. . Año IV

Entre nacionalistas anda el juego
Óliver SOTO

Resulta cuanto menos curiosa la costumbre de muchos españoles de indignarse ante hechos que son de lo más normal en nuestro entorno occidental. Así, ante el simple sonido de la palabra federalismo algunos militares agitan sus sables con disimulo, los púlpitos radiofónicos revuelven las conciencias y se induce al país a un estado de miedo paranoico. Por supuesto, lo habrán notado, toca hablar del Estatut. Y es que las negociaciones avanzan despacio y se demora en exceso al gusto de los tertulianos (y el mío, por qué no reconocerlo) el debate en el que todos podemos opinar: la denominación de Cataluña como nación.

Si algo han demostrado las negociaciones es que la, a juicio del PP, "insalvable inconstitucionalidad del texto", era una cuestión fundamentalmente técnica. El principal defecto de inconstitucionalidad del Estatut hasta la fecha ha sido el intrusismo del texto propuesto por el Parlamento catalán al regular materias que no eran de su competencia (defecto que, por otra parte, es bastante habitual en la legislación). La marcha de las negociaciones muestra que lo que no se puede incluir en el texto y, sin embargo, es razonable, puede incorporarse en el desarrollo legislativo que constitucionalmente le corresponde.

Y es que una cuestión es que sea adecuada la definición de España como un Estado plurinacional y otra bien distinta que eso tenga que ir recogido en un Estatuto de Autonomía. Parece que los parlamentarios catalanes que apoyaron el texto van tomando buena nota: las buenas intenciones no son para los textos legales. A mi memoria viene el famoso artículo de la Constitución de Cádiz de 1812 que decía que los españoles debían ser buenos, justos y bondadosos.

Cuestión parecida ocurre con la proclamación de Cataluña como nación dentro del articulado. ¿Qué implicación jurídica puede tener que se le reconozca el carácter de nación? Ya se lo avanzo: si los juristas no han dicho nada hasta ahora es porque no la tiene. Cataluña puede definirse como nación, país de las maravillas o tierra mítica: eso no alterará su relación con el resto de Comunidades Autónomas del Estado.

La prueba más clara de ello es que, a pesar de lo que pueda parecer en principio, no todas las constituciones incluyen la definición de nación. Por no salir de nuestro ámbito cultural europeo, Alemania remite a la noción de pueblo y, como Austria, da primaciía a los Länder que deciden componer la unión; Portugal hace un canto a la soberanía popular, como Italia, que funda la República en el trabajo; en Bélgica, no es ya que no se hable de nación ni pueblo belga, sino que el propio país tiene tres nombres oficiales de acuerdo con cada una de las comunidades lingüísticas; y en Suiza era tal el desacuerdo que tuvieron que poner el nombre de su país en latín, Confederatio Helvetica.

Por tanto, ¿qué ocurre si Cataluña se define como nación? Pues nada. ¿De qué derechos especiales se arrogaría? Ninguno. ¿O acaso Alemania, Suiza o Bélgica son menos que Francia, España o Irlanda que sí se autodenominan naciones? La nación no es un concepto jurídico, sino político, que entre otras cosas servía en el siglo XIX para justificar la restricción del sufragio (quien más contribuía al Estado económicamente, más derecho tenía a dirigirlo).

Una confusión malintencionada ha intentado inocular la idea de que el nuevo Estatut catalán creará comunidades de primera y de segunda, naciones de alto postín y pobres regiones de cola. No nos engañemos: dicha distinción está ya en la Constitución que el PP defiende ahora con uñas y dientes. El modelo de Estado que nació del texto de 1978 es una imitación "sui generis" del modelo de Estado con regiones autónomas italianos. En este modelo hay dos tipos de comunidades: las históricas y el resto. Sólo el desarrollo del Estado de las Autonomías ha demostrado la voluntad de ese "resto" de comunidades autónomas, entre las que se incluye Cantabria, de obtener un mayor nivel competencial. En definitiva, de caminar hacia un modelo federal que ponga ambos grupos de comunidades en mayor pie de igualdad.

En los próximos días, los nacionalistas españoles y catalanes nos arrastrarán de nuevo a otro debate estéril de quién es o no nación y de quién lo es más. Como si el ser nación pagara las facturas. Entretanto, el gobierno de Zapatero se lanza a la búsqueda inútil del eufemismo que salve los muebles. Comunidad, ente o "chisme" de identidad nacional, cualquiera vale con tal de lanzar balones fuera hasta el próximo Estatut. Esperemos que el acuerdo al que se llegue no ratifique la chapuza de 1978 en la que se reconocía derechos a las nacionalidades, término éste que sí es jurídico y en virtud del cual se expiden DNIs y pasaportes. Y es que eso es lo que ocurre cuando nos preocupamos más por el nombre de las cosas que de lo que éstas implican y entre nacionalistas anda el juego.

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