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Tarde de lectura
Suenan
las campanadas de las seis de la tarde
desde la torre iluminada de la iglesia.
Las sombras, en el frío de diciembre,
escapan de las zarzas, van creciendo en los montes,
suben por las laderas, borran el mar al fondo
y tocan los cristales de mi casa.
Yo pierdo el tiempo. Leo como si no leyera.
Quiero saber y no pienso en saber.
Sin voluntad, me ocupo
de todo lo que estoy nombrando ahora
(la oscuridad que vive en la espesura
de los bosques cercanos) e imagino
las sombras escondidas en las zarzas
empezando a salir con el silencio
propio de las naturalezas negras,
para llegar a ser la noche fría
que empaña los cristales,
y si apago la luz está aquí,
conmigo, rodeándome, atomósfera imparable
que llena los resquicios y los libros,
dormita en las carpetas,
rebosa en el jarrón ingenuamente griego
y es un mudo animal de ninguna materia.
Pero tengo cuidado de no apagar la luz:
el invierno y lo oscuro no entrarán en mi casa.
Vuelvo a leer. Pondré más atención.
Aunque es tarde:
salieron ya las sombras de mi mente
a unirse con su estirpe, que es la noche del mundo.
Palabras despreciadas, conceptos ahogados,
seguros en la luz y el calor de este cuarto
pero inservibles, engañados, solos
ante la trampa antigua que tiende la ignorancia,
habitante también de la otra espesura.
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