cantabriaconfidencial.com
Agenda Una Canción Una Foto Tú Opinas
. . Año I
Un Poéma

Regino MATEO

 

Claudio Rodríguez

Pocas revelaciones poéticas han resultado tan sorprendentes y fructíferas como la del zamorano Claudio Rodríguez, quien a los diecisiete años obtuvo el por aquel entonces imprescindible referencia de la joven poesía Premio Adonais con un libro que todavía hoy sobrecoge y fascina, Don de la ebriedad.

Si por edad podemos encuadrarlo dentro de la Generación del 50, su imaginario lírico y su peripecia humana lo distancian en parte del grupo y lo establecen como un poeta-isla, una voz personal que escribe al margen de la moda y desde una tradición propia. Poeta del canto, de lo sublime, de la bondad del mundo, de la luz y la tierra, del amor y la vida, Claudio Rodríguez es la sonrisa bonachona, el optimismo, la revelación de lo inefable convertidas en verso. Una especie de mística de la tierra alienta su obra, una naturaleza rural o humana que deviene, como en tantos cuadros del Greco, en una doble naturaleza: partamos de lo sensible hacia la mística, hacia el vuelo de una mirada capaz de llegar más allá y transfigurar la forma, el sueño y la palabra en un grito feliz que trasciende el pacto entre lo real y los sentidos.

Emoción constante, brutal, feroz, sorpresa permanente ante cada pequeña revelación del mundo, la pasión de Claudio queda apenas domeñada por una dicción de texturas clásicas, por ritmos calmados que apaciguan el vuelo de su esencial versolibrismo (aunque el poema que seleccionamos prueba un magistral y particular dominio del endecasílabo, otra constante estrófica del poeta castellano).

Poeta de la tierra y del gozo, sus libros son forman un corpus de lectura imprescindible, y en todos ellos hallamos esos poemas que crecen en nosotros como si pequeñas piedras preciosas nos poseyeran el alma.

 


Del Primer Canto de Don de la Ebriedad
IX

Como si nunca hubiera sido mía,
dad al aire mi voz y que en el aire
sea de todos y la sepan todos
igual que una mañana o una tarde.
Ni a la rama tan sólo abril acude
ni el agua espera sólo el estiaje.
¿Quién podría decir que es suyo el viento,
suya la luz, el canto de las aves
en el que esplende la estación, más cuando
llega la noche y en los chopos arde
tan peligrosamente retenida?
¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega. Invierno, aunque
no esté detrás la primavera, saca
fuera de mí lo mío y hazme parte,
inútil polen que se pierde en tierra
pero ha sido de todos y de nadie.
Sobre el abierto páramo, el relente
es pinar en el pino, aire en el aire,
relente sólo para mi sequía.
Sobre la voz que va excavando un cauce
qué sacrilegio este del cuerpo, este
de no poder ser hostia para darse.

VER 'UN POEMA' ANTERIORES

ActualidadSe dice, se cuentaCon firmaEn libertadEntrevista conLa mirada exterior


Fue noticia hace...5 años10 años25 años PrensaRegionalNacionalInternacionalRadioRegionalNacional


i-une, Buscador de Internet, Directorio Web, Promocion en buscadores
CineHumorMedicinaEl tiempo en CantabriaEn la redPublicidad