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. . Año I
Un Poéma

Regino MATEO

 

Antonio Cabrera

Desde el magisterio de Brines y la consolidación de editoriales y un entorno fecundo para la lírica, Valencia se ha ido convirtiendo en una de las capitales de la actual poesía en castellano. De entre la importante nómina de grandes poetas vinculadas al alma mater valenciana, me gusta en especial la voz del gaditano Antonio Cabrera, un poeta de formación filosófica (es profesor de Filosofía en Vall d'Uixó) que plantea en sus poemas todo un tratado acerca de la vida. Una poética cercana a la reflexión pura que le ha merecido importantes premios literarios y le hace estar ya como principal sospechoso para alguno más.

Tal vez podríamos definir su poesía como anti-elegíaca, por cuanto sus versos nos hablan de la tranqulidad, del placer de la vida, de la belleza, de la luz ... rompiendo guillenianamente el tópìco romántico de que la melancolía o la tristeza son el estado anímico que los poetas usan para enfrentarse al reto del papel en blanco.

Sus versos, pulidos, impecables, de métrica libre y tendente al prosaísmo, se construyen a partir de un lenguaje aparentemente sencillo, pero pleno de sentidos, de invitaciones a la meditación, de rastros de su particular universo cultural.

 

 

Tarde de lectura

Suenan las campanadas de las seis de la tarde
desde la torre iluminada de la iglesia.
Las sombras, en el frío de diciembre,
escapan de las zarzas, van creciendo en los montes,
suben por las laderas, borran el mar al fondo
y tocan los cristales de mi casa.


Yo pierdo el tiempo. Leo como si no leyera.
Quiero saber y no pienso en saber.
Sin voluntad, me ocupo
de todo lo que estoy nombrando ahora
(la oscuridad que vive en la espesura
de los bosques cercanos) e imagino
las sombras escondidas en las zarzas
empezando a salir con el silencio
propio de las naturalezas negras,
para llegar a ser la noche fría
que empaña los cristales,
y si apago la luz está aquí,
conmigo, rodeándome, atomósfera imparable
que llena los resquicios y los libros,
dormita en las carpetas,
rebosa en el jarrón ingenuamente griego
y es un mudo animal de ninguna materia.


Pero tengo cuidado de no apagar la luz:
el invierno y lo oscuro no entrarán en mi casa.
Vuelvo a leer. Pondré más atención.

Aunque es tarde:


salieron ya las sombras de mi mente
a unirse con su estirpe, que es la noche del mundo.
Palabras despreciadas, conceptos ahogados,
seguros en la luz y el calor de este cuarto
pero inservibles, engañados, solos
ante la trampa antigua que tiende la ignorancia,
habitante también de la otra espesura.

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