Regino MATEO
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Julio
Llamazares
A pesar de
ser uno de los novelistas más populares de la actualidad,
no todo el mundo conoce los dos espléndidos libros de poesía
que publicara Julio Llamazares en 1978
y 1981: La lentitud de los bueyes y Memoria
de la nieve.
Se trata de
una poesía de aliento épico, reflexiva, una mirada
hacia el pasado en la que late por un lado el tópico de la
alabanza de aldea (los lugares soñados
de la infancia en la montaña
cántabro-leonesa) y por otro una profundización en
temas como el paso del tiempo, la muerte, la
construcción y destrucción de la memoria, el pasado
y sus ecos, la tradición y las culturas populares a través
de un particular y hermosísimo lenguaje poético.
Sus versos
son largos, lentos, apacibles. Más que versos semejan a veces
pequeños párrafos en prosa poética.
Pero la exquisita y precisa indagación del ritmo, el léxico
sabroso e impecable, la capacidad magnética de su palabra
nos transportan a un universo montañoso, frío, agreste,
en el que el tiempo parece detenido y los aperos
abandonados, los espacios que un día fueron fructíferos,
la sombra de los vivos y los muertos, las canciones olvidadas, los
nombres nunca escritos se entrelazan para hablar serenamente del
tránsito a lo largo de la existencia y de la vida, y de cómo
nos construimos como hijos de una larga tradición histórica.
El poema que
recojo está tomado de Memoria de la
nieve, un libro que se abre con una cita de Estrabón
sobre los montañeses (de esas que nos han informado sobre
los viejos cántabros, ya que Llamazares
procede de esa zona leonesa habitada
por nuestros comunes antepasados) y se plantea como un himno
épico, mítico, evocador. Un libro que te abre
las heridas y te deja cegado de belleza.
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