. . Año VI

Pederastas
Victor Javier CAVIA

De entre todos los crímenes que la retorcida mente humana es capaz de recrear, el del abuso de menores es con mucho el que peor mezcla provoca de asco, indignación y rabia. No creo que haya nada más infame, más allá de la muerte, que el abrupto estallido de la inocencia de un niño cuando un adulto satisface con él sus más primarios instintos sexuales. Tan primarios, y tan desviados, que ni los animales los tienen con sus cachorros. Resulta deleznable pensar que un enfermo sexual reprimido, cualidad que dicen homologa a los pederastas como pederastas, pueda lanzar al abismo psicológico y social que conllevan los abusos a un chiquillo en pleno proceso de formación como persona. Por eso, debe ser incontestable la exigencia de que caiga sobre ellos, siempre y sin condiciones, todo el peso de la Ley, sin temblor alguno.

Pero la Justicia, que no tiene por qué ser piadosa para ser Justa, sí que debe de ser administrada en serenidad. Sólo cuando una condena no tiene los tintes de la venganza, el Estado de Derecho queda de verdad por encima de la iniquidad de quien se ha hecho acreedor de ella con su comportamiento antisocial. Las sentencias sólo son justas cuando son el resultado de aplicar la Ley con la pasión de la razón, aunque el corazón esté en un puño. Sin olvidar a la víctima, el niño, ni a su familia, a los que en todo caso hay que amparar y salvaguardar de daños mayores garantizándoles cuanto antes la normalidad, los pederastas deben ser castigados tanto como dejen las leyes. Pero no más, ni a más.

Los pederastas deben ir a la cárcel, a una celda y a un patio donde una rutina presidiaria les carcoma durante años. Y deben recibir tratamiento para la resocialización, ser reeducados en la convivencia a la que tarde o temprano habrán de regresar. Luego, cuando salgan, podrán ser también castigados al ostracismo y al desprecio de una sociedad a la que han dado la espalda con su delito. Y para dar seguridad a esa misma sociedad, incluso sus nombres podrán estar en una base de datos a la que acudir cuando haya sospechas de reincidencia. Lo que haga falta, hasta ahí, para dar satisfacción si se puede a sus víctimas. Y en cualquier caso, siempre lo que las leyes, construidas sobre la solidez del Estado de Derecho y desde la racionalidad del bien común y permanente de todos los ciudadanos, digan que es el precio a pagar por delito tan deleznable. Todo cuanto supere ese límite, que por ser el legal y aunque no guste es el justo, será puro linchamiento y escarnio, que nada tienen que ver con la Justicia que han de impartir los pueblos civilizados, ni siquiera a los peores de sus delincuentes y para los más horribles de sus crímenes.

En caliente, y con cada caso, surgen miles de voces que claman venganza, en forma de penas de muerte o cadenas perpetuas. Nadie con corazón puede dejar de entender ese grito, que es al ahogado socorro de las víctimas más inocentes que hay en cualquier sociedad, los niños. Pero no es ese el mejor caldo de cultivo para el debate sosegado que cualquier modificación de la Ley Penal necesita. Porque puede que el problema no sea el de las sanciones, sino el de que se cumplan. O el de que la Justicia se imparta, y se imparta a tiempo. O todo a la vez, que es lo más probable. Hacer una reflexión con inteligencia, en frio, poniendo en valor todas las circunstancias que rodean la pederastia y a los pederastas, no es dejar ni de ser solidario ni ponerse del lado del criminal. Es simplemente acercase a una solución que encauce la reivindicación de dureza en las condenas y su cumplimiento, y la idea de Justicia que debe primar siempre en toda sociedad cuerda y cabal.

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