Regino MATEO
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Ángel
Sopeña
Desde que
apareció en la antología Poetas
de Cantabria, hoy editada por
Luis Salcines en 1978, hasta el reciente
estudio sobre su obra Escrito sobre el agua,
elaborado por Ana Belén Rodríguez
de la Robla, Ángel Sopeña
se ha venido consolidando como una voz lírica importante,
personal, capaz de sobresalir y consolidar un territorio propio
en una región con un alto nivel poético.
Coincidiendo
sus primeras comparecencias públicas con los minutos de gloria
de los Postnovísimos, y teniendo en cuenta su relación
con uno de sus primeros espadas, Pere Gimferrer,
parece lógico que se le haya asociado a la que fuera estética
dominante en los setenta. Sin embargo, poco hay en su obra, más
bien de carácter impresionista/simbolista, que le asimile
a aquellos: intimismo, culturalismo interno y no externo, pinceladas
rápidas y precisas de trazo impresionista, contención
lingüística frente a experimentalidad o barroquismo,
la constante de la tristeza ... son caracteres propios de un Sopeña
que habría que asociar más con quienes entre la fiebre
postnovísima defendían los baluartes de otras trincheras
que avanzarían hacia el triunfo a partir de los ochenta (a
título de ejemplo Miguel d'Ors).
Cuando estamos
a punto de recibir su último trabajo, que mereciera el Premio
Nacional de Poesía José Luis Hidalgo de Torrelavega,
merece la pena recrearse unos minutos entre los versos del poeta
cántabro, a través de un poema incluido en el, hasta
ahora, su último libro, Papeles privados
(Santa María de Cayón, 2000).
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