciales versos bachilleres en Radio Costa Esmeralda, pasando por más especializadas experiencias musicales en las ondas, entrará a Radio Top 40 pero se trasladará por cuestión de salud a la soledad del pueblo de Seña. Confiesa encontrarse en mayor intimidad consigo mismo hasta que reentra Manuel en el espacio siempre relativamente público de la poesía en Bilbao gracias a la asociación “Escribe-Lee” y a Carmina Zamora, responsable de talleres, recitales, creatividad literaria, musical y Tai-chi junto a la mencionada asociación. . Tras la publicación de relatos –“Decires”- y algunos poemas, avienta Manuel Palacios el librito que glosamos hecho de amores platónicos, de otros que pueden no serlo y los nuestros. Acusamos recibo. Porque invoca el recuerdo de sus pasados y estimula mayor intensidad para los presentes y el sueño de los futuros. No, no es un promiscuo convite poético “sino el recuerdo del paraíso en que vivimos”. En nada se parece a los raros coritos de loros que sospechosamente se ofenden confundiendo la parte por el todo sin que haya que ir a las aulas para no aprender nada. El todo por la parte puede ser la intensa metonimia de palabras e imágenes que concentra fuerza poética o escamotea una deliberada selección que excluye maternidades y el variopinto oficio de los ejemplos. Nunca es prosa que intenta el inútil insulto que delata delantalitos que recogen distorsiones de partes por el todo. De las cuales la peor en siempre la que oficia la calma externa frente al oleaje de la doblez, el autoengaño de la tan “barroca” apariencia falaz. Esta es una poesía a la que no le importa contradecirse ante las personas sensibles si buscarle más vueltas a la quietud de los guijarros. No tira pone las piedrecillas de la mala percepción en manos no inocentes que agraven sus metoninimias rencorosillas y estúpidas.

¿Qué paraíso será el del poeta Palacios?. Zamora, en el prólogo, menciona su amable, cariñoso saludo, sus ojos azules, sus andares, la pasión futbolística y, sobre todo, “su lucha constante contra el lastre de la enfermedad”. Pero no es enfermedad de alma ardorosa por sacar a flote bondades fingidas.Confiesa la prologuista que supo más sobre él cuando por mediación de la madre del poeta reconoció en él al sensible vate que refleja sus alegrías y fracasos mostrando su yo íntimo. Sin temor ni exhibición, así literalmente dice ella “yo íntimo” porque no tiene doble estandar ni tira piedras y esconde la mano. Una identidad poética la suya que no desdobla malamente, como ha hipócrita prosa de otras negativas interpretaciones que pueden negar la verdad del valor de testimonios poéticos por fingir a la luz pública el pseudoequilibrio de armonías, por resentirse con ideas negras escondidas en el celoso e impensable ocultamiento cuya mórbida exaltación luego se desmiente negándolas. Justamente se hacen negras tales ideas si lo son por negarlas, por no admitir el diálogo sobre ellas. Pero es algo que no puede sucederle a quien no distribuye distintos mensajes contradictorios no pedidos para reprochar después su tan reiteradísimo y no solicitado envío. Nada de eso: Es esta una poesía limpia y a cuerpo limpio. Uno agradece que no se la prometan y se la regalen, no como cuando sucede literalmente a la inversa para hacer el discreto pregón de afearse a sí mismo quien cambia las tesis, cambia lo inmodificable: la verdad. Quien trata de mancharla con el mal velo pseudoideológico. Lástima que no seamos poetas con el grado de inocencia que expone, sin miedo al riesgo de la sinceridad, Palacios. Hemos de conformarnos con las prosas periodísticas de mjchos años, de una vida. La función sígnica depende de un mundo real, digamos con el riesgo de la pedantería que pasa por la semiótica que enseña la universidad pero que no afecta a la poesía como cuando en el caso de Palacios abarca la tridimensionalidad: la de los signos entre sí, la de los signos y sus usuarios (sin apelaciones éticas puede ésta descubrir falsarios) y la relación de los signos con lo representado. Por eso no se pueden tomar partes por el todo hundiendo en el fango de la mala interpretación la que se empeora no enseñándola o estimulando negatividades. Mejor la buena poesía abierta de Manuel Palacios que no comparamos sino consigo misma. Que tiene buena conciencia del yo, praxis exisencial y lenguaje para decirlo con la tensión y buena dialéctica de Karl-Otto Apel. Para no caer en la distinción de ficticios “designata” que ayudaría a distinguir imaginación e inspiración poética a la hora de entender la buena relación entre signo e interpreta y de comprender cuchufletas gongorinas y gárgaras de mala crítica “ad hominem”, que no gorgoritos siquiera. .

Pide el poeta Palacios que nazca el agua clara del río de la amada –no que se haga subterránea- preguntándose cómo hacer para que ella le corresponda. Será cruel contraste, sin embargo, lo penoso del deseo que brota con la soledad, el recuerdo del perdido deseo, el regreso de la ausencia a la memoria de quien no quiso amarle y ya creía que ya era pasado. Una cuasi panteística rememoración se incorpora a la tristura con el poema Sol y Luna sin caer en pesimismo disteleológico, con una suerte de original y cándido realismo “naif” invocando que ellos –los amantes- fueron en otra vida “tiernas canciones de cuna” aunque vuelen distantes luna y sol, sol y luna. Sin mala metonimia de mala baba y con buenas metáforas. La luna, sí, que vigilará en la noche la criatura de un niño en la cuna; luna cuya metáfora va a reaparecer –que besa al poeta de negro o con su blanca belleza- y con ella una clave esencial: “Todo lo puedo si todo lo sueño”, asegurará en un verso anterior -titulado “Lejos”. Ahí describe la alejada mano de la amada “como la noche y el día/ Yo soy real, tú…una utopía”. Utopía, que no avispada avispilla ripiosa de falsa reiteración prosaica, tardia o bobalicona. Nada de eso. Eso es nada. No es.

¿Una utopía porque no existe?, ¿porque se ha ido?... Qué nos importa. Esto no es una prosa rosa que implique voyeurismo. Es una poética ansia trascendente y platóncia cuando solicita el hablante lírico que si la vida es sueño, alguien le despierte; que dormir no puede ser eterno “cuando triste su alma se siente”. Va a negar que sea un poema de amor otro en el que aletea la sombra del ángel invisible aunque sienta la ansiedad. Ansiedad que en otro instante lírico no le impedirá ver cómo la tarde se llena de flores, reflexionar cómo camina su corazón contento… cuando el viento planea silencioso al llegar al bosque rumoroso. Se va a preguntar si es ángel o persona quien habita en su sueño para concluir reconociendo que es sólo un sueño. También amar a Silvia nos comunica en otro verso que es sólo un deseo y un sueño; que es soñar en solo un sueño. Gota de oxígeno para la amada, sueña en su mar y tiene celos de no ser más celoso . No podemos saber si es en relación a Silvia, Azucena, Susana u otras novecientas noventa y siete amadas que son, que sean una, que son sueños, que sean carne y beso, acaso juntamente verdad y sueño. No acidez oscura y discreta frente a la luminosa difanidad relativa de la superficie. No tenemos que conocerlas; no las conocemos. Son versos, palabras, acucio de sentimientos. Nunca nos ha importado ambiciosamente el intento de saber lo que no debamos. Siempre, sí, de discutir ideas e imaginaciones inspiradas o no pero honestas. La poesía puede venir desnuda pero el verdadero poeta no la ve como ofendida putilla redentora. Juan Ramón era hipersensible y complicado pero la desnudez poética no era disfraz externo sino fúlgida autenticidad dolida.

Menos cifrado, hay otro lenguaje poético de Palacios se despliega concretamente en Laredo, en donde el mar descansa en su arena y el pueblo en su mar –su único dios al que canta desde La Atalaya-, se cierra una puerta, se define la “generación play” que ama sin conocerse, que se sume en realidades virtuales, recuerda a su abuelo Luis –“que volvió a creer en Dios”- y observa un balón “que nada entre niños gozosos”. Palacios no es periodista pero ampoco literato de cuchufleta pseudogongorina. No cabe que hablemos de la “derechina” que sin ir lejos hace poco he criticado, ni de la mierda progre que no cree en el progeso sino en el insulto que lamenta y exagera por dictado hipócrita de falta de alfabetización, la cual no necesita pasar por Salamanca. Manuel Placios define, en fin, la poesía como una “locura o ceguera”, un beso en la tierra, “un abrazo al mar, una nube de sueños”. No es falso poeta que esconda la piedra y le ponga chinitas a manos no inocentes porque no calma su sed de autoexagerada y rastrerilla simulación. Es una poesía-verdad aunque platónica. Nos alegra desvelar y acusar recibo al libro no prometido que nos ha regalado este ejercicio acaso poco imaginativo pero divertido hasta el siguiente y el siguiente. Como tantos días, como tantos años. Con la contradictoria pedante humildad de que nosotros no tiramos a la papelera nuestro dialéctico amor a la polémica y la crítica incluso cuando se alargue sin causa y muestre el verdadero rostro de quienes miran torcido porque no distinguen la poesía de las buenas intenciones y la caca rosicler tan repartidita y animada a intervenir en el terror al discreto que nunca es discreción cuando se quiere vivir de la falsa ofensa y por un lado predica tolerancias y por otro muestra que no sabe en qué consisten. Consisten en mostrar cicatrices de alma y cuerpo, si se quiere, pero en metáforas no en malas metonimias de la resentida parte por el todo.

No hay que ir a las aulas por donde sin tener que hacerlo seguimos siempre pasando. Basta ser bien nacidos si no tontos para distinguir desfases de fechas, fingidos sentimientos heridos y la irrefrenable gana de sacar las cabecitas.

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