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. . Año I
Un Poéma

Regino MATEO

 

María Ángeles Pérez López

El territorio de la poesía es aún esencialmente masculino, y pocas, aunque fecundas, son las voces femeninas que rompen esta regla. De entre ellas, un reciente descubrimiento personal ha sido la vallisoletana afincada en Salamanca María Ángeles Pérez López, a quien tuve la suerte de conocer personalmente hace un par de semanas (ya conocía su libro Carnalidad del frío, del que procede el poema de esta semana).

Mujer ligera, amable, excelente conversadora, inteligente, de apariencia
frágil, cultiva una poesía directa, carnal, donde lo corpóreo se hace consciencia y lenguaje. Las palabras redoblan fértiles, rítmicas, terrenas y lascivas en sus versos, golpean el oído con una fuerza telúrica, elemental que invita a vivir, a disfrutar, a comprometerse con la vida.

Me sorprendió de sus versos, me sorprendió de su conversación, me sorprendió de su persona la fuerza, el compromiso. La capacidad para afrontar desde una belleza vertiginosa el maltrato a las mujeres, la violencia en todas sus vertientes, el compromiso social. Y al mismo tiempo, esa perfecta y brutal sensualidad de su lírica, una sensualidad nueva, desde la consciencia de ser mujer y ser mujer fuerte. Una mujer que, como dijo al presentar este maravilloso poema de amor y citando a una escritora venezolana, entre el pudor y el poema, eligió el poema.

 


XXII (de Carnalidad del frío)

Mientras estoy subida sobre ti
y juntos arqueamos la bóveda del cielo
sólo puedo escuchar el rumor de mi sangre
golpeando los poros, la pared de la piel,
el tambor de cristal de la sangre bombeando
varios litros espesos por minuto.
Cuando estoy sobre ti no pienso en casi nada,
sólo siento una zona de sol que me conduce
al amarillo hueco del calor,
al lugar en que tiemblan las espigas
antes de su recolección para la hoguera.
Porque tiemblo y escucho la pulsión de la sangre
como si fuese tierra que se estuviese haciendo
en el horno inicial del corazón del mundo,
escucho su rumor subiendo de volumen
antes de la erupción en lava y en ceniza
y su anverso en el génesis pero tiene también
transustanciado el rostro de la muerte.
Y es que mientras estoy subida sobre ti
me llegan otros ecos de desastres,
lo del desplome azul de las casas de oriente
que alguien cuenta en la radio, no le tiembla la boca:
Afganistán es nombre de tristeza
si ha habido un terremoto y no era de placer.
Por eso continúo subiendo por tu pene
y así estoy conjurando la caída del tiempo,
la caída devastada de la gente en Tajar,
la redención -que es falsa- del sufrimiento horrible
porque atrapo un instante nuestra gloria insensata.

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