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. . Año I
Un Poéma

Regino MATEO

 

Ángel González

Natural de Oviedo, donde nació en 1925, Ángel González podría ser un perfecto contrapunta al tópico que quiere al poeta melancólico, tristón y especializado en dolorinas varias. Sus registros amorosos, siempre desde el amor pleno, realizado, profundamente carnal, su magistral utilización de la ironía que a veces llega a provocar la sonrisa, y su permanente y agudo instinto de la crítica social lo convierten, sin duda, en una 'rara avis' de esplendorosa pluma.

Si nos empeñamos en hacer de clasificadores de poetas, Ángel González pertenecería a la llamada Generación del 50. Un grupo poético con cierta consciencia de serlo en el que tomarían parte también poetas como Carlos Barral o Gil de Biedma. De González, y los poetas cercanos en ética y estética, sería necesario discutir la utilización impecable del verso libre, un cierto prosaísmo en los ritmos en la búsqueda de una comunicación cercana con el lector y, sobre todo, una crítica social que, frente a la de poetas anteriores, los llamados poetas sociales y sus tantas veces soflamas panfletarias que daban al traste con la intención estética, se centraba en el alejamiento, la distancia marcada por la ironía y unos referentes éticos más elaborados, no tan militantes pero no por ello menos sinceros.

En cualquier caso, parece que los del gremio poético estamos obligados a hablar de amor en primavera. Bien, respondamos al tópico con uno de los más bellos poemas de amor que se han escrito en nuestro idioma. Uno de, naturalmente, Ángel González.

 


ME BASTA ASÍ
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)

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