Regino MATEO
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María
Ángeles Pérez López
El territorio
de la poesía es aún esencialmente masculino, y pocas,
aunque fecundas, son las voces femeninas que rompen esta regla.
De entre ellas, un reciente descubrimiento personal ha sido la vallisoletana
afincada en Salamanca María Ángeles Pérez López,
a quien tuve la suerte de conocer personalmente hace un par de semanas
(ya conocía su libro Carnalidad del
frío, del que procede el poema de esta semana).
Mujer ligera,
amable, excelente conversadora, inteligente, de apariencia
frágil, cultiva una poesía directa, carnal, donde
lo corpóreo se hace consciencia y lenguaje. Las palabras
redoblan fértiles, rítmicas, terrenas y lascivas en
sus versos, golpean el oído con una fuerza telúrica,
elemental que invita a vivir, a disfrutar, a comprometerse con la
vida.
Me sorprendió
de sus versos, me sorprendió de su conversación, me
sorprendió de su persona la fuerza, el compromiso. La capacidad
para afrontar desde una belleza vertiginosa el maltrato a las mujeres,
la violencia en todas sus vertientes, el compromiso social. Y al
mismo tiempo, esa perfecta y brutal sensualidad de su lírica,
una sensualidad nueva, desde la consciencia de ser mujer y ser mujer
fuerte. Una mujer que, como dijo al presentar este maravilloso poema
de amor y citando a una escritora venezolana, entre el pudor y el
poema, eligió el poema.
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