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Regino MATEO
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Eduardo
Chicharro
El mito de
la España desvertebrada culturalmente por el triunfo del
golpismo franquista en 1939 y el subsiguiente exilio de tantos y
tantos nombres de la educación y la creación hacia
lugares con atmósferas más respirables (y menos peligrosas
para muchos de ellos) es eso, un mito. Así lo reconoció
el propio León Felipe cuando
en una carta a la poeta vasca Ángela
Figuera afirmaba que la derrota había sido total,
que en la península se habían quedado el solar y la
canción y los exiliados ya no tenían nada.
Pero en la
riqueza cultural de nuestro país no gracias sino a pesar
de Franco era necesario respirar. Muchos
poetas se encerraron en la reflexión existencial, el misticismo,
el clasicismo... Otros decidieron luchar desde las diversas oleadas
de la poesía social. Pero hubo una generación o grupo
de francotiradores: los Postistas, la última de las vanguardias,
la que se evadió del color gris desde la broma, el juego
de palabras, la imagen sorprendente y absurda y, con evidentes raíces
en el Surrealismo y el Dadaísmo, construyó poemas,
manifiestos y relaciones personales llenas de luz y de sentido del
humor.
No es verdad
que el poeta sea siempre un ser lánguido y amargado que llora
con las palabras. A veces el poeta destruye, ríe, rompe,
desconcierta y disfruta. Como lo hace Eduardo
Chicharro, uno de los padres y maestros mágicos del
Postismo, en esta carta a Carlos Edmundo de
Ory, otro de los santones del movimiento. Pero no se queden
con la broma: como en tantas versiones del Surrealismo, tras la
aparente trivialidad hay toda una revolución ideológica
y lingüística. Un camino delirante para hacer la revolución.
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Carta de noche a Carlos
Carlos yo te escribo
trece trenes
trinos trece te estremece
y te envío mecedoras
a tu casa.
Que tu casa es una cosa
que no pasa.
En el filo sutilísimo te escribo
del estribo.
Puesto el pie en el mismo digo
como sigo por el hilo de tu higo
en el higo sutilísimo que sigo.
De mi casa a la tu casa sigo sigo
enviando mecedoras rutilantes.
Por la noche duermo, sueño, como, orino,
sueño papa manos pone tuyos hombros
cara tiene nívea cera transparente
gesto ambiguo de sus labios mucho temo
pasan cabras por sus ojos, dame leche
y en un coche por la estrecha remolacha
por los siglos de los siglos que me orino.
Pasan ciervos por mis ojos
luchan truchas en mi lecho
por debajo pasa el grajo, por la orilla la abubilla.
Que mis huesos son de corcho sueño a veces
y las heces que vomito son como oro.
Un gigante se aparece cada noche
y me dice cada cosa cada cosa,
cada cosa que no entiendo va y me dice.
No me llama por mi nombre el gigante ese
ni me tira de la oreja.
Te pregunto Carlos ahora por qué escribo
y te envío mecedoras.
Si te cuento lo que sueño no entristezco
a ningún amigo bueno que me escucha
por lo menos así pienso entumecido
ya a las puertas de esta noche.
¿Qué me espera?¿Quién se agita en la
penumbra
que los párpados me cierra suavemente?
He aquí pues que vuelvo al sueño como un guante
del conejo que hay delante de mi fuente.
Guardo un trozo de casulla del gigante
pongo botas quito manías culego abrigos
traigo trapos y amontono las almohadas.
En un hoyo me cobijo, me hago el muerto
y en espera de que el sueño llegue aúllo.
Vuelve el viento, la casulla, la osamenta,
el gigante, el calcetín y la abubilla.
Mientras tanto, Carlos, rápido te envío mecedoras.
¿Las entiendes? ¿Tú las ves que te las mando?
Si entre tanto te lo cuento estate atento
al bicho ese que se sube por las barbas
es un tanto alocadillo y come mucho.
Al abrigo de la noria está la liebre
el molino escupe hilera de cipreses
el anciano da patadas al pesebre
el obispo zurce el culo de la avispa
y en el mango de la escoba vive el piojo.
¿No ves Carlos por la noche tú también
un portero con al hombro una escopeta?
¿Tiene una hija ese portero tú también?,
con la mano me hace señas y me enseña
una cosa mucilaginosa. ¿A ti no?
¿He de decir que me canso, que de cansar estoy vivo?
¿O he de decir que me vivo, que de vivir estoy canso?
Le me I write you, my dear.
Digo que me digas que digo
a estas cuatro paredes mi pena
mi congoja de hombre destartalado.
¿Soy yo cura, ámbito habito
o es el hábito del obispo
que hace al monje o no lo hace?
Sigo enviándote mecedoras,
cuídalas, límpialas, pómpalas,
góndolas, lámparas, ordéñalas,
albérgalas en tu pecho
que el sultán viejo lo dice:
si el refrán mata a la rata
pon tu casa enjabelgada
que a decir viene lo mismo.
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