. . Año V

Ida y Vuelta

Del Villar conferenció sobre López Aranda en la víspera de la inhumación del dramaturgo en Ciriego
Jesús PINDADO

Hoy, tras la misa en la parroquia del Cristo de la Catedral, se inhumarán los restos del dramaturgo cántabro Ricardo López Aranda en Ciriego, el un digno lugar frente al cementerio civil. López Aranda, autor, entre otras, de la obra “Cerca de las Estrellas”, estrenada en el María Guerrero en mayor del 1961 y Premio Calderón de la Barca del año anterior- se realizará este 26 de mayo con la asistencia de su viuda –entrañada en Santander- la francesa Germaine de Jagu, su hijo Ricardo y la deliberada ausencia de si hija Verónica que acaba de dedicar un bellísima página de Internet a su padre. (A Verónica, como a mí, solo nos gustan los cementerios en la literatura romántica).

Numerosos amigos estarán en esta ceremonia en la que Ricardo vuelve a la tierra que le dio el ser. Acaba de publicarse sobre López Aranda un nuevo y riguroso estudio titulado La espera sin esperanza en el teatro de López Aranda, a cargo del poeta y crítico cántabro residente en Madrid Arturo del Villar, basada en una conferencia de éste del 16 de enero de este año en el Ateneo de Madrid y otra del inmediato pasado -jueves, 24- en el Ateneo de Santander que tiene un punto de languidez y lleva adelante el crítico Carlos Galán, quien calificó dicha conferencia de “apasionada”.

Lo fue, sin duda. Del Villar, con un riguroso rastreo de obras, periodo y movimientos de la época, ha hecho una profunda lectura de la totalidad del teatro del dramaturgo a quien conoció y trató de forma personal justamente en el ambiente ateneístico santanderino de los años 50. En las sala estaban otras personas amigas de ambos desde el escritor y ex galerista Manolo Arce, la pintora Gloria Torner, el magistrado Santiago Pérez Obregón, Rosa de Aguilera –condiscípula de ambos en Filosofía y Letras en Oviedo-, Juan José Pérez Aja, Andrés Velarde, Modesto Chato, Ramón Viadero –que hubo de ausentarse tras entregar un libro- Antonio Meneses, etc.

Arturo del Villar, con rigor cronológico, distinguió entre el teatro realista para hacer una segunda diferenciación entre el social y el social simbólico entre cuyos rubros incluyó la obra de López Aranda en la que ha sabido ver el común denominador de la desesperanza de los personajes fracasados y el reflejo de la España sin horizonte de libertades públicas de su tiempo. Supo ir obra a obra justificando en los argumentos esa temática común si bien supo aludir a que, a pesar de la tragedia de protagonistas y personajes, Ricardo practicó el humor en su obra y podría ser asunto constitutivo de otra disertación.

Contó personajes, actos, sujeción a las unidades o libertad dramática y relacionar posibles aspectos biográficos con el contenido de las obras. Fue espectacular, a mi juicio, el extracto de cómo “verse envejecer, desaparecer”, alegatos de denuncia al mal entendió dictotatorial del principio de autoridad en la discusión entre Edipo y Creonte sobre si el poder era “sacerdocio” o un “oficio”. La insolidaridad de comprar enfermos a cambio de ofrecer comida en una de las obras es para Arturo del Villar una clara muestra de la insolidaridad de la época bajo el ambiente de la dictadura, así como la mentira de los personajes o las consecuencias políticas alrededor de la versión de “Lutero” que hizo el dramaturgo en cuya obra el escritor especialista de Juan R. Jiménez quiso ver mayor importancia en la figura de Munzer y una acusación a la vida sin libertad especialmente desde el “gesto” de quitarse el hábito el monje agustino de la Reforma.

No quiso elucubrar Arturo del Villar sobre la obra poética de Ricardo López Aranda aunque se refirió con empatía a su antología “Biografía Secreta” así como a los ensayos inéditos y a novelas de 200 folios completamente terminadas que no han visto la luz. Entre el burgués escapismo que pudo representar Alfonso Paso, algunas obras de Pemán, etc. y el llamado realismo social, citó Arturo el teatro comprometido de Buero, Sastre, Lauro Olmo, etc. y de otros autores “vigilados” por la censura y no dudó en insertar el teatro de Ricardo en esta tipología sin eludir que hay humor y características de preocupación religiosa y metafísica. Fue demoledor escucharle citar parlamentos dramáticos como el del “castigo del no saber”, es decir, el de la “noche definitiva dentro de nosotros” con cuyos sistematizados fragmentos argumentó sobre la dificultad existencial y social de realizarse los sueños.

En el momento del coloquio, alguien, aun felicitando come merecía la muy documentada conferencia del poeta nacido en la calle del Sol y tantos años ausente de Santander, quiso recordar la vinculación de López Aranda al seminario y a concretamente a la gratitud sentida por el magisterio de D. José Ranero. Sin afirmar o negarlo, Del Villar se remitió estrictamente a los textos y confesiones del propio Ricardo en alguna concreta queja por su expulsión del seminario y por lo que interpretó como un condicionamiento del que se había librado con ella.

Suicidios, traiciones sentimentales, dudas existenciales, soledad y alegorismo fueron expuestos con orden y brillantez. El propio Arturo del Villar habló en un momento dado de alguna estructura en la que se podría ver aspectos de trama policiaca o detectivesca junto a las preocupaciones por la falta de libertad o las caracterizaciones ideológicas extremas como en los cacos de las dos Españas representadas por Dña Ana y Dña Laura, dos hermanas protagonistas de una de las obras examinadas, “Las herederas del sol” .

En la laguideciente atmósfera con la que baja el Ateneo si se pone en relación la desigualdad de la programación actual y el anterior periodo de la presidencia de Mercedes Mendoza, la conferencia de Arturo del Villar ha sido una oportuna reparación de la ausencia de tratamiento del dramaturgo montañés y más cuando sus cenizas han vuelto a “revertir” al cementerio santanderino de Ciriego. Ricardo amaba Cantabria y su familia ha sido retornarle con la demostrada sensibilidad que para su figura y su obra –para su recuerdo, en definitiva- ha mostrado su viuda, Germaine Jagu. No puedo evitar el agrado de haberle recordado por escrito que la persona ideal para examinar esta obra –de la que tanto queda inédito-. la persona ideal era el poeta Arturo del Villar. Nadie ha quedado decepcionado y ayer me cupo la satisfacción de facilitarle un ejemplar del texto antológico en que contribuyó en otra ocasión –siempre generoso- a tratar la relación poética entre Gerardo Diego y Pepe Hierro.

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