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Lunes 21 de Abril de 2003
Un Poéma

Regino MATEO

 

Máximo Hernández

Zamorano nacido, por azares del destino y de los protectorados, en Larache en 1953, Máximo Hernández es un poeta de técnica impecable, ese gusto por el control y la emoción a partes iguales que caracteriza a tantas voces líricas castellanas. Pero sobre todo es un poeta meditativo, de tintes ascéticos, de una hondura estremecedora que te deja la piel en barbecho y el corazón alerta cuando enuncia versos memorables como "viva la cal, ha borrado mi muerte".

Cuenta en su haber con varios premios y varios poemarios publicados, de entre los que os recomendaría el fantástico Matriz de la ceniza, publicado por la Colección Literaria de la Universidad Popular de San Sebastián de los Reyes y del que he recogido el poema que aquí se ofrece.

Los poemas de Máximo Hernández suelen girar en torno a las preocupaciones existenciales clásicas: el decurso del tiempo, la inevitable muerte, la reflexión sobre los paisajes del alma y sus fantasmas carnales y espirituales, religiosos y terrenales. Como decía, en general sobre una base de endecasílabos construidos con eficacia y sabiduría y una selección de palabras oscuras, afiladas, exactas que te revuelven en lo más hondo y te laceran la consciencia.

El poema elegido, ¡Lázaro, sal fuera!, se muestra como un ejemplo perfecto de lo antedicho, y por su "disculpa" temática, es un magnífico poema para el inicio del tiempo pascual. Lázaro, resucitado por la pena de Cristo se queja de un mal amigo que ni siquiera le ha dado libertad para el descanso de la muerte. Disculpa que abre a Hernández el camino de la reflexión sobre vida/muerte, salvación/condena, espiritualidad/carnalidad, libertad/determinación. Y nos proclama al Lázaro hombre nuevo, capaz de rebelarse ante los designios divinos incluso para elegir la muerte.

 


¡LÁZARO, SAL FUERA!
Tu poder se demuestra en cada aurora,
y en cada anochecer también se muestra.
¿Qué te hice yo para que me escogieras?
Si me dices tu amigo más preciado
a qué otra vez el infernal castigo.
Me tuviste olvidado, como al polvo
del desierto absoluto que habitaba.
¿Dónde te hallabas, di, cuando la piedra,
cuando el miedo rasgaba el corazón?
¿Dónde cuando la noche más oscura?
¿Dönde estabas entonces, cuando yo no sabía,
cuando sólo intuía que el muro de la vida
se levanta con ladrillos de pérdidas,
que el reino de la muerte se construye
con lienzos de esperanza?¿Dónde estabas
cuando la disfrazada cabeza de la duda
con su fiera testuz embestía sin tregua?
Y ahora que ya he probado la libertad callada
me arrancas del silencio donde gozo.
ahora que ya conozco la levedad del aire
a qué otra vez la densidad del cuerpo.
Ahora que hallé la luz, a tu gloria mayor
vuelves a derrotarme con tu negra exigencia.
Déjame aquí tranquilo, en mi blando abandono,
no pretendas desde tu voz de trueno
que regrese a la carne. No te digas mi amigo,
no merece tal nombre quien así me condena.

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